Clivajes Politicos - html

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Vol 36, N° 53, (1-19), EISSN: 2215-2997, julio - diciembre 2016

URL: www.revistas.una.ac.cr/abra

DOI: http://dx.doi.org/10.15359/abra.36-53.4

Hacia una relectura de los clivajes políticos. El kirchnerismo como reconfiguración del clivaje peronismo-antiperonismo

Rereading political cleavages. Kirchnerism as the reconfiguration

of the Peronism-Antiperonism cleavage

Fernando Daniel Chavez Solca

Institución CECS-CONICET, Argentina, ferchavezsolca@gmail.com

Fecha de recepción: 20/08/2014. Reenvíos: 29/9/2014 y 20/8/2015. Fecha de aceptación: 20//05/2016. Fecha de publicación: 13/11/2016.

Resumen: El objetivo fundamental de este trabajo consiste en recuperar la noción de clivaje pensándola desde una mirada discursiva y a partir de allí presentar al kirchnerismo como discurso que restituye la centralidad del clivaje peronismo-antiperonismo en la sociedad argentina. Primeramente, se reflejan los abordajes que se le han dado desde la ciencia política a la noción de clivaje. Posteriormente, a distancia de ellos se propone mirar al clivaje en términos discursivos, como un conflicto entre polos que se reproduce a lo largo de la historia, desplazando su sentido en base a los usos que de él se hacen (iteración) y (re)apareciendo una y otra vez en la contemporaneidad (espectralidad). Finalmente, partiendo de reconocer al peronismo-antiperonismo como clivaje estructurante de la política argentina de los últimos 70 años, se enuncian tres formas en que ese clivaje reaparece en la escena contemporánea a través del kirchnerismo y sus apropiaciones.

Palabras clave: Clivajes; Kirchnerismo; Postestructuralismo; Teoría Política del Discurso; Iteración.

Abstract: The main purpose of this paper was to recover the notion of cleavage from a discursive approach to thereafter present Kirchnerismas a discourse that restores the centrality of the Peronism-Antiperonism cleavage in the Argentinean society. First, the author mentions how political sciences have approached the notion of cleavage. Second, unlike that approach, the author proposes cleavage to be seen from a discursive point of view, as a conflict between discursive poles that is reproduced throughout history, switching its course based on how it is used (iteration) and (re)appearing from time to time contemporaneously (spectrality). Finally, after recognizing Peronism-Antiperonism as a structural cleavage of the Argentinean politics in the last 70 years, the author mentions three ways in which this cleavage reappears in the contemporary scene through Kirchnerismo and its appropriations.

Keywords: Cleavage; Kirchnerism; Postestructuralism; Discourse theory; Iteration.

Introducción

El siguiente trabajo propone una relectura en clave discursiva de la categoría de clivaje político para, a partir de ella, pensar el proceso que Argentina viene atravesando desde de la emergencia del kirchnerismo en el año 2003. En pocas palabras, la idea central detrás del concepto de clivaje sostiene que la política tiende a estructurarse alrededor de líneas de fractura que pueden ser religiosas, étnicas, territoriales o de otros tipos que dan forma a la competencia y el enfrentamiento político. Creemos que la lectura de dicha categoría desde una gramática discursiva puede arrojar luz sobre la temática que aquí nos preocupa al tiempo que permitirá comenzar a trazar puentes entre miradas teóricas diversas.

El kirchnerismo 1, a pesar de ser un fenómeno relativamente reciente, ha sido objeto de numerosos análisis y estudios efectuados desde una pluralidad de aristas. Abundan los abordajes sobre el sistema de partidos y sistemas electorales en la era kirchnerista (Malamud, 2011 y Mustapic, 2013), sobre los vínculos entre los poderes del Estado a nivel nacional y subnacional (Calvo, 2013 y Ollier, 2015), entre otros. Sin embargo, ninguno de los trabajos realizados ha asumido como clave de lectura para pensar el asunto la teoría de los clivajes. En ese vacío de la literatura intentaremos inscribirnos, pero como paso previo a ello indicaremos una posible relectura de la categoría para repensarla en términos posesencialistas.

Para desarrollar lo dicho este escrito se estructura en tres partes. En el primer apartado, se realiza un breve repaso por los diferentes usos que la literatura ha efectuado de la categoría clivaje. En un segundo momento, se introduce una posible apropiación del concepto desde el posestructuralismo acentuando la potencialidad de ese ejercicio. Finalmente, se sugieren algunas implicancias analíticas de lo planteado para pensar al kirchnerismo como fenómeno que reactualiza y desplaza el clivaje histórico entre peronismo-antiperonismo. En este último apartado se recuperan algunos pasajes representativos de los más de 200 discursos oficiales relevados, sin ninguna pretensión de exhaustividad y sólo a modo de una primera aproximación. El análisis del corpus documental conformado por los discursos presidenciales pronunciados entre 2003-2011 permite hipotetizar un juego bidireccional entre el kirchnerismo como identidad política emergente y el peronismo. En el marco de esta dinámica, (re)emergen en el kirchnerismo elementos de aquella tradición que son articulados de forma novedosa, al tiempo que se le incorporan al peronismo significantes antiguamente no vinculados a él, lo que permite observar desplazamientos y repeticiones a partir de los cuales un actor dota de sentido a su discurso.

Hacia una genealogía del concepto

La noción de clivaje político fue introducida en la ciencia política por el trabajo seminal de Lipset y Rokkan en los años 1960. A partir de allí, se transformó en un elemento central en la literatura para el análisis de los sistemas de partidos políticos y el modo en que estos se configuraron principalmente en Europa. Posteriormente, en las décadas de 1980 y 1990 su uso se extendió en los estudios de sociología política sobre América Latina. Sin embargo, en los últimos años, la categoría comenzó a perder terreno en manos de otras propuestas pasando a ocupar un lugar sino marginal, al menos mucho menos preponderante en la actualidad. A pesar de ello, este trabajo sostiene que la idea de clivaje político todavía puede enriquecer el análisis y reflexión sobre la política.

La definición tradicional de clivaje refiere a una fractura o división profunda en el seno de la sociedad que la divide en grupos enfrentados en función de su posición al respecto. Son intereses, valores o pertenencias socioculturales que alcanzan la suficiente relevancia como para generar y consolidar la existencia de partidos políticos. En otras palabras, un clivaje es una división confrontacional entre grupos de individuos que tiende a organizar los conflictos entre ellos durante largos periodos de tiempo2 (Aguilar, 2008). Según Bartolini y Mair (1990) el clivaje puede definirse como “división social políticamente relevante” (p. 10) lo que significa que no es cualquier fractura dentro de una sociedad, sino solo aquella que impacta sobre el sistema político a través de la organización. Por su parte, Deegan-Krause (2008) complejizan la noción en cuestión al aseverar que un clivaje se compone de tres elementos: estructura, actitudes e instituciones. Lo primero hace referencia a los grupos sociales definidos funcionalmente y que son bases de construcción identitaria para los individuos. Lo segundo se vincula con las normas, valores e ideologías que conforman las principales divisiones en la opinión pública y que marcan las diferentes opciones políticas. Finalmente, el elemento institucional corresponde a la provisión de una oferta política (partidos políticos) que estructura las opciones en la competencia electoral. La existencia de los tres elementos da lugar al ‘clivaje pleno’ (full cleavage). Es decir, “grupos sociodemográficos con valores característicos asociados a diferentes organizaciones políticas que articulan su representación”3 (Aubry y Dockendorff, 2014, p. 12).

Originariamente en su trabajo, a partir del análisis histórico de diferentes casos en Europa, Lipset y Rokkan (1992) plantearon la existencia de cuatro clivajes dominantes básicos presentes en toda sociedad moderna que se tradujeron efectivamente en sistemas de partidos. En lo que se define como el tránsito de la Revolución Nacional (construcción de los Estado-Nación) a la Revolución Industrial (proceso de industrialización) los cuatro clivajes detectados fueron: la fisura centro-periferia; la oposición campo-industria; la disputa Estado-iglesia y; la antinomia entre trabajadores-empresarios. Los dos primeros responden a lo que comúnmente se ha pensado como una dimensión territorial-cultural, mientras que los dos últimos a la dimensión funcional-económica (Merkl, 1969). A partir de esas dicotomías, según los autores, fueron generándose los sistemas de partidos, emergiendo organizaciones políticas que defendían cada uno de estos intereses, produciendo lo que denominaron “Verzuiling” o “pilarización”. Es decir, la producción de pilares de estabilidad de los conflictos que se tradujeron institucionalmente, creando redes que sedimentaron esas divisiones. De ese modo, los sistemas políticos de masas tuvieron poco margen para innovar en nuevas opciones políticas, debiendo moverse en la cancha ya fijada por los acontecimientos históricos previos (Lipset y Rokkan, 1992).

Posteriormente, en nuevos estudios fueron incorporándose otros clivajes vinculados a una infinidad de conflictos empíricamente dados a fin de hacer la teoría generalizable a otros sistemas de partidos, ya sean posteriores a los indicados o bien pertenecientes a otros Estados no considerados originalmente, extendiendo el planteamiento formal respecto de la lógica de surgimiento de partidos en torno a divisiones sociales de base (Aubry y Dockendorff, 2014). En este punto vale hacer la aclaración que un clivaje no necesariamente es excluyente. Esto es, que una división ocupe el centro de la escena no quiere decir que sea la única, por el contrario, múltiples fracturas pueden coexistir al mismo tiempo (Almond y Powell, 1991; Panebianco, 1990).

Con base en lo planteado, se entiende a todo sistema de partidos como configurado según la estructura de clivajes ya presente en la sociedad, como un momento posterior a esas divisiones. Dicho de otro modo, se ha interpretado a los partidos como un reflejo, como la expresión sin más en el espacio institucional del conjunto de divisiones y antagonismos ya existentes de manera previa en la sociedad, son su traducción organizacional. Como lo enuncian Aubry y Dockendorff, se supone la presencia de “una división fundamental que da lugar a grupos enfrentados, donde las líneas del conflicto siguen características sociales de la población, y luego, emergen partidos políticos representantes de cada uno de los lados del clivaje” (2014, p. 12 - el énfasis es del autor). Las diferencias particulares de cada sociedad son la base estructural que los partidos simplemente deben representar en la esfera política. De este modo, los partidos obreros, confesionales, regionalistas, nacionalistas, entre otros, son la traducción y réplica política de las divisiones estructurantes y fundamentales de la sociedad (Alessandro, 2009, p.584). Estas visiones sociologicistas piensan a las instituciones políticas como intermediarios de los intereses subyacentes, pudiendo el comportamiento político ser explicado a partir de la estructura social. Este modo de abordar la cuestión ha producido un amplio espectro de estudios en América Latina, entre los que se cuentan Dix (1989), Coppedge (1998) y Moreno (1999).

En oposición a la mirada que se acaba de presentar, las perspectivas que acentúan la dimensión institucional de la política indican que el diseño de estas mediatiza las luchas políticas. Las instituciones en tanto reglas del juego o sistema de incentivos tienen incidencia importante sobre el comportamiento político, una modificación en ellas puede conducir a una alteración en el accionar de los actores intervinientes. Según sean las configuraciones institucionales, diferentes serán los escenarios en que los participantes deban realizar sus cálculos y tomar decisiones para beneficiarse, afectando el régimen de divisiones y conflictos que se produzcan (Alles, 2005). Al interior de estas miradas hay divergencias en tanto algunos sostienen la determinación del sistema institucional sobre las preferencias y otros defienden la adaptación de las mismas con base en las limitaciones impuestas por el sistema institucional, pero todas coinciden en otorgar a las instituciones un lugar preponderante para comprender los divisiones emergentes de una sociedad y la forma que las mismas adoptan.

Las interpretaciones sociologicistas que colocan lo social por sobre lo político, han sido criticadas también por perder de vista que estructuras similares han generado sistemas partidarios y resultados electorales diferentes. Y lo que es más, que las divisiones sociales solo en algunos casos devienen en clivajes políticamente relevantes, mientras que en otros no inciden en la configuración del sistema de partidos. Además, han tendido a olvidar la incidencia de las instituciones en tal reproducción, descuidando cómo los sistemas electorales generan incentivos para el mantenimiento, refuerzo o reducción de determinados clivajes y cómo el número de partidos depende tanto de los clivajes como de las reglas electorales vigentes. A ello se ha agregado que para que exista un clivaje los grupos intervinientes deben ser conscientes de su identidad colectiva (en tanto proletarios, empresarios, religiosos, laicos, republicanos, monárquicos) y estar dispuestos a actuar sobre esa base. En otras palabras, una división estructural solo se transforma en un clivaje si un actor político confiere coherencia y expresión política organizada a lo que de otra manera no son sino creencias, valores y experiencias comunes entre los miembros de un grupo social (Kriesi, 1998).

Estas críticas activan un tercer modo en que se ha abordado la categoría de clivaje, el cual sostiene que “los partidos activan y moldean el sistema de clivajes, maniobrando estratégicamente para potenciar aquellos asuntos que los benefician particularmente” (Alessandro, 2009, p. 585). Entonces, manteniendo el supuesto de que hubiese algo en la sociedad que la divide, los partidos políticos en tanto traductores de esa fragmentación no sólo reflejan, sino que eligen y producen los clivajes en la arena política con el objetivo de mantenerse competitivos y evitar que otras fuerzas que puedan opacarlos surjan. Una interpretación que tiende a leerlos como el producto de un sistema que pretende sobrevivir y sus distintos componentes contribuyen para su mantenimiento. En otro lenguaje, al decir de Sartori, “los partidos no son solo objetos, también son sujeto” (1997, p. 9). Esto otorga un rol importante a la élite política como productora e impulsora de la vigencia de las divisiones políticas o clivajes, como así también de su sustento y reproducción en el tiempo a partir de la producción de hitos o eventos. Como consecuencia de ello, el mantenimiento de clivaje responde a la capacidad y el interés de las élites políticas en marcar las coordenadas del sistema a través de la ideología (Aubry y Dockendorff, 2014). Desde este punto observan la cuestión Torcal y Mainwaring (2003), quienes desplazan la pregunta hacia las élites y su capacidad para moldear el sistema de partidos durante los períodos de transición. Estos autores precisamente se preguntan si los clivajes políticos requieren en su origen de divisiones estructurales en su base o si las élites pueden fabricarlos “desde arriba”. Así, la agencia política y las élites tienen un rol determinante en mantener o modificar los ejes de conflicto que son factores de división en sistemas de partidos y en la ciudadanía.

Por otra parte, si bien los partidos pueden emerger de determinadas divisiones históricas, ellos mismos tienden a reforzar su naturaleza y fijar su identidad, al activary servirse de las diferencias presentes, dificultando cualquier intento de realineamiento. Así, los partidos que surgen se mantienen a pesar del debilitamiento de la división que les dio origen. Solo cuando se producen situaciones que la literatura denomina de “coyuntura crítica” (Key citado en Alessandro, 2009, p. 589) pueden darse alteraciones de los clivajes existentes generando un realineamiento estructural que reconfigura el conflicto. En otras palabras, una coyuntura crítica es un “momento habilitante para que las fisuras sociales se traduzcan en partidos políticos concretos” (Scully, 1992, p. 25), cuando se produce el reordenamiento del sistema de partidos o el surgimiento de nuevos partidos políticos fruto de que un nuevo conflicto pasa a integrar el ámbito político4.

Hasta aquí la breve presentación y repaso por las formas en que la Ciencia Política ha tomado la categoría de clivaje. En síntesis, se han detectado tres modos: a- una mirada estructuralista que piensa al clivaje como expresión organizacional de algo subyacente en la sociedad; b- una mirada de corte institucional que lo piensa como un efecto de la ingeniería institucional o al menos condicionado por ella; c- un abordaje estratégico-racionalista que lo presenta como un recurso disponible al cual los partidos echan mano para mantenerse vigentes. Intentemos dar ahora un paso más y comenzar a pensar a la noción en cuestión en términos ideológico-discursivos.

Retraduciendo el clivaje político desde una mirada discursiva

En el presente apartado se buscará comenzar a esbozar una propuesta alternativa para conceptualizar la noción de clivaje partiendo de una mirada discursiva de lo social. Muy esquemáticamente, para comenzar, a contrapelo de las formas mediante las que la ciencia política canónica ha desarrollado la categoría, desde la teoría política del discurso no se sostiene que los clivajes tengan una objetividad preexistente a la actividad política y que esta se reduzca a reflejarlos y proveerles representación. Tampoco se los ve como diferencias generadas exnihilo por el cálculo racional de los estrategas de turno. Se plantea entenderlos como “discursos políticos que proponen horizontes alternativos y convocan alrededor de un principio de diferenciación central” (Mocca, 2009, p. 13) insertos en una relativa estructuralidad que les provee (al tiempo que también los limita) de un conjunto de lenguajes disponibles para dar sentido a lo que acontece. Se sostiene entonces que el clivaje no es cualquier oposición temática o social5 -aunque se reconoce que la politicidad inherente de cualquiera de ellas las sitúa como potenciales clivajes en nuevos contextos- sino más bien una disputa siempre dinámica (en tanto va mutando a lo largo del tiempo6), por la rearticulación de elementos, que ofrece un principio para interpretar la realidad, en el “marco de un conjunto de tradiciones, a los elementos dislocados de una cierta configuración social”(Barros, 2002, p. 25).

Para avanzar en este recorrido, quizás sea pertinente comenzar con la pregunta ¿Por qué retomar y traducir esta noción? ¿Qué aporta para la investigación? Creemos que efectuar una lectura en términos de configuraciones discursivas de la noción de clivaje resitúa la dimensión conflictiva de todo ordenamiento social, reconociéndole su lugar constitutivo y la imposibilidad de superar la tensión entre las diferencias. Asimismo, el clivaje permite poner en operación a la política como práctica de trazado de fronteras y como disputa por el sentido del orden comunitario. Desde una mirada discursiva, se entiende que los clivajes dan nombre a la diferenciación política entre un nosotros y un ellos a partir de los contrastes que estructuran el campo social, que no son disputas existentes de forma previa entre discursos por dos objetos diferentes, sino la configuración de la disputa misma por el sentido de un objeto común.

Por otra parte, pensar el clivaje en clave discursiva se aleja de las miradas sociologicistas pero también de las racionalistas, al entenderlos como discursos que se proponen dar sentido a lo que ocurre a partir de los lenguajes disponibles en un contexto dado. Así, el clivaje no es una mera reproducción de algo que ya existe, no es un dato autoevidente de la realidad, sino una interpretación que busca configurarse como hegemónica a partir de su disputa con otras. No tiene un sentido fijo, ni definido de manera acabada sino que se parece más a una lucha por la conquista de tradiciones, resignificación de los símbolos y articulación de identidades sin esencialismos. De igual modo, el clivaje tampoco es algo generado por la pura voluntad de un líder o partido definido sino un entramado complejo de articulaciones contingentes sin linealidad causal susceptible de ser reinterpretadas y discutidas por los sujetos interpelados en ese vínculo7. La pregunta que emerge en este marco es cómo es posible que una división puntual devenga en creíble estructurando la discusión política, se mantenga en ese lugar y a través de qué formas lo logra. Aquí, la construcción del clivaje no es pura estrategia y manipulación (aunque esto no implica negar el componente racional y decisional de la política) sino que está en función de un contexto habilitante que vuelve legítimo dicotomizar entre algunas opciones y no entre otras, asumiendo un sentido que desborda la intencionalidad del agente. La configuración que emerge evidentemente tiene efectos institucionales, pero que nunca se producen de manera automática y menos lineal. Esto es, el clivaje no se traduce necesariamente en la literalidad de las nominaciones de los partidos y en la cantidad de los mismos que conforman el sistema. Más bien, los afecta identitariamente, estando todos los espacios que intervienen en el espacio político atravesados por esa disputa, más allá de la organización que pueda asumir el sistema de partidos en cada momento. Para graficarlo, el clivaje peronismo-antiperonismo permea la sociedad argentina desde mediados de la década del 40. Sin embargo en los últimos 70 años no hubo, ni hay, un sistema de partidos estable que traduzca sin más esa oposición. Más bien, hubo diferentes formas asumidas por el sistema institucional y sus nominaciones en las que persistió el clivaje que se está indicando.

Siguiendo lo dicho, la oposición entre peronismo-antiperonismo que aquí interesa, antes que tender a superar la contradicción y su canalización institucional, tiende a la iterabilización de sentidos de ese binomio. La iterabilidad refiere a la posibilidad de repetir algo en ausencia, no solo de su referente, sino en ausencia de un significado determinado o de la intención de significación actual. Es la repetición de lo mismo y su alteración simultánea, en tanto que todo acto es una recitación de una cadena previa de actos que están implícitos en uno presente y que se reactualizan, produciendo en la misma repetición un cambio, una redefinición de sí mismo (Derrida, 1989). Así, en ese ejercicio la política argentina itera una y otra vez la tensión entre peronismo y antiperonismo cambiando los nombres a partir de los cuales se comprende la relación y se producen posibles articulaciones. En ese juego permanente entre repetición y cambio se busca dar cuenta del carácter performativo que tal operación tiene sobre el sentido del peronismo y el antiperonismo en tanto palabras políticas que estructuran la discusión pública. A partir de ello, el sentido de los polos peronismo-antiperonismo no puede ser fijado de un modo definitivo y en consecuencia cambia históricamente. “Sólo es posible fijar el sentido de forma siempre parcial al interior de una determinada comunidad política o lingüística, de un determinado juego del lenguaje” (Reano y Smola, 2014, p. 52).

En esta línea cobra relevancia la dimensión retórica de la política expuesta por Laclau. Para este autor, la política se presenta como un movimiento tropológico generalizado que posibilita el desplazamiento de las significaciones (2000). Esto es, el clivaje peronismo-antiperonismo aparece sobre determinado por un conjunto de desplazamientos metonímicos (contiguos y contingentes) que se dan en una situación singular, asumiendo formas concretas y contenidos particulares mediante los que se manifiesta no de manera explícita, sino performado por esos usos contextuales. Estos, lo reconfiguran y, a su vez, quedan atravesados por él. La consecuencia directa de ello consiste en corrernos del ejercicio de buscar dar cuenta del “verdadero” sentido del clivaje, o de remitirnos a las crónicas históricas para captar su verdadera esencia, y nos conduce a pensar en términos de entrecruzamientos, iteraciones y sobre determinaciones que van moldeándolo y extendiendo su sentido más allá de sus usos primigenios. Así, ya no se trata de buscar en los discursos y declaraciones de 1943 o 1946 el sentido originario del peronismo. Ello representa un ejercicio inútil y en última instancia imposible. Se trata de dar cuenta del contexto de discusión en que ese significante cobra un particular sentido y mostrar cómo se vuelven legítimas ciertas articulaciones.

Finalmente, lo que se viene enfatizando puede ser leído bajo la figura del espectro, con el que se sospecha el clivaje comparte ciertas características. El clivaje, tal como se ha descrito en los párrafos anteriores, se asemeja a una espectralidad en tanto que reaparece, visitando recurrentemente la escena política mostrando su vigencia y recordando viejas líneas de fractura que nos constituyen como sociedad y que no están saldadas. Como expone Derrida (1995, p. 25): “no se pueden controlar sus idas y venidas porque empieza por regresar”, es un recordatorio permanente que parece colarse en las intervenciones reactivando lo ya sabido. Esa capacidad de reaparecer sin pedir permiso da cuenta de la radicalidad (o profundidad) de la grieta generada y es lo que le permite (en tanto espectro) afectar de forma decisiva articulaciones políticas posteriores (Barros, 2006). Con esto se quiere decir, para el caso que aquí interesa, que el espectro peronismo-antiperonismo se presenta una y otra vez siendo imposible dejarlo de lado, no tenerlo en cuenta o no pronunciarse en torno a él. El espectro repite y se repite, siempre reaparece. Pero no aparece diciendo siempre lo mismo o tal cual se lo recordaba, no refleja nada, ni lo explica (Melo, 2013), se parece más bien a una distorsión que produce efectos pero que amenaza constantemente cualquier posibilidad de institucionalización plena en tanto siempre se corre del lugar asignado, volviendo contingente cualquier intento de estabilización -esto permitiría comenzar a sospechar cómo el peronismo y el antiperonismo dan forma y estructuran la política argentina desde el 46, pero nunca logran cristalizar en ningún sistema de partidos fijo.

En síntesis, se sostuvo que la utilidad del término clivaje desde una óptica discursiva permite dar cuenta del carácter ontológico del conflicto en la vida política y la consiguiente necesidad de trazar fronteras. Segundo, a partir del concepto de iterabilidad y entendiendo el exceso de sentido que todo significante político encierra se produjo un desmarque de las miradas racionalistas y estructuralistas que piensan los clivajes de modo restringido, y se señala el desplazamiento permanente que todo clivaje supone, volviendo imposible su fijación definitiva. Tercero, desprendido de lo anterior, se señaló que el ejercicio investigativo no debe dirigirse a desentrañar sentidos originales, esenciales o verdaderos, sino a visibilizar cómo se construyen los usos y contaminaciones contingentes que se producen en momentos precisos de la historia. Cuarto, se asoció la noción de clivaje a la de espectralidad en tanto afectación radical que repercute en el presente. Pasemos ahora a ver algo de todo esto en el caso de análisis.

El kirchnerismo como reactualización (y desplazamiento) del clivaje

peronismo-antiperonismo

En el presente apartado se busca comenzar a poner en juego lo dicho hasta aquí. Como ya ha quedado sugerido, se parte de una concepción discursiva de lo social al entender que los objetos y las prácticas se construyen discursivamente al ser incluidas en cadenas significantes que permiten dotarlas de sentido (Laclau y Mouffe, 2004). Esto implica, tal como se ha intentado dejar en claro en el apartado anterior, distanciarse de cualquier mirada esencialista que supone una esencia o núcleo permanente en la identidad de los objetos. Por el contrario, de modo análogo a lo que señala Wittgenstein (1999) con el “significado en el uso” (p. 25) por el que cualquier objeto dependerá para su semantización de la sucesión en que se inserte, los objetos solo pueden adquirir sentido en el contexto discursivo en el que se inserten, siendo el mismo contingente fruto de operaciones hegemónicas que se disputan su fijación (siempre precaria).

Este punto de partida permite sostener que el clivaje peronismo-antiperonismo no remite a un desacuerdo esencial sino que el mismo se va (re)produciendo siempre de modo desplazado según contextos precisos. Así, lo que se pretende visibilizar es el modo en que esa antinomia se da y adquiere sentido a partir del uso que se produce en la etapa kirchnerista. Tomar como punto de partida un análisis cuidadoso de los discursos oficiales, declaraciones en medios y spots de campaña puede ser esclarecedor precisamente porque a partir de las palabras se construyen y vinculan los sentidos de las medidas y acciones emprendidas.

Muchos intelectuales han coincidido en sostener que la realidad política Argentina desde la segunda mitad del siglo XX ha estado signada por la dicotomía entre peronismo y antiperonismo. Este artículo comparte tal hipótesis y entiende que el clivaje mencionado ha funcionado como elemento estructurante de la política argentina pero, con base en lo señalado en el apartado anterior, no ha asumido siempre la misma forma, ni ambos polos han sido rellenados con los mismos contenidos, dando cuenta de la radical contingencia que la batalla política implica. Si se repasa la historia argentina de los últimos 70 años se encuentra con que los pocos intentos que buscaron correr el eje de discusión terminaron fracasando o bien absorbidos por el clivaje peronismo-antiperonismo. Por ejemplo, la estrategia discursiva del alfonsinismo por redefinir el eje de diferenciación y estructurar el campo político ya no entre peronistas y antiperonistas, sino entre los partidarios de la democracia y los defensores del pasado oscuro de la dictadura fue coyunturalmente útil y le permitió la victoria en las elecciones de 19838. Sin embargo, poco tiempo después, con la victoria del sector renovador dentro de las filas del Partido Justicialista (PJ), dicho partido logró situarse como parte de la nueva cadena democrática y comenzar a disputarle al propio alfonsinismo el sentido de tal significante. En ese contexto, si bien no se sostuvo abiertamente la tradicional disputa entre peronismo-antiperonismo, la misma apareció de modo desplazado a través de la discusión central de aquellos días entre democracia procedimentalista o democracia liberal vs. democracia sustantiva o democracia social. Posteriormente, ya con el menemismo en el poder es donde el clivaje peronismo-antiperonismo pareció diluirse para dar lugar a un discurso de la estabilidad económica en torno al cual todas las fuerzas políticas estructuraron sus proclamas intentando dejar atrás la hiperinflación que condujo al final abrupto sufrido por la presidencia de Alfonsín. Aun las fuerzas más progresistas no pudieron escapar al discurso hegemónico de la época solo intentando diferenciarse en términos de transparencia y lucha contra la corrupción.

Será luego de la crisis de 2001 que produjo una dislocación de los discursos que estructuraban la realidad y abrió el juego para la disputa entre las interpretaciones sobre lo que estaba pasando (en términos de la literatura, una coyuntura crítica) que la tradicional división reapareció asumiendo formas novedosas. Luego de aquellos momentos turbulentos, emergió una nueva fuerza política, el kirchnerismo, cuyo discurso comenzó a operar como un nuevo horizonte de sentido. La novedad que dicha expresión política trajo al escenario, entre otras, fue la reaparición de manera explícita del clivaje peronismo-antiperonismo, pero en tanto nueva articulación no dejó inmutables los contenidos allí presentes, ni efectuó una reapropiación transparente sin más. Cada discurso, que emerge en un contexto particular, en su articulación, provoca una modificación en las identidades que anuda, produciéndose transformaciones tanto en las tradiciones en las que se inscribe (en este caso el peronismo), de la cual se hace una apropiación particular, como así también en los sujetos que son interpelados por este nuevo discurso. Es decir, se produce una bidireccionalidad en la que el sentido del peronismo comienza a desplazarse de sus fijaciones previas, y simultáneamente sujetos no incluidos anteriormente pasan a conformar parte de dicho discurso, produciéndose una contaminación mutua. Así, por ejemplo, grupos piqueteros, organismos de derechos humanos y otras fuerzas políticas progresistas históricamente distintas y hasta opuestas al peronismo, comienzan, a partir de la interpelación producida por el kirchnerismo, a integrar una nueva identidad que las torna equivalentes al interior de la tradición peronista. A su vez, esas mismas particularidades afectan y realizan una modificación de la tradición peronista. Así, se evocan las reparaciones históricas en clave nacional popular que “encuentran en el peronismo su trasfondo sedimentado pero al que al mismo tiempo se reinterroga desde diferentes matrices” (Muñoz y Retamozo, 2012, p. 3). Cabe agregar que algo similar ocurre en el terreno del antiperonismo, que comienza a fijar su identidad precaria a partir de la frontera trazada por el kirchnerismo, todo lo que da por resultado la (re)constitución del clivaje pero con nuevos sentidos.

En lo que sigue, se tomarán algunos fragmentos de discursos oficiales de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner para exponer el análisis. Sin embargo, vale aclarar que no se desprende de ello la presunción de transparencia de las palabras. Más bien, lo que se propone realizar y graficar a través de ese recurso es interpretar los sentidos que se construyen desde el gobierno sobre las medidas y acciones que se adoptan. En este sentido, y partiendo de la noción de discurso del propio Laclau, se sostiene que el discurso kirchnerista que se analiza no se reduce a lo dicho por sus principales dirigentes sino que es más bien un conjunto inseparable de acciones y alocuciones que circulan y que, desde su circulación como discurso, provoca efectos que contribuyen a performar la realidad social creando sentido.

Solo a modo tentativo, se enuncian tres movimientos o figuras mediante las que se entiende que el kirchnerismo reactualiza aunque desplazando el sentido del clivaje peronismo-antiperonismo. Hace uso de (al menos) tres dicotomías, que se superponen entre sí y que pueden leerse como metáforas o aspectos parciales del clivaje peronismo-antiperonismo que aparece espectralmente constituyéndose como el telón de fondo sobre el que estás oposiciones se dan. Estas oposiciones son: mercado-Estado; democracia en tanto gobierno neutral o como gobierno partidario del neoliberalismo noventista- distribucionismo de nuevo siglo.

En cuanto a la primera cuestión, el discurso kirchnerista presenta al Estado en un lugar fuertemente activo que asume un rol como reparador de daños y derechos vulnerados que el mismo Estado-árbitro neutral no había sabido proteger, recuperando una mirada muy presente en la tradición peronista. En esa misma línea, los pobres dejan de ser significados como clientes, como simples desfavorecidos por los azares de la economía, o como individuos aislados que no supieron adaptarse al mercado, sino ciudadanos sobre los que se han cometido injusticias y sujetos de derecho que merecen ser reconocidos. El modo en que se ha presentado la Asignación Universal por Hijo, el Plan conectar igualdad, la restatización de las Administración de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP), pero también la lucha por los derechos humanos, entre otras medidas dan cuenta de esa pretensión reparadora de daños en que intenta inscribirse el kirchnerismo:

(…) Entonces es el Estado el que tiene que tomar un rol más activo, que no solamente intervenga en la discusión salarial sino que ayude a diseñar ese modelo de país donde los que más tienen ayuden a seguir creciendo para seguir aumentando y alimentando la rueda virtuosa del crecimiento económico (Discurso de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, 01 de agosto de 2008).

Y con esa misma impronta se recupera y significa al peronismo:

Por eso, nada ni nadie nos va a mover de esta cancha que es la cancha de la historia, que es la cancha de la liberación nacional, que es la cancha de las conquistas y los derechos que construimos y que seguimos construyendo a la luz de lo que fue la impronta de Perón y de Eva Perón (Discurso de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, 11 de febrero de 2010).

Las citas anteriores muestran precisamente ese anudamiento que se construye entre las dicotomías del presente y la presencia espectral del peronismo (y su clivaje con el antiperonismo que aparece en tanto ausencia) que al ser reactualizada modifica su significado, incorporando aspectos antes ignorados.

En segundo lugar, el kirchnerismo resuelve institucionalmente las demandas, pero no se muestra como un árbitro neutral que clausura discusiones y desactiva la movilización. En consonancia con el peronismo histórico, el kirchnerismo se autodefine como un movimiento que representa privilegiadamente a los trabajadores. Si bien el horizonte es “articular los intereses de los cuarenta millones de argentinos”, en la lucha que se da entre trabajadores y capitalistas por la “redistribución del ingreso” en el marco de un “crecimiento económico inaudito”, la política económica impulsada desde el 2003 en adelante “no es neutral” y se coloca del lado de los trabajadores (Inda, 2013b):

Ese es mi compromiso, siempre estaré junto a los trabajadores porque creo en ellos y porque creo que son el motor de la patria y de la historia (Discurso de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, 15 de diciembre de 2009).

Pero como yo no soy neutral, no soy suiza, por eso no soy neutral, los suizos siempre son los neutrales, soy argentina y por lo tanto no soy neutral, siempre la historia me ha demostrado que cuando estas cosas fracasan son los sectores de menor fuerza y los más vulnerables los que terminan pagando el pato. (Discurso de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, 22 de marzo de 2011).

En sintonía, en los discursos de un Néstor Kirchner recién asumido ya aparecía una ética de las convicciones9 que no puede ser reducida a una pura institucionalización. Puntualmente, en concordancia con la reapertura de los juicios a los responsables de la última dictadura militar, la justicia no está ligada a la imparcialidad. En su discurso el presidente se presenta como un militante de los años setenta para quien la neutralidad no es una opción y toma partido. Por oposición, los discursos anteriores siempre se remitían en última instancia a la institución judicial, que la encasillaba a supuestos mecanismos formales y neutrales. Mientras los discursos previos se presentaban a sí mismos como árbitros imparciales entre diferentes intereses y grupos, o como neutrales tomadores de decisiones técnicas indiscutibles, ahora el gobierno se sitúa discursivamente en un lado del conflicto. Lo mismo sucedió durante la negociación del default de la deuda que fue llevado adelante en nombre de los más desfavorecidos (Barros, 2006):

No pagaremos deuda a costa del hambre y la exclusión de millones de argentinos generando más pobreza y aumentando la conflictividad social, para que el país vuelva a explotar (Discurso del Presidente Néstor Kirchner, 1 de marzo de 2004).

En este sentido, el kirchnerismo puede pensarse como generador de una institucionalidad democrática que desborda y se enfrenta a otras (principalmente la liberal). Una institucionalidad que no se restringe a los procedimientos neutrales, sino que trae consigo otro modo de hacer las cosas y que requiere de la movilización popular y la crispación. En este sentido el clivaje divide entre aquellos que defienden una institucionalidad liberal y aquellos que pretenden algo diferente. El peronismo aparece una vez más aquí como una tradición de la que se hace eco el kirchnerismo y en la que encuentra legitimidad para posicionarse. El kirchnerismo retoma cierto ideario principalmente proveniente del peronismo de izquierda y en su discurso hace eje en la toma de partido explícita por las clases populares que sufrieron las políticas neoliberales de los noventa. Esto da forma a la tercera dicotomía entre un modelo de distribución e inclusión presente y un proyecto político, económico e ideológico neoliberal, productor del ajuste y exclusión social que comenzó en 1976, con una dictadura genocida, y que continuó en las décadas siguientes bajo la máscara de elecciones libres (Inda, 2013a). El peronismo es significado aquí como la expresión política de los que menos tienen, ayer de los “descamisados”, hoy de los “ciudadanos y ciudadanas de a pie”, “los trabajadores”, las víctimas del modelo de ajuste impuesto en las últimas décadas (Inda, 2013b, p. 184).

Sin embargo, también resulta interesante destacar que no todas las oposiciones resultaron igualmente verosímiles por más que tuvieran un anclaje en la historia del clivaje entre peronismo y antiperonismo. El ejemplo más claro de ello lo representa el conflicto por las retenciones móviles que el gobierno intentó traducir en términos de la antigua dicotomía entre pueblo-oligarquía. Esa división recuperada del primer peronismo no logró instalarse, ni volverse creíble como eje que guiara la disputa a pesar de los esfuerzos del Gobierno por dotar a su posición de un tono épico y plantear el conflicto en esos términos. Ello conduce una vez más a insistir sobre la idea de que el espectro del clivaje peronismo-antiperonismo, se replica en la actualidad pero nunca de modo igual a sí mismo y de la relevancia de la recepción en las significaciones que se construyen. En ese traslado (iteración) se pierden componentes, se incorporan nuevas aristas y se modifican sus usos, pero a pesar de ello sigue operando.

Resumiendo, el kirchnerismo construye su proyecto político reactivando divisiones que se encontraban disponibles en un universo de posibilidades finito, recupera de un modo singular al peronismo y lo resignifica mediante las luchas puntuales en las que este se encarna y redefine su contenido. Así, fija parcialmente el sentido del clivaje peronismo-antiperonismo atándolo a la discusión por el rol del Estado, la disputa por el sentido de la democracia y la contraposición entre distribución-igualdad y enriquecimiento-desigualdad. Pero en esa reaparición del clivaje hay aspectos que desaparecen (la dicotomía entre pueblo y oligarquía puede ser una de ellas) y otros que se suman (caso de lucha por la memoria, la verdad y la justicia) volviendo al clivaje algo que permanece como distinto de sí mismo.

A modo de cierre

En estas últimas líneas solo se pretende recopilar lo que se intentó presentar en las páginas precedentes. El objetivo del trabajo fue recuperar la noción de clivaje pensándola desde una mirada discursiva y a partir de allí presentar al kirchnerismo como un discurso que restituye la centralidad del clivaje peronismo-antiperonismo. En primer lugar, se repasaron los abordajes desarrollados por la ciencia política mediante los que se ha intentado definir la noción de clivaje. Por un lado, un lenguaje que se denominó estructuralista, que piensa al clivaje como un mero epifenómeno o expresión de una ruptura esencial que debe ser reproducida de la forma más fiel posible. Por otro lado, una gramática institucional que le otorga centralidad a esa dimensión y hace dependiente al sistema de clivajes de la ingeniería institucional vigente. Finalmente una mirada hiperracional que corre su acento hacia la intencionalidad y accionar estratégico de los actores políticos (principalmente partidos políticos o sus elites) a fin de producir determinados conflictos centrales que beneficien su supervivencia.

Posteriormente, a distancia de las visiones repasadas y buscando acentuar su politicidad, se propuso mirar al clivaje en términos discursivos, como un conflicto entre polos que se reproduce a lo largo de la historia, desplanzando su sentido con base en los usos que se le otorga (iteración) y (re)apareciendo una y otra vez en la contemporaneidad (espectralidad). Esto implica salirse de todo esencialismo y ver la contaminación constitutiva de todo significante basándose en el contexto de discusión en el cual se inserta. Esta propuesta nos permite entender las condiciones de cambio/permanencia de un clivaje que muchos dolores de cabeza le ha traído a la literatura canónica, al tiempo que potencia el componente conflictivo en la configuración del debate político.

Según lo expuesto, el clivaje no forma parte de lo dado sin más, sino que es un conflicto que no deja de inscribirse en nuevos contextos modificando su propia constitución fruto de la acción política. Partiendo de esa conceptualización y reconociendo al peronismo-antiperonismo como clivaje estructurante de la política argentina de los últimos 70 años, finalmente, se dejan enunciadas tres metáforas – rol del Estado, noción de democracia y preocupación por la igualdad - en que ese clivaje reaparece en la escena contemporánea a través del kirchnerismo y simultáneamente es ampliado articulando elementos anteriormente exógenos. El discurso K construye su identidad a partir de retomar elementos del peronismo al tiempo que los modifica, en ese sentido es que se sostiene la performatividad del discurso. Se espera retomar estos puntos en futuros trabajos para contribuir en la comprensión de lo acontecido en los últimos doce años en Argentina.

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1 Nos referiremos bajo este nombre a la identidad política producida a partir de la presidencia de Néstor Kirchner entre 2003 y 2007, y Cristina Fernández de Kirchner desde 2007 hasta 2011 y su posterior re-elección desde 2011 hasta la actualidad.

2 Una definición más laxa y que aquí no seguiremos es la sugerida por Lavau, quien sostiene que clivaje es toda heterogeneidad cultural, socioeconómica y política que predisponen al conflicto (1991, p. 42).

3 Usualmente, la literatura que estudia los sistemas de partido desde de la teoría de los clivajes sociales toma casos en los que alguno de los elementos está ausente, requiriendo de herramientas que permitan analizar “algo menos que un clivaje” (Deegan-Krause, 2008, p. 539).

4 Este proceso también ha sido pensado bajo el concepto de fisura generativa, en referencia a la politización de conflictos sociales que desembocan en el surgimiento de nuevas instituciones políticas partidistas (Scully, 1992).

5 La diferencia entre clivaje y oposición o división social ya ha sido puntualizada en múltiples oportunidades por diversos estudios que enuncian una diferencia en la profundidad o gradualidad entre una y otra. De este modo, hay muchos conflictos pero solo algunos polarizan la política deviniendo en clivajes (Zuckerman, 1975).

6 Los propios Lipset y Rokkan, (1991), en uno de sus escritos destacan que el clivaje sufre cambios a lo largo del tiempo. El punto es precisamente explicar cómo.

7 Como bien enfatizan Reano y Smola (2014), las palabras performan las acciones pero estas no se reducen al significado ideado por el hablante, jugando la recepción un lugar central para la construcción de sentido. “Esto refiere a una condición estructural que hace que el sentido de las palabras resulte imposible de ser apropiado por parte del hablante, ya que son retomadas, repetidas, disputadas y resignificadas por una pluralidad de actores, pudiendo formar parte de diversos discursos”. (p. 32). Esto vuelve a los polos que conforman el clivaje elementos susceptibles de ser disputados, incluso al interior de su articulación.

8 En este sentido el llamado pacto sindical-militar denunciado por el alfonsinismo tuvo una importancia central, al lograr situar en el campo del pasado antidemocrático al peronismo y permitir erigirse a sí mismo como encarnación de ese nuevo principio de identificación que era la democracia.

9 Vengo, en cambio, a proponerles un sueño: reconstruir nuestra propia identidad como pueblo y como Nación; vengo a proponerles un sueño que es la construcción de la verdad y la Justicia; vengo a proponerles un sueño que es el de volver a tener una Argentina con todos y para todos (Discurso del Presidente Néstor Kirchner, 25 de mayo de 2003)

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