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Vol 37, N° 55, EISSN: 2215-2997, julio - diciembre, 2017

URL: www.revistas.una.ac.cr/abra

DOI: http://dx.doi.org/10.15359/abra.37-55.5

Elementos epistemológicos para una interpretación social de la ciudad

Epistemological elements for a social interpretation of the city

Marcela Otárola Guevara

Doctorado en Estudios de la Sociedad y la Cultura de la Universidad de Costa Rica, Costa Rica, motarolag@gmail.com

Fecha de recepción: 19/07/2017. Fechas de reenvíos: 24/08/2017.

Fecha de aprobación: 31/08/2017. Fecha de publicación: 28/09/2017.

Resumen: El crecimiento urbano en la Gran Área Metropolitana (GAM) de Costa Rica se incrementó, sustancialmente, en las últimas tres décadas, manifestándose claramente en su forma espacial. Sin embargo, esta permuta es la expresión de otra más profunda: una procedente del cambio en su forma social; por eso, para comprender e interpretar la transformación en este ámbito, es preponderante establecer una posición epistemológica. Así, partiendo del supuesto de la ciudad como una construcción social, en este escrito se exponen los criterios teóricos de algunos científicos cuyos aportes, desde una perspectiva crítica, permiten el análisis de la urbe como una red y una representación. El objetivo del acopio y la concatenación de tales abonos es formular un itinerario teórico con el cual elucidar en los poblados urbanos, los procesos velados que los transfiguran y que presentan una dualidad: son causados por la acción humana y su efecto recae en ella; dialéctica constante que amerita un abordaje cognitivo que considere la ciudad como un ente vivo, en tensión e inacabado.

Palabras claves: epistemología urbana; constructivismo social; representación social; dialéctica urbana; enfoque sistémico.

Abstract: Urban growth in the Greater Metropolitan Area (GAM) of Costa Rica has increased substantially in the last three decades, clearly manifesting itself in its spatial form. This transformation, however, is the expression of a more profound change: one stemming from the change in its social form. Consequently, in order to understand and interpret the transformation in this area it is important to use an epistemological approach. Based on the assumption that the city is a social construction, this paper includes the theoretical criteria of scientists whose contributions, from a critical perspective, allow the analysis of the city both as a network and a representation. The purpose of collecting and linking those contributions is to formulate a theoretical itinerary to clarify, in urban villages, the veiled processes that transform them and present a duality: they are caused by human action and human action receives their effects, a constant dialectic that deserves a cognitive approach that sees the city as an unfinished living entity in tension.

Keywords: Urban epistemology; social constructivism; social representation; urban dialectic; systemic approach.

Introducción

Las ciudades son espejos de la realidad que vivimos los seres humanos y, los hechos que allí ocurren han sido analizados con mayor frecuencia por investigadores sociales ante el efecto provocado en ellas por distintos modos de producción, movimiento y acumulación de la riqueza que proliferaron a partir del siglo XIX.

Más de cien años después, los eventos generados por esta dinámica continúan y se desarrollan con más prontitud, apresurando la mutación de las formas urbanas y conformando grupos de habitantes cada vez más heterogéneos, razón por la cual, visualizando este escenario, ha surgido la ineludible necesidad de observar las urbes con una mirada social y crítica.

Junto con los procesos de destrucción, re-construcción y construcción de los espacios urbanos surgen los siguientes cuestionamientos: ¿cómo es el ciudadano que se crea y re-crea allí? y ¿cómo se visualiza el hábitat donde se desenvuelve? Estas interrogantes surgieron al advertir el cambio progresivo del entorno urbano de la Gran Área Metropolitana (GAM) de Costa Rica; fenómeno complejo que requiere la constitución de un acervo teórico transdisciplinario para su abordaje, y consecuentemente la lectura, comprensión y apropiación de conceptos para el desarrollo de una visión crítica con la cual observar y diseccionar este objeto urbano. Por todo lo anterior, en este escrito se exponen, cotejan y concatenan ideas pertinentes planteadas por especialistas de diversos campos.

Para iniciar es conveniente contextualizar esa transformación, de allí que en una primera sección se muestra la repercusión de la ausencia de un marco normativo que regule la morfología urbana costarricense, particularmente en lo referente al uso del suelo y el paisaje del sitio. De seguido, para determinar una perspectiva teórica de análisis, se presentan y discuten diversas ideas de investigadores para establecer una posición epistemológica atinente al tema a tratar. Así, y considerando que las ciudades no son productos acabados, se acopian premisas que abonan al desarrollo de una visión constructivista social por considerarse adecuada a la observación de procesos en curso y por tanto no consumados.

Los autores consultados tienen procedencias ideológicas distintas, más en sus planteamientos hay convergencias muy provechosas para la conformación de un paradigma epistémico, entre las que destacan la actitud crítica ante lo prestablecido y la consideración del estado inestable e imbricado de las cosas que caracteriza la contemporaneidad.

La presentación de las ideas relevantes se concentra en dos apartados llamados la Realidad como sistema, donde se expone la visión de la sociedad como un conjunto de elementos interrelacionados, y la Realidad como representación, en el cual se postula la ciudad como espacio dirimido por la praxis humana en busca de la autonomía en unos casos, y de la heteronomía en otros.

Finalmente, se concluye con una reflexión sobre algunos aspectos que tienen en común el enfoque social de las ciudades, junto con otros fenómenos contemplados en un nuevo paradigma crítico de la realidad: el análisis del espacio-tiempo y la mutación, la relación del sujeto y el objeto como expresión de dominio y resistencia; así como la trayectoria no-lineal de los sucesos.

Atisbando una realidad urbana reciente

La morfología de las principales ciudades del área metropolitana costarricense ha estado vinculada estrechamente con los procesos productivos que dinamizan la economía nacional y, en algunos de los cantones en ella ubicados, su efecto se aprecia en su comportamiento urbano, acelerado y cambiante, desde la segunda mitad del siglo XX.

A partir de 1950, el modelo económico transitó de la agroexportación a la sustitución de importaciones y promoción industrial, afectando así el ordenamiento territorial de las cabeceras de provincia ubicadas en la GAM. Por este motivo se establece un cambio en el uso del suelo: las parcelas destinadas al cultivo del café (principal producto de exportación desde el siglo XIX) se destinan al desarrollo de actividades industriales, financieras, comerciales y de servicios, situación que produjo la metropolización de la Meseta Central (Carvajal, 2005).

Aunado a esta permuta, hubo un aumento significativo de la población urbana que se refleja en los datos registrados por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), que revelan un incremento de un 33,49% en 1950 a un 72,87% en el 2011 (Jiménez, 2017). En años posteriores tal crecimiento se ha mantenido, según consta en el Estudio de la Urbanización en Centroamérica: Oportunidades de una Centroamérica Urbana (Grupo del Banco Mundial, 2016), sin un marco regulatorio actualizado que oriente la configuración de las urbes. Las consecuencias de este vacío se aprecian en tres aspectos cada vez más presentes en las poblaciones nacionales:

  • Dinámica especulativa que dirime el uso y la propiedad de la tierra. La planificación de los asentamientos humanos ha estado regida por la Ley de Planificación Urbana de 1968 y por el Reglamento para el Control Nacional de Fraccionamientos y Urbanizaciones de 1983, por lo que, considerando la necesidad de crear una normativa atinente a la realidad y previsora, de iniciativas gubernamentales y universitarias surgieron planes que fueron descartados o impugnados, permitiendo un crecimiento urbano dirigido por el mercado inmobiliario, tal y como se señala en el capítulo 4 del Informe XXII del Programa Estado de la Nación (2016). Este sector está encauzado a capitalizar mediante la compra y venta de inmuebles y, por ello, impulsa la construcción de grandes complejos edilicios de diversa naturaleza, sin prever sus implicaciones en infraestructura y servicios, en el paisaje urbano, ni en el tejido social comunal.

  • Limitación de los espacios públicos. El aumento y la concentración demográfica demandan espacio para vivir en lugares donde hay mayor reciprocidad comercial y social, conduciendo a una saturación edilicia que limita los espacios públicos existentes, los hace lugares desarticulados sin posibilidades de expansión y expuestos a la contaminación sonora y visual, consecuencias del tráfico vehicular desregulado que ha acompañado al crecimiento inmobiliario. Tal afirmación se sustenta en el análisis de los hallazgos obtenidos por los investigadores Eduardo Brenes y Francisco Rodríguez quienes, al indagar sobre el modelo de desarrollo de la GAM, señalaron que parte de su deterioro ambiental es consecuencia del incremento de la afluencia vehicular provocada por el aumento de la construcción de proyectos de baja densidad junto a importantes carreteras urbanas (Brenes & Rodríguez, 2008). Este tipo de proyecto emula, en la mayoría de los casos, un modelo privado de urbanizar que desestima los espacios públicos: la figura del condominio (residencial o comercial), misma que está eximida legalmente de ceder superficie para áreas públicas y que limita el acceso a los espacios de socialización a los condóminos (los usuarios o propietarios de sus instalaciones), reduciendo así los ámbitos de interacción comunitaria.
  • El apego socio-territorial del ciudadano. La movilidad en la GAM, sea temporal o permanente, ha generado el despoblamiento de algunos asentamientos urbanos y la densificación de otros, ocasionando una alteración de las redes sociales que sustentan la vida urbana de los poblados (Informe XXII del Programa Estado de la Nación, 2016). Se infiere, por tanto, que ello ha implicado una modificación en la conducta de nuevos y viejos residentes quienes, desvinculados entre sí y ante la nueva situación, asumen distintas posturas que inhiben la cohesión social y fomentan la fragmentación comunal: hay resistencias a la aceptación de los cambios morfológicos urbanos e indiferencia hacia un nuevo entorno social, erosionando y desestimulando el sentido de pertenencia a un lugar, parte constitutiva de la subjetividad del individuo.

En síntesis, se afirma que los cambios demográficos en la GAM durante las últimas seis décadas, han promovido la expansión de su zona urbana y esto, a su vez, impulsó la urbanización de su territorio. Este proceso, en los albores del siglo XXI, se ha caracterizado por la concentración de la construcción en asentamientos consolidados bajo un modelo de edificación que tiende a instaurar nuevas formas de interacción humana acordes con actividades basadas en el consumo y, simultáneamente, a segregar y privatizar el espacio urbano afectando la relación del individuo con la comunidad donde habita.

Con el caso expuesto, se muestra la urbe como producto de la acción social e impronta de un tejido social vivo que adquiere su forma en las edificaciones y sus intersticios. Para comprender la procedencia de esta red, interpretar su morfología y estudiar sus vinculaciones, es necesario el acopio, la apropiación y la concatenación de conceptos y presunciones de la teoría social para elaborar una perspectiva epistemológica; ejercicio que se desarrolla seguidamente.

Un acercamiento epistemológico para investigar

Las investigaciones sobre problemáticas urbanas se han desarrollado con particular interés en las ciencias sociales desde la primera mitad del siglo XX. El efecto de la modernidad, el crecimiento económico de las ciudades industriales y los acontecimientos sociales suscitados, llamaron la atención de sociólogos, filósofos y antropólogos quienes dieron un viraje en el estudio del individuo y se abocaron a la observación de este tipo de comunidades y de su realidad.

La Escuela de Chicago en Estados Unidos y el movimiento de Mayo de 1968 en Francia, son muestras del ejercicio reflexivo que realizaron cientistas sociales sobre la apropiación del espacio y de la racionalidad que la propició, enfocándose en hacer una exégesis desde sus distintas disciplinas sobre la temática urbana, ámbito donde se han evidenciado importantes conflictos en la interacción humana.

En la arquitectura, específicamente en el urbanismo, el aporte del conocimiento de estos campos ha sido relevante, y actualmente se retoman para el análisis de la morfología de asentamientos y para observar la conducta de sus habitantes. En Costa Rica la GAM se ha expandido y en ella ha aumentado la densidad demográfica; su superficie, el 3.8% del territorio nacional alberga el 52.7% de la población total (Jiménez, 2017) y las repercusiones de este proceso en la cotidianidad del ciudadano, han acentuado el interés por su estudio, tal y como se aprecia al realizar una exploración sobre investigaciones urbanas desarrolladas en Costa Rica.

De lo anterior se desprende que el estudio particular de las urbes atraviesa varias disciplinas, por lo que la perspectiva epistemológica asumida para examinarlas considera sus aportaciones. No obstante, para obtener un cuerpo de ideas coherente con el objeto que se desea abordar, es necesario establecer su supuesto ontológico, y así se plantea que el espacio urbano es una realidad social en diversa, compleja y constante construcción.

Tal premisa conduce a una visualización del espacio urbano como producto de la acción de individuos que comprenden, elaboran y reformulan las representaciones que contiene. Este enfoque se sustenta en los planteamientos de John Searle (1995), quien asevera que, en el sujeto dotado de consciencia, opera una intencionalidad que alude a lo simbólico. Define la intencionalidad como “…la capacidad de la mente para representar objetos y estados de cosas mundanos distintos de uno mismo” (Searle, 1995, p. 26) y el término alude al acto humano de conferir características a la realidad que le circunda, que no le son propias y que se aprecian según una valoración subjetiva. Esas características son llamadas rasgos del mundo relativos al observador y son creados por fenómenos mentales exclusivos del ser humano.

De esta forma se observa que la realidad social, materializada y expresada en este caso como espacio, es un campo impregnado de significaciones y, para comprenderlo, es pertinente identificar las funciones que se le conceden en términos de simbología, de la intención colectiva lo cual admite una conducta y una cosmovisión compartida, además del conjunto de normas que posibilitan la acción de los sujetos; aspectos que Searle (1995) justamente denomina asignación de funciones, intencionalidad colectiva y reglas constitutivas.

Con una perspectiva constructivista se acude para los efectos prácticos de la formulación de una base teórica que robustezca una visión epistémica, a los planteamientos de autores cuyas propuestas rompen paradigmas en la ciencia social, percibiendo el efecto de las reciprocidades que ejercen los individuos en la realidad. Los autores se adhieren a distintas corrientes de pensamiento, pero en todos se destaca la crítica hacia el enfoque analítico tradicional de las ciencias sociales heredado del siglo XIX.

La Realidad como sistema

Algunos de los teóricos conciben el quehacer humano como la práctica de elaborar “algo” que no está dado (el individuo, la sociedad o el futuro) en tanto otros revelan el carácter cambiante del ser; no obstante, en todos los casos se expresa que lo mutable es producto de la interacción, revelando una relación dialéctica entre el sujeto (quien observa) y el objeto (lo observado), opuesta al paradigma positivista que los consideraba como elementos independientes.

Con esta premisa como preámbulo, Denise Najmanovich, Immanuel Wallerstein e Ilya Prigogine, investigadores tributarios de la Teoría de la Complejidad, el marxismo y la Teoría del Caos respectivamente, coinciden en considerar a la sociedad como un complejo de sistemas relacionados en constante correspondencia con el entorno social y natural, mediante el intercambio de experiencias, bienes o energía.

Denise Najmanovich, epistemóloga argentina, introduce el concepto sujeto encarnado para designar a un nuevo individuo quien, desechando una corporalidad moderna (cosmovisión) que lo ciñe a una descripción de los objetos como elementos ajenos a él, asume una corporalidad vivencial que está ligada al entorno que le rodea y le define. Plantea que este sujeto es un ser cognitivo, “una unidad heterogénea y abierta al intercambio” (Najmanovich, 2005, p. 51) que se enfrenta a un objeto producto de la acción y la experiencia humana, vive en un mundo enactuado1 que a su vez es cocreado y pertenece a un universo físico que la investigadora concibe como una inmensa red de interacciones.

A la vinculación entre el sujeto y el objeto del conocimiento, Najmanovich le llama subjetividad y la precisa como una característica del individuo junto con su capacidad de objetivar; rasgos relevantes pues, mediante ellos y con la colaboración de otros sujetos, se elabora un imaginario compartido sobre el cual se construye una realidad. Ahora bien, dado que el hombre y la mujer que habitan el cuerpo vivencial están en permanente trasformación, la realidad que elaboran junto con sus similares, se torna en una representación que se hace y se deshace, y es, por tanto, una figura en mutación: un producto del juego de los vínculos.

Por su parte, Immanuel Wallerstein, sociólogo estadounidense, usa el término sistema histórico para referirse a la entidad donde tiene lugar la vida social y que “…representa una red integrada de procesos económicos, políticos y culturales cuya totalidad mantiene unido al sistema.” (Wallerstein, 1998, p. 250). Este académico también señala que, en el sistema, habita un sujeto determinado por su biografía social (no es un ser ahistórico) y que su acción depende del funcionamiento de la red a la que pertenece. El impacto de esta praxis se aprecia en los cambios de los sistemas históricos, de allí que la noción del tiempo la asuma con un sentido transformacional: es el espacio para observar las mutaciones de la sociedad, sean estas consecuencias de una transición o de una crisis. Tal observación de los cambios no es una tarea reciente de las ciencias sociales; inició en el siglo XIX con el estudio empírico del mundo social por parte de intelectuales al servicio de grupos hegemónicos, para comprender las permutas, influir en ellas y universalizar su ideología, condición que este sociólogo insta a revertir para dar espacio a corrientes de pensamiento divergentes.

Para Wallerstein, los sistemas históricos eran “ejemplos por excelencia de la irremediable flecha del tiempo” (Wallerstein, 1995, p. 254): partían de un pasado inmutable hacia un futuro incierto, y precisamente con esta asimetría temporal, coincidió Ilya Prigogine (1917-2013), físico-químico belga de origen ruso, quien la incluyó dentro de sus argumentos para romper el predominio de preceptos heredados de una mecánica clásica. Para Prigogine, esos cánones no respondían a una realidad natural: ellos analizan fenómenos físicos realizando ejercicios en estado de equilibrio, es decir, donde la situación inicial es igual a la final, lo que implicaba condiciones ideales dadas en sistemas cerrados, ahistóricos y controlados.

Este investigador manifestó que, en la naturaleza, los sistemas son abiertos, intercambian materia con el ambiente, y por ello están lejos del equilibrio. Las moléculas que los componen son elementos activos (pierden o ganan energía, es decir, se transfiguran) están dispuestas en estructuras que se auto organizan (se adaptan a las condiciones del entorno) y por ello están sometidas a procesos irreversibles: su estado final, al concluir una interacción, difiere del estado inicial, por lo tanto nunca llegarán a ser lo mismo. También expresó que existen acontecimientos que inciden en las formas de vinculación, y a estas, las llamó correlaciones y las definió como articulaciones de dos tipos: correlaciones de creación para identificar las vinculaciones que generaban una relación nueva y correlaciones de fragmentación para reconocer las vinculaciones que rompían una relación establecida.

Prigogine criticó un paradigma científico clásico y, desde una posición epistemológica sustentada en la termodinámica, formuló una teoría y un modelo físico para explicar el comportamiento de los organismos en la naturaleza y prever su desempeño probabilísticamente sin certeza absoluta. La exégesis que presentó es consecuente con su creencia sobre el rol social del científico: “Tal como el habitante de las ciudades, el científico no puede escapar de las urbes polutas para refugiarse en las montañas. Las ciencias participan en la construcción de la sociedad de mañana, con sus contradicciones e incertidumbres.” (Prigogine, 1996, p. 135); y con ella impone al investigador el involucrarse activamente con la realidad que le rodea, el salirse del sistema cerrado y controlado de su laboratorio, oficina o esfera laboral donde trabaje para aprehender el ambiente real.

Finalmente, esa aseveración sugiere una cierta afinidad epistémica entre las llamadas disciplinas blandas y duras, y estimula a incorporar abordajes provenientes de una ciencia exacta en una investigación social, en el tanto sea atinente, apropiada y no forzada; contribuyendo de este modo a romper la compartimentalización epistemológica entre lo cualitativo y lo cuantitativo que Wallerstein incita a superar.

La Realidad como representación

Las ciudades son entramados heterogéneos; en ellas confluyen distintas reciprocidades que se visibilizan en objetos y en hábitos, en usos y apropiaciones que emanan de una sustancia intangible del ser humano: su cosmovisión, propiedad con la que otorga sentido al mundo que habita.

Actualmente, en este proceso de comprensión, el individuo se enfrenta a un entorno complejo, y para ello despliega todas las formas de aprehensión que han resultado de la experiencia. Estas formas Najmanovich las ha denominado dimensiones de la corporalidad y las distingue en cuerpo biológico, cuerpo físico, cuerpo erótico, cuerpo afectivo, cuerpo pensante, cuerpo social y cuerpo relacional (Najmanovich, 2009, p. 6). Apoyado en ellas, el individuo realiza un ejercicio de reflexividad con el cual constituye su subjetividad y se transforma individual y colectivamente.

Para dilucidar esta praxis en el espacio urbano por estudiar, resulta pertinente incorporar los aportes de Cornelius Castoriadis, Miguel Ángel Contreras Natera y Byung-Chul Han, intelectuales que comparten una posición crítica respecto de todo sistema o modo de restricción, condicionamiento o anulación de la libertad humana.

Cornelius Castoriadis (1922-1997), filósofo griego de origen turco, introdujo el término de filósofo ciudadano para referirse al habitante creado por la comunidad política, el cual, sometido a un proceso iterativo de reflexión, alcanza su autonomía (acción por voluntad propia). Este proceso, Castoriadis lo precisó como una praxis humana que consiste en la deliberación consciente sobre la institución (cuerpo de valores de un ente, sujeto a modificación) del instituyente (el ser humano que asume la institución), para abrirse a la alteridad y hallar ese ser ignoto que yace dentro del individuo. En el transcurso de la apertura y de la reflexión, el instituyente obtiene la autonomía y, por ende, deja de ser un sujeto heterónomo (Castoriadis, 2007, p. 95).

No obstante, en contraposición a esta liberación, Castoriadis también asegura que hay un grupo de personas que promueven el ocultamiento de la alteridad –la burocracia- mediante acciones de transferencia institucional (visión perpetua de una institución propia inmutable) que impiden cualquier acto de autoadulteración y, con ello, se inhibe al hombre y a la mujer de repensar su cotidianidad, generando poblaciones cautivas regidas por una determinidad.

Uno y, quizá la más generalizada actualmente, proviene de una lógica de naturaleza capitalista: el neoliberalismo, corriente ideológica que Miguel Ángel Contreras, sociólogo venezolano, define como “…estrategia hegemónica para la construcción de una globalización económica…” (Contreras, 2015, p. 15) basada en tres aspectos sustantivos: el mercado, el individuo y la libertad.

Contreras describe al mercado desde dos perspectivas: como espacio de acumulación de bienes y de maximización de las ganancias, donde prevalece el individualismo expresado en la propiedad privada y en los proyectos individuales; y como lugar donde convergen las expectativas, deseos y preferencias de los individuos. En él impera la competencia, la innovación tecnológica y la globalización financiera; priman los valores de cambio para interrelacionarse y se impugna toda forma de organización colectiva que limite el libre accionar mercantil; por tal motivo, el neoliberalismo se opone a sistemas políticos socialistas o democráticos que tiendan a planificar la economía.

Con respecto al individuo, el autor asevera que es considerado como un sujeto que se relaciona con la realidad adquiriendo bienes dado que su intención es satisfacer sus intereses, los cuales, a su vez, están sometidos a lógicas del mercado, convirtiéndolo en un producto de las relaciones mercantiles. También lo retrata como un ser egoísta, dueño de sí y que solamente depende de sus propias habilidades para movilizarse socialmente, lo cual logrará favorablemente haciendo uso de su libertad, concepto que se concibe como la ausencia de coacción, según la razón neoliberal.

Para Contreras, dentro de esta corriente de pensamiento, la libertad es una acción sin intervención ajena que se despoja de cualquier ligamen social, político, cultural e histórico que perjudique la dinámica del mercado. Por este motivo se suprime todo saber, estilo de vida o modelo económico y social que se oponga al afán mercantil y se procede a forcluir (exclusión del universo simbólico) a todo aquello que se le resista.

De este modo, el neoliberalismo crea personas desvinculadas de su entorno, aisladas y ensimismadas que están enfocadas en responsabilizarse solamente de sí mismas; no está comprometido en crear un tejido que no se sustente en una relación comercial y, por ello, concibe a la sociedad como un grupo de sujetos carentes de adherencias sociales. En esta situación, el autor citado explica que la neoliberalización espiritual se afianza mediante la expansión de una economía común y la instauración de un estilo de vida basado en el consumo, acto que instituye la posesión material como posibilidad de ser de la persona. La libertad se presenta, entonces, como la oportunidad de lograr saciar de forma irrestricta, independiente y, según preferencias particulares, los anhelos del sujeto, los cuales están a expensas de las disposiciones del mercado.

De lo anterior se infiere que bajo la racionalidad neoliberal, la autonomía humana se alcanza lejos de sistemas colectivistas de organización social que condicionan la acción del ser humano e impiden su crecimiento personal, desarrollo que puede lograr por sus propios medios atendiendo su naturaleza posesiva. No obstante, en este sentido, cabe cuestionarse: ¿se adultera la naturaleza posesiva del ser humano? y, de ser así, entonces: ¿quién o qué la afecta? Reflexionar sobre estas preguntas conlleva inferir que el hombre y la mujer están expuestos a una enajenación constante, de allí que su libre albedrío siempre estará permeado por la voluntad de otro.

Por otro lado, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, presenta un concepto de libertad relacionado con el hasta ahora mencionado, y se haya sustentado en un imperativo de rendimiento: la libertad paradójica. Con él, Han hace referencia al sentimiento de independencia que tiene el individuo cuando se explota a sí mismo para cumplir con las exigencias de la sociedad. Esa percepción es propia del animal laborans tardomoderno, figura que emplea para denominar al ser humano contemporáneo, quien trabaja aisladamente y no contempla hacerlo colectivamente porque no se siente parte de un grupo:

El animal laborans tardomoderno no renuncia de ningún modo a su individualidad ni a su ego para consumarse trabajando en el proceso vital anónimo de la especie. La sociedad del trabajo se ha individualizado y convertido en la sociedad de rendimiento y actividad. (Han, 2012, p. 45).

Así, se consuma en el sujeto la institución de la racionalidad neoliberal que describe Contreras y que crea seres ahistóricos, sin vínculos sociales y entregados a una libertad que les demanda maximizar su rendimiento. Esta emancipación (falsa por demás porque está impuesta por un agente externo) según Han, procede de la percepción generalizada de tener una presencia efímera y fugaz en el mundo, que conduce a la actividad para aprovechar la vida al máximo porque se asume que, con el movimiento, se prolonga lo existente. Se vive, entonces, en un ambiente hiperactivo llamado la sociedad del rendimiento y, en ella, se describe la existencia del ser humano actual: un individuo que, bajo la consigna del poder sin límites, se ha privado, por voluntad propia, de su libertad con el objetivo de producir y compensar sus necesidades y preferencias. Crea, de esta manera, su propio “campo de trabajos forzados” (Han, 2012, p. 48).

Viviendo siempre en una sociedad disciplinar, se ha pasado de una en la que primaba el deber a otra dominada por el poder; un poder que emana del exceso de una positividad que entraña a lo extraño que antes era visto como una amenaza. Así, la diferenciación se ha diluido, la percepción del otro que podía invadir lo propio para negarlo -el paradigma inmunológico- desaparece y se establece una sociedad permisiva, sin prohibiciones, regida por el hacer ilimitado.

La optimización del rendimiento se proyecta en el espacio personal y social del ser humano: éste acude al llamado de fructificar al máximo y, ante esa provocación, con la sola valía de sus capacidades, actúa en diferentes escenarios para garantizar su reproducción. Así, se le emplaza a vivir de forma narcisista en comunidades segregadas, a poseer en específicos mercados y a laborar en actividades productivas y rentables para una economía global; revelando que, lejos de alcanzar la libertad, la lógica que impera tiende a generar individuos heterónomos dependientes, con consciencia o sin ella, de una intención ajena que soslayadamente transfiere los deseos y las expectativas del Mercado: ente superior de las sociedades capitalistas.

Con las ideas elucidadas hasta ahora, al visualizar la realidad como sistema y representación, se traza un itinerario teórico-epistemológico para interpretar la ciudad. Tras su discernimiento se encontraron convergencias que permitieron establecer elementos con los cuales hacer una pesquisa urbana con mirada social y son los que, a continuación, se exponen.

A manera de cierre

Una lectura sobre el pensamiento de cientistas teóricos que tienen una actitud crítica ante los paradigmas de la modernidad, habilita la construcción de una perspectiva de análisis sobre las ciudades donde sea relevante tomar en consideración, amén de los aportes puntualizados en el escrito, aspectos comunes a todo fenómeno contemporáneo, que en las urbes adquieren particular relevancia por su naturaleza inacabada:

  • El análisis del espacio-tiempo y la mutación. El espacio y el tiempo son considerados como elementos vinculados entre sí. Se conciben como una correlación en la que yacen los eventos que ocurren en una realidad y cuya repercusión es observable mediante la valoración, medición y análisis de los cambios que producen. El análisis de la morfología urbana de una localidad en distintos períodos revela situaciones que permiten establecer su biografía social y, con esta, se logra comprender el cuerpo de valores, hábitos e intenciones que componen su forma actual.
  • La relación del sujeto y el objeto como expresión de dominación y resistencia. Las urbes son entramados de relaciones de diversa naturaleza y, por esta razón, interesa esclarecer las acciones e intenciones de quienes detentan el poder económico y político para disponer del espacio y adoctrinar a través de él, pero también interesa visibilizar los actos de resistencia de actores divergentes que luchan por la preservación de sitios que guardan un sentido de uso y apego afectivo especial, y que defienden su autonomía en la forma de apropiación de los mismos.
  • La trayectoria no-lineal. Las ciudades cambian porque están expuestas al efecto de contingencias que derivan de una mayor interconexión económica, cultural y política. El impacto de los estímulos que han recibido para su crecimiento (o decrecimiento) las presentan como sistemas vulnerables y, por lo tanto, su comportamiento no sigue una trayectoria lineal definida y determinada; todo lo contrario, establece un trazo atendiendo la intención y necesidad, consensuadas o no, de sus residentes y usuarios. Comprender cómo operan estos sujetos de forma sistémica, cómo se organizan y vinculan, visualiza las tendencias de comportamiento en el sitio respondiendo a realidades de distinta escala.

Con estas ideas, se prepara un sustrato teórico para analizar las ciudades costarricenses a la vez que, se pone de manifiesto la insoslayable importancia de la reflexión sobre la pertinencia del estudio urbano incorporando una visión epistémica social, en procura de generar insumos para la comprensión de las mutaciones que ellas y en ellas, como entes vivos que son, se engendran.

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1 Derivación del verbo inglés ‘to enact’, el cual significa evidenciar algo existente y determinante para el presente.

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Revista ABRA.   ISSN Impreso: 14093928.   ISSN Electrónico: 22152997.

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