Memorias Miriam

Revista de la Escuela de Bibliotecología,
Documentación e Información
 Número Especial 2017
DOI http://dx.doi.org/10.15359/rb.35-2.1





Introducción
Miriam nació en Santa Bárbara un 22 de enero de 1928. Luego de terminar sus estudios secundarios en la Escuela Normal de Heredia, obtuvo el título de Profesora en Educación Primaria. Poco tiempo laboró como maestra, y en 1949 pasó a trabajar a la Biblioteca de la Facultad de Educación de la Universidad de Costa Rica, bajo la dirección de la Profesora Emma Gamboa, entonces Decana de esta Facultad. Durante estos años, tomó varios cursos de bibliotecología en Panamá y Cuba. Luego, en 1954 le ofrecieron el trabajo de Bibliotecaria del Banco Central, donde ejerció hasta 1958. Al mismo tiempo participó activamente en la clasificación de libros en bibliotecas escolares y con la Asociación de Bibliotecarios del país. En reconocimiento a su labor durante este periodo, en el 2013, durante la celebración del Día del Bibliotecólogo, la Escuela de Bibliotecología y Ciencias de la Información de la Universidad de Costa Rica le hizo entrega de la reedición de este primer libro que ella escribió para enseñarles a los maestros a clasificar libros.
A mediados de 1958 dejó su trabajo en el Banco al contraer matrimonio y por diez años se concentró en su familia.
Entrado 1969, el Lic. Efraím Rojas le pidió que impartiera el curso de Catalogación y Clasificación de Libros ofrecido por la recién fundada Carrera de Bibliotecología en la Universidad de Costa Rica. De este año en adelante se dedicó a promover bibliotecas infantiles y a colaborar con otras Bibliotecas. En 1971, ayudó a organizar la Biblioteca del Museo Nacional de Costa Rica. También puso su granito de arena para la creación de la Biblioteca Infantil Carmen Lyra, la cual abrió sus puertas en 1971, en los bajos del quiosco del Parque Central de San José, y fue clausurada en 1993. Igualmente, en Heredia, participó activamente con la “Asociación de Amigos de la Biblioteca de Heredia”, y con gran orgullo presenció la reapertura de la Biblioteca de Heredia, luego asignada con el nombre del Dr. Marco Tulio Salazar. En esta institución disfrutaba de leer a los niños durante la “hora del cuento”, contribuir para los “días del libro”, cooperar dando charlas a adultos mayores y en las tertulias. Gracias a un energético grupo de costarricenses, encabezados por la Lic. Sandra Alpízar, la “biblioteca del trencito,” un proyecto que había sepultado muchos años atrás, se hizo realidad, abriendo las puertas a niños lectores un 27 de setiembre de 1996.
Fue una mujer visionaria, y con un deseo de generar oportunidades para todas las personas, y se sorprendió mucho cuando le dijeron que la “biblioteca del trencito” llevaría su nombre. Por su labor social y educativa con la comunidad Herediana: adultos mayores, grupos de mujeres y niños, en el 2011 la Municipalidad de Heredia le otorgó la condecoración “Esmeralda Gutiérrez Flores.” Miriam fue una de las dos primeras mujeres en recibir este honor.
El pasar de los años, no la detuvo en sus actividades. Además de clasificar algunas bibliotecas religiosas, tenía sus grupos de lectura, estudios religiosos, y por un tiempo, fue a Guadalupe, a aprender a hacer “encajes de bolillos.” Miriam trató de enseñarle a sus hijas y nietas esta técnica sin éxito. Su alumna estrella fue Vianey Peralta, amiga y su dentista, que cada vez que un paciente cancelaba cita, cruzaba la calle y trabaja con ella esta antigua técnica de hacer encaje. Le gustaba mucho hacer muñecas de tela, títeres y otras manualidades, las cuales regalaba a sus visitantes. Siempre mantuvo su casa abierta para todas las personas que desearan visitarla.
Las personas del Barrio Corazón de Jesús la recuerdan, con su gran sombrero, todos los días verla pasar, temprano en la mañana, sola, con paso firme y rápido, para llegar a tiempo a misa de 9 am a la iglesia del Carmen. Miriam fue una persona que requería de su independencia para sentirse bien.
Adicionalmente, fue una ávida lectora, y le gustaba mucho escribir. Sus escritos datan de sus años de adolescente y joven profesional, cuando la poesía fue su medio de expresión. De las poesías la que encontramos publicada es “Las Gotas de Agua”, la cual aparece en “Niños y Alas, Antología de Poemas para Niños, Tomo I, publicado por la Universidad de Puerto Rico en 1958. Este libro contiene poesías agrupadas por temas, cuyo objetivo, en ese entonces, fue poner a disposición de la radiofonía, maestros y padres de familia en Puerto Rico, poesías que enriquecieran la imaginación del niño. Esta y otras de sus poesías, aparecieron en la revista Repertorio Americano, dirigida por el escritor costarricense Joaquín García Monge, el del 10 de diciembre de 1949.
¹
Los que vivimos en el exterior, disfrutamos de sus cartas semanales escritas a puño y letra, en las que nos relataba toda suerte de acontecimientos con lujo de detalles. Durante las últimas décadas de su vida, optó por la narrativa. Paralelo, alrededor de sus 70 años comenzó a escribir en la computadora. Si bien se ajustó a escribir, su problema más serio fue entender dónde guardaba los archivos, lo cual le causaba gran frustración pues hasta los libros de su hogar clasificó y catalogó. En su biblioteca, ni una postal se le perdía.
Por suerte conoció a Juanita Castrillo, quien tenía un centro de fotocopiado en Heredia. Como todos los días iba a misa, de camino a la iglesia del Carmen dejaba la llave maya con Juanita, quien le formateaba los documentos, se los organizaba en archivos, o se los imprimía. Hicieron una gran amistad y con la ayuda de Juanita completó dos libros. El primero titulado “La Historia de la Familia Álvarez Brenes”, una recopilación de los escritos de varios de sus hermanos y sobrinos, y este último que tiene el lector tiene en sus manos: su historia personal.
Ella no tuvo tiempo para hacer las últimas revisiones de estos escritos. Los hermanos me autorizaron para editar el material y compartirlo con sus familiares y amigos. Miriam Álvarez nunca cerró la puerta a nuevas tecnologías.  Es simbólico que su historia se presente como una edición electrónica y que sea parte de la Revista Bibliotecas de la Universidad Nacional, institución que acunó y desarrolló el proyecto que le tomó varias décadas para ver convertido en realidad: la biblioteca del trencito, como ella la denominaba.
Miriam dejó este mundo el 18 de noviembre del 2015.
– Alejandra Chaverri Álvarez, 27 de noviembre, 2016



Mis Ancestros

Hilarión Álvarez casó con Juana Sibaja Conejo
 Hijos

Marceliana Josefa
Leocadia
Simona Ramona
Narcisa Manuela
Aurelia Hilarión
de Jesús
María Clementina de
Jesús María Cecilia de
Jesús Ana Teodora de
Jesús María Felicitas
Saturnino de Jesús


José Víctor de la Concepción Brenes casó con María Rafaela Quesada Ramírez
Hijos

María Luisa Hortensia de Jesús
Carlota Elena de Jesús
Dora Paula de Jesús
Francisco Carlos de
Jesús Víctor Manuel de
Jesús María Ester de
Jesús Caridad Hortensia
de Jesús
Miguel Ángel Gonzalo de Jesús
`Víctor Hernán de Jesús

Saturnino Álvarez Sibaja casó con María Luisa Brenes Quesada
Hijos

Edgar Fabio Primitivo del Señor (24-2-1914)-(19-2-1993)
Miguel Ángel de Jesús (7-7-1915)-(1952)
María Catalina Jesús de los Ángeles (1-10-1916)-(2-6-1988)
Jorge Luis José de los Ángeles (15-2-1918)-(26-10 1979)
Juana Alicia Candelaria de Jesús (2-2-1920)
Víctor Manuel de Jesús (20-8-1921) - (24-2-2003)
Felicidad Berta del Carmen (17-3-1923) – (2-9-2006)
Elena Obdulia del Carmen (18-3-1925)-(3-7-2011)
María Ester Emileé de Jesús (7-1-1927) – (22-10-2014)
Miriam Deifilia de los Dolores (22-2-1928)-(18-11-2015)
Anais Margarita Rafaela (24-10-1930)
Carlos Alberto de Jesús (29-3-1936)
Luis Danilo de Jesús (12-6-1938) –  (16-7-2014)





Mi llegada a esta tierra

Santa Bárbara de Heredia. Era el mes de febrero de 1928, día 22. Mi papá estaba cumpliendo 45 años. A la una de la tarde arribé yo, Miriam, como el aguinaldo número diez del matrimonio de Saturnino Álvarez Sibaja y María Luisa Brenes Quesada. Una niña, blanca, rubia, menudita, muy sana, que hizo dúo con su hermanita, trece meses mayor, María Ester, muy delicada de salud.
La chica iba creciendo y un día, Alicia Rodríguez, la prima de Luisa, maestra en la escuela de Santa Bárbara, quien vivía en la casa, vino donde la abuela Rafaela y le dijo:
—Rafaela, a mí me preocupa la hija menor de Luisa, una chiquilla tan sana, que se vaya a enfermar. Fíjese que como María Ester está tan enferma se preocupan por esta y a la chiquitilla la bañan, la ponen en la cama con un chupón y allí se queda gran parte del día—.
La abuela, ni lerda ni perezosa, se quitó el delantal, se cubrió con la toalla y salió para Santa Bárbara. Siempre había querido traerse uno de los hijos de Luisa para tener un niño en la casa, pero ninguno había soportado la lejanía de los padres. De noche se ponía a llorar y por la mañana había que correr a devolverlo.
Con Miriam la cosa fue muy diferente. Supongo que estaba falta de cariño y cuando encontró unos tibios brazos que la acogieron, se anidó en ellos y se durmió dulcemente. Además, en la casa de la abuela había otros seis miembros de la familia, todos jóvenes y cuatro de ellos estudiando para maestros en la Escuela Normal de Costa Rica; todos ellos deseosos de experimentar sus conocimientos en un niño.
Siempre he creído que Dios prepara el camino de cada una de sus ovejitas. Ya mi camino estaba trazado.
Yo estaba feliz en esta casa. Llegué a la edad de once meses a disfrutar del cariño de mi abuela y mis tíos.
María Ester recobró la salud y papá dijo:
—Luisa, ya María Ester está sana. Hay que ir a traer a Miriam—. Y Miriam volvió a su casa paterna.
La abuela se había enamorado de la nieta y cuando se la llevaron se enfermó. El tío Nán fue a ver si podía arreglar la situación. Le dijo a su hermana Luisa:
—Luisa, mamá se enfermó porque se trajeron a la chiquita y está muy triste—.
Mamá decidió que me llevaran de nuevo a Heredia. Decía Nán que me encontró en el patio de la casa, jugando con un palillo. Así fue como regresé a la casa de la abuela, para no partir jamás.



Mis Tíos

Crecí con mi abuela Rafaela y los seis tíos que vivían con ella. El mayor se llamaba Carlos; trabajaba y vivía en San José. Solo venía los domingos, con su valija donde traía la ropa sucia, y regresaba con la ropa limpia el lunes. La tía Dora era la mayor. Padecía de una enfermedad mental, por la que varias veces fue internada en el Asilo Chapuí.
Ella y mi abuelita iban en el tren cuando sucedió el accidente del Río Virilla. El vagón del tren   en el que ellas viajaban  logró continuar unido a la máquina, pero el impacto fue muy grande y eso afectó la mente de la tía Dora.
La tía María Ester (Tey) era la maestra. Ella y Carlos sostenían la casa y para mí fue como mi mamá. Se preocupaba por mis estudios y estaba al cuidado de mi salud, así como de mi forma correcta de proceder. Era mi amiga de paseos.
La Tía Caridad (Cary) estudiaba en la Escuela Normal. Le encantaba  trabajar en el jardín, tejer, bordar y cocer. Ella era quien se encargaba de hacer mis vestidos, y en una palabra, me coqueteaba. También le gustaba cocinar y ayudaba a servir en los matrimonios y en las fiestas. Le encantaban las golosinas. Recuerdo que en el mes de junio, en su cuarto tenía al Corazón de Jesús adornado con una hermosa glosinia florecida.
El tío Gonzalo (Chalo) también era estudiante de la Escuela Normal. Era muy serio. Padecía de osteomielitis en una pierna, enfermedad que le hizo sufrir toda la vida. Me parece verlo en su cama llorando del dolor. O cuando llegaba Monge, un fornido señor que lo llevaba alzado al hospital.
El tío Chalo fue como mi papá. No sé por qué un muchacho joven como él, que iba a San José a ver a su novia me cargaba a mí para que pasara toda la tarde jugando con los hermanitos de Olga, su novia, para regresar por la noche. O me llevaba a las fiestas de San José. Sus regalos eran muy especiales.
Durante toda la escuela primaria tuve capa gracias al tío Chalo. Además me regaló un escúter, patines y un anillo a los 15 años.
El tío Hernán (Nan) también estudiaba en la Escuela Normal. Era el carpintero de la casa y cuando él trabajaba yo era su ayudante. Cuando iba a partir una tabla, él me sentaba sobre ella para que yo, con mi peso de pluma, la sostuviera. En mi mente está una preciosa muñeca de trapo que me trajo de Miramar, cuando se fue allá a trabajar como maestro. Me cuidaba con un especial cariño. Una vez  se dio cuenta de que me gustaba un muchacho no muy serio. Me llamó y me dijo:
—Ese  muchacho no le conviene, tiene enredos con mujeres—.
Tuve la dicha de criarme en una casa de verdaderos maestros, aquellos primeros que salieron de la Escuela Normal de Omar Dengo.
Ellos se preocuparon porque yo cumpliera con los requisitos para que en un futuro, entrara también a la Escuela Normal.



La Abuela Rafaela

Mis tíos salían  a trabajar temprano y yo quedaba con la abuela y con Dora. Fui muy apegada a la abuela. Siempre andaba con ella y así aprendí a conocerla. Era una mujer parca, pero dentro de esa parquedad, tenía su forma de expresar cariño; nunca con abrazos ni con besos. No me acuerdo de haber recibido un efusivo abrazo o un beso de ella, pero yo siempre me sentí muy querida, con un amor muy especial, cual una tibia cobija que me envolvía. Todavía lo siento y creo que ese fue el abrazo que me dio para siempre. Creo que este es el abrazo que recordamos todos los nietos.
Era una mujer muy recta, de pocas palabras, y no repetía sus órdenes. Cuando hablaba había que escucharla porque no daba un mensaje dos veces y de inmediato se debía realizar el encargo  porque no le gustaba esperar. Si mandaba al mercado a comprar algo, dejaba caer una gota de agua al suelo y se debía regresar antes de que la gota se secara.
Nunca alzaba la voz para corregir y jamás permitió que nadie le alzara la voz. Si tenía que corregir o castigar lo hacía a la usanza de ese tiempo, empleando un “tirapié” que había quedado del taller de zapatería del abuelo, o la cubierta de un cuchillo. Dos o tres veces me “sacudió el polvo” como decía ella y las cosas que no le gustaron nunca se volvieron a hacer.
No permitía comentarios ni habladurías. Yo no recuerdo haber oído en mi casa hablar de otras personas en forma de chisme.  Muchas cosas que sucedieron en la familia, y que para ella fueron muy duras, las guardó como un secreto y se las llevó a la tumba. También pidió a quienes las presenciaron, guardar el mismo silencio. Al hacer este recuento veo muy claramente quien moldeó el carácter de los Brenes Quesada.
Ella se levantaba a las cuatro y media de la mañana, encendía la negra cocina de hierro y ponía el agua para chorrear el café. Luego se iba para misa de cinco de la mañana, y de vuelta a la casa, pasaba a la panadería de don Oscar Negrini. Al llegar a la casa, empezaba a chorrear el café, porque ya el agua estaba hirviendo. Así, cuando nosotros nos levantábamos, solo debíamos bañarnos y sentarnos a desayunar. Después cada quien salía para su trabajo o su estudio.
La abuela se quedaba en la casa remojando la ropa para el lavado y ordenando la cocina. Como a las ocho se volvía a poner la toalla y cogía la bolsa para ir al mercado. Su viaje  era un evento para disfrutar, pues en el camino encontraba amigas y amigos con quienes  conversaba. Me acuerdo que siempre pasaba por donde Margarita, una negra que había venido de Limón y no sé por qué razón eran amigas.
Margarita siempre tenía la puerta abierta y al verla pasar salía a conversar con la abuela. Recuerdo a aquella alegre mujer y oigo el cascabel de su risa. Tampoco se me puede olvidar el delicioso pedazo de yuca que me dio un día que iba yo sola para el mercado. Nunca he comido una yuca tan rica como aquella: — ¡Es de Guácimo!—, me dijo.
En el mercado, la abuela primero iba a la carnicería de Amado Zumbado, pero ella le compraba a Tobías. Generalmente era una libra de carne para la olla de carne. Esa carne era especial: era un pedazo de ratón, otro de pecho, algo de cecina, un hueso de jarrete y unos pedacitos de posta. La selección de la carne era toda una ceremonia acompañada de comentarios:
—No eso está muy gordo, eso tiene mucho pellejo; no me ponga solo huesos, la carne de ayer iba muy gorda y no me gusta porque el caldo queda muy mantecoso—.
—Deme un tasajito para asar, a veces pedía—. Y si compraba bistecs debían ser pequeños y de lomo para que fueran bien suaves.
De la carnicería pasábamos adonde don Juan a comprar la verdura. Aquí acontecía otra ceremonia: el ayote debía ser bien seco, los chayotes sazones, secos como papa, y los tacacos sin estopa. Después había que ir donde Pepe Benavides a comprar la sal, el azúcar, el jabón Sun Light, el betún y cosas por el estilo. El jabón de barra se compraba en la parte sur del mercado y el dulce donde…, no me acuerdo.
El queso y la mantequilla de González Lahman se compraba donde Gildo Cortés. No se me olvida que un cuarto de libra costaba setenta y cinco céntimos. El arroz, el maíz y los frijoles los compraba donde Nereo Vargas. Ella era cliente de determinados tramos, pero si no la atendían bien o si le daban algo malo, no volvía a comprar allí.
Las últimas compras la hacía en las mesas de afuera, donde las mujeres que venían de San Joaquín a vender tortillas, chorreadas y tamalitos de elote asados o envueltos en tusa.
Los sábados había que pasar por donde la señora de Santa Bárbara que vendía melcochas o por donde el hombre que vendía “candy suizo”.
La leña la vendían los miércoles y los sábados. Las carretas bien cargadas se apostaban en la calle sur del mercado. La abuela me decía:
—Hoy vamos a comprar leña—. Entonces yo iba recorriendo por toda la acera, viendo las carretas para ver qué clase de leña tenían y cómo estaban cargadas. A veces me decía: —A este hombre nunca le compre porque hace ranchos—.
— ¿Qué son ranchos abuelita?—
—Que meten palos atravesados en forma inclinada para que quepa menos leña. En otras palabras, roban leña—.
Después de ver toda la leña se devolvía adonde le parecía que estaba la mejor. Luego de consultar el precio, y regatear un poco, había que regresar a la casa con el boyero, y de paso, buscar a alguien que metiera la leña. Esto me recuerda un poco la conchería “Mercando leña” de Aquileo Echeverría.
De paso daba sus consejos: —Nunca compre leña que lleve güitite o jocote y fíjese que esté bien seca, de lo contrario no prende y además hace mucho humo—. ¡Cuántas cosas aprendí a su lado! Muchas no las ocupé, como esta de comprar leña, pero la mayoría se grabaron en mi mente y me han sido de gran ayuda en el transcurso de la vida.
La abuela pasaba todo el día trabajando, en una forma lenta, sin apresurarse, y todo estaba listo a la hora que debía estar. Después del almuerzo se ponía a lavar, a restregar la ropa, como ella decía, en la batea de madera. Primero enjabonaba la ropa blanca que iba tirando en una lata de zinc instalada en el patio. Si estaba soleado, el sol se encargaba de blanquearla y si llovía, la lluvia hacía el mismo trabajo. La ropa de color la restregaba y luego la enjuagaba para colgarla en los alambres a secar. Esta misma tarea se haría con la ropa blanca al día siguiente.
Luego venía la hora del café. Algunos días alistaba un tamal asado que horneaba en la cocina a la hora de moler, cuando el horno estaba bien caliente. Prefería hacerlo en la cazuela de hierro, cubierta con hojas de plátano. Ahí ponía la masa preparada y la cubría con hojas de plátano sobre las que ponía brasas para que el tamal también se asara por encima.
No era muy amiga de hacer panes. Recuerdo que una vez hizo un pan con levadura que nunca creció. Entonces cogió los bollitos y los lanzó al suelo y hasta saltaban. Yo creo que desde entonces se retiró de la panadería. La tía Cary hacía pastelitos y pan de leche o la tía Tey elaboraba un delicioso pan dulce que le había enseñado a hacer la niña Eida Alvarado.
Después del café de la tarde la abuela tenía dos actividades: leer, que le gustaba mucho, o bordar. Cuando se encontraba un libro que le gustaba y tenía público, leía en voz alta. Así leyó “En una silla de ruedas” de Carmen Lyra. Ella leía en una silla perezosa que le había hecho el tío Nán y yo me sentaba escondida en la parte de atrás, para que no me vieran llorando en las partes tristes, porque la abuela leía muy bien.
Si no leía, se ponía a bordar en punto de cruz. Bordó, cuadrito a cuadrito, con una creatividad propia y mezclando colores, que debían ser muy alegres, la alfombra que estaba en el centro de la sala. También hacía sábanas de pedazos de tela. Todos los sobrantes de las costuras que hacían las muchachas, como ella les decía a sus hijas, los iba recortando para luego hacer tiras que iba uniendo para construir una sábana. Las cosía a mano.
Nunca usó la máquina de coser. Todo cosido con buen pespunte, bien rematado y con hebras cortas. Así nos exigía a todas coser. Esas sábanas eran un deleite cuando una se enfermaba, porque se le iban las horas repasando a qué o a quién perteneció cada pedacito de tela.
La abuela era muy económica por dos razones: primeramente porque su situación económica era difícil y luego le tocó porque le tocó vivir las dos guerras mundiales. Por esa razón ella no le permitía a nadie desperdiciar nada. Por ejemplo, en la comida cada uno se servía lo que se iba a comer, podía repetir, pero no dejar nada en el plato. Con las agujas era muy cuidadosa. Dios libre se perdiera. Si se caían se debía buscarla hasta encontrarla, porque durante la primera guerra se acabaron las agujas y quien tenía una, tenía un tesoro. Ella nos educó en un régimen de austeridad, que yo a mis años se lo agradezco, y que, en cierto modo, he procurado trasmitir a mi familia.


Alegrías y congojas de la abuela

La abuela había estudiado. Estaba preparada para ser maestra, pero nunca ejerció su profesión. Quizá a eso se debió que todos sus hijos fueran maestros. Leía muy bien y tenía buena letra. En la casa había un hermoso álbum de fotografías, bellamente empastado, que era un premio que había recibido en su último año de escuela. Allí estaban todas las fotos de la familia: de la abuela Sinforosa, la mama del abuelo Víctor, Mita Bocha (como le decían los nietos); de la tía Lola, hermana del abuelo, pero hija de don Francisco Pérez, delgada, muy erguida y con su elegante vestido de tontillo. Había un montón de fotografías de María Luisa que si bien no era nieta de Pérez, él se encantó con la chiquilla y como el señor tenía dinero a cada rato la llevaba a la fotografía.

A la abuela le gustaba la música. A veces se oía cantando alguna canción como:
Pajarillo, pajarillo, pajarillo barranqueño, qué bonitos ojos tienes, lástima que tengas dueño...
También silbaba y dentro de su seriedad era chistosa. Cuando se instaló  el cine en Heredia disfrutaba mucho de él. Le encantaban las películas en las que trabajaba José Mojica y también las del Gordo y el Flaco. Yo siempre le avisaba cuando había una película de esas para que me llevara. ¡Cómo disfrutábamos las dos! ¡Aún me parece oír sus risas con las tonteras del Gordo y el Flaco o escucharla  contando, con lujo de detalles, la película de Mojica que le había gustado tanto!
Luego apareció  la radio en Costa Rica y el tío Chalo le regaló uno para la Navidad. ¡Ese radio fue muy disfrutado! En Heredia la corriente eléctrica llegaba a las casas a las seis de la tarde y la quitaban a las seis de la mañana. Era tan mala que para poder oír la radio había que usar un “alzador de corriente”. No obstante, ese radio lo gozamos todos. Había que oír a Don Quilín y doña Chona, a Concho Vindas, La Corte Suprema del Arte, el Radio Teatro de Nueva Alma Tica, Charlie Chan y, por supuesto, las noticias de la Segunda Guerra Mundial. La abuela escuchaba todos los programas que podía.
Muchas fueron las cosas que le sucedieron a la abuela en vida. Algunas las supimos, otras no nos las contó. Jamás dijo  nada del día de su matrimonio, pero guardaba con mucho cariño un pañolón celeste español que fue con el que se casó. Lo guardaba en la mesita que tenía junto a su cama. Recuerdo lo enojada  que se puso cuando una vez Dora, debido a su enfermedad, puso a madurar unas frutas cerca del pañolón y este se manchó. Por estos pequeños detalles a mí me parece que, como toda novia, ella fue al matrimonio con mucha ilusión.
Pasaron, alegrías, tristezas, congojas. Algunas de ellas pequeñas, otras de más trascendencia como la enfermedad de Dora que marcó la vida de la abuela. A los doce años la niña tuvo una crisis nerviosa que fue tratada por el Dr. Juan J. Flores. En 1926, cuando “La Tragedia del Virilla”, la abuela y Dora iban en el vagón  del tren que quedó pegado a la máquina y que continúo su viaje hacia San José. A ellas no les sucedió nada. Decía la abuela que ella cubrió la cabeza de Dora con la toalla para que no viera el río, pero la impresión y los gritos de la gente se escuchaban alrededor. Todo esto contribuyó a que Dora volviera a enfermarse, para no recuperase jamás.
 A veces se  mejoraba, otras veces empeoraba y la mayor parte de sus agresiones eran contra la abuela. Debido al poco conocimiento que existía acerca de enfermedades mentales, la abuela tomaba algunas actitudes de Dora no como enfermedad, sino como malacrianza y trataba de corregirlas con mano dura. Como tres veces internaron a Dora en el Asilo Chapuí, pero nunca recuperó su salud mental. Yo creo que este fue un pesar muy grande en la vida de mi abuela. Esa enfermedad acompañó a Dora hasta la muerte.
El tío Carlos salió muy joven de la casa a trabajar  y se trasladó a vivir a San José. Él trabajaba en un abastecedor y su jefe lo estimaba mucho. El muchacho, en su tiempo libre,  se enredó con una mujer, algo mayor que él; se llamaba Mercedes Matamoros. Ella tenía un niño de mi edad, Víctor Matamoros. El Tío Carlos a veces lo traía a la casa y me acuerdo que en el álbum había una foto de él vestido de marinero. Creo que también anduvo con una mujer que era negra o mulata. Ella le enseñó a hacer el aceite de coco que en mi casa se usaba con fines medicinales. Dichosamente, esos amoríos pasaron y luego el tío Carlos se casó con Dora Lobo.
El tío Chalo jugando fútbol. Alrededor de los doce años recibió un golpe en la pierna y esto fue el origen de la osteomielitis que lo acompañó toda su vida. El Dr. Adrián Gutiérrez iba a verlo a la casa y allí lo curaba, pero otras veces tenían que llevarlo al hospital porque había que operarlo.
Siempre me llamó la atención que aquel dolor le hiciera llorar y llamar a San Pedro. ¡Cómo sufrió con esa pierna! Se le hinchaba o se le abría. La abuela nunca decía nada, pero esta enfermedad la angustiaba y cuando Chalo estaba enfermo, en su lacónica manera de consentir, trataba de darle gustos. Le hacía chorreadas de elote, queso frito o alguna otra golosina que, dentro de su escaso bolsillo, le fuera posible dar.
Hubo otro sufrimiento que para la abuela fue muy duro, tanto que decidió guardarlo como un secreto y así lo guardó toda la familia. La enfermedad de Cary fue otra congoja para la familia, pero felizmente Cary recuperó su salud. Creo que la congoja mayor de la abuela fue quedar viuda con tantos hijos pequeños. Con ese carácter de hierro que tenía ella logró vencer los obstáculos que se le pusieron por delante, uno a uno durante toda su vida.


La casa de la abuela

Cuánto gocé en aquella casa. Todavía la guardo en mi memoria con todos sus rincones. Situada en la calle 6, avenidas 3 y 4 (numeración antigua), hoy calle central. Para mejor referencia, 25 metros al norte de la estación del ferrocarril.

A la entrada había una blanca balaustrada de cemento que protegía el jardín. Muchas veces me sirvió para montarme a caballo en ella, para ver pasar el tren. Luego seguía el pequeño jardín que creo era la ilusión de la tía Dora, siempre sembrado de violetas y un arbusto de zorrillo extranjero que por las noches se encargaba de perfumar el ambiente con el delicioso aroma de sus blancas flores. Un angosto pasadizo de cemento partía en dos el jardín para dar paso a la entrada de la casa que se iniciaba con un corredor de piso de madera, bordeado con baranda también de madera, acompañado  por una preciosa enredadera de banderita española que había traído la tía Cary de San Antonio de Belén, donde trabajaba. Antes de la banderita españolaba lo coronaba un encaje de “pudriorejas”.
En el corredor había generalmente dos cajones muy bien vestidos con cretona de colores y un sabroso almohadón donde se  podía sentar tranquilamente para leer o hacer tertulia. La pared de madera verde lucía dos lindos helechos que daban vida y frescor a la casa. En ese corredor estaba la puerta de entrada a la casa. Era una puerta de dos hojas y una de las hojas se mantenía abierta, sostenida por una pequeña plancha de hierro que se había quedado sin manigueta. Eran otros tiempos… aquellos en que se abría la puerta de la casa a las 6 de la mañana y se  cerraba al anochecer.
La casa era de bahareque con piso de madera y las divisiones de los cuartos con madera o simplemente con mamparas de gangoche que se cubrían con papel periódico y luego con un bonito papel de empapelar. Todo en aquella casa era muy humilde, pero tocado por manos femeninas que le daban un sello de belleza.
Cuando se pasaba la puerta de entrada se  presentaba un angosto zaguán de piso de madera al que daban la sala y los cuartos de la abuela y de Dora. El último cuarto lo compartían Tey y Cary y al final estaba el baño. Después de los cuartos el zaguán se abría y a la derecha (al Sur) estaba el baño y a la izquierda el comedor. Esto me recuerda que el zaguán formaba al final un espacio donde estaba un aparador donde se guardaba la vajilla de cristal verde y había una cerámica o estatuilla de barro que parecía la imagen de la nigüenta. El primo Julio tenía  grabado en su mente un radio color café y el gran ventanal al fondo (al Este) que dejaba ver el patio, el cual se encontraba en el primer nivel. Cuando trajeron al perro, Jasper, los tíos pusieron una media puerta en el zaguán creo que para evitar que el perro llegara a la sala.
Del comedor, al final del ala derecha, estaban las gradas que  llevaban a la cocina, a la pila de lavar y al patio. Por la puerta de la cocina se salía al patio, un trozo largo de tierra que fue el encanto de mi niñez.
Al lado norte de la puerta de entrada, frente al pequeño trozo de jardín que separó el cemento de entrada, estaba una pequeña puerta que daba a un angosto pasadizo de tierra y que llamábamos “la Rendija”. Era el lugar en que se guardaba la leña para cocinar. “La Rendija” también se conectaba con el patio y era usada por el tío Jacinto, a quien  le decíamos Chinto, para llegar a su cuarto que se encontraba en el patio. Este es, a grandes rasgos, el plano de la casa de la abuela. Si entramos a la casa, tres aposentos siempre llamaron mi atención.

La sala
Para mí era el lugar más bonito. Todo tapizado con un lindo papel que al principio fue rojo y luego lo cambiaron por uno crema con florcitas: el piso de madera siempre encerado y bien lustrado. Allí estaba un juego de muebles que compró el tío Carlos, muy bien acomodado. Frente a la ventana estaba una mesita alta cubierta con tapetes tejidos por la tía Cary y sobre ella un helecho. Al lado se encontraba una repisa de madera con un retrato del tío Carlos y de Alicia Argüello, una amiga de Tey. En la pared de atrás colgaban dos grandes retratos de los miembros de la familia que ya habían partido: el abuelo, Víctor Brenes, y la tía Elena. Frente a esa pared estaba el escritorio de Tey siempre impecablemente organizado.
La sala para mí era aún aposento sagrado. Tenía puerta y solamente se abría cuando llegaba una visita o por las tardes cuando Tey se sentaba a preparar sus lecciones.

El cuarto de tía Dora
La tía Dora era una persona muy especial. En su cuarto, además de estar tachonado de santos, guardaba, podríamos decir, la historia de la familia. Allí estaban los vestidos y muchas cosas de la tía Elena. Cartas del abuelo Víctor y cartas y postales que recibía la tía Elena. Era un cuarto de  ensueño, si  se podía  entrar, eso sí, con la advertencia de no tocar y dejar todo como estaba.

La cocina

¡Cómo añoro la cocina de la abuela! Para mí era el lugar principal de la casa. Quizá porque era donde la abuela pasaba más tiempo. Si se bajaba las gradas se encontraba  un amplio aposento de piso de ladrillo rojo con una negra cocina de hierro, siempre encendida, que invitaba a acercarse para sentir su calor. En el lado este, había  una enorme mesa de madera, donde la abuela hacía sus labores culinarias. Debajo de la mesa, bien acomodada, la leña que se gastaría en el día. A la izquierda de la cocina estaba el moledero: una gruesa tabla de madera montada sobre burras, y debajo, bien tapada, la olla de hierro de tres patas que guardaba el maíz ya cocinado y listo para las tortillas del día siguiente. En el moledero estaba la máquina de moler y también la piedra para afinar la masa. Al lado del moledero recuerdo  que estaba el armario donde se guardaba la loza que se usaba diariamente y las cucharas. En la parte de abajo estaba un cajón en el que manteníamos el betún y los cepillos de limpiar zapatos. Este armario estaba muy cerca de las gradas, las cuales eran el lugar más cómodo para darle brillo a los zapatos.
Entre las gradas y el armario de los trastos teníamos la tabla que se había acondicionado para montar la máquina de moler café. En la pared de las gradas, en un pequeño armario, se conservaban los cepillos de dientes, el polvo dental y el jabón de manos, así como los instrumentos de afeitarse para los hombres. Y si damos la vuelta nos encontramos con un enorme armario que hizo el tío Nan, donde la abuela guardaba el azúcar, los frijoles y otras cosas que quería especialmente asegurar, entre ellas el pequeñito baúl de lata donde guardaba el dinero. Y algo muy importante para ella: la caja de galletas Pozuelo y la botella de vino Cinzano que le traía el tío Carlos en la Navidad y el cumpleaños. Este armario tenía llave.
Frente al armario se localizaba la enorme pila. Con un gran tanque en el centro, siempre estaba lleno de agua y a cada lado una batea. La de la izquierda se usaba para lavar los trastos, por eso a un lado tenía una ollita llena de ceniza con los trapitos de lavar y un pedazo de teja que auxiliaba cuando la costra estaba muy pegada. La batea que estaba a la derecha se utilizaba para lavar la ropa. Aquí también se ponía la caja con la barra de azul moteado y otra batea de madera que la abuela usaba al iniciar el lavado de la ropa.
Hemos hecho un recorrido por el imperio de la abuela. No puedo recordar este recinto sin encontrar de primero la dulce figura de la abuelita, con su delantal bien prendido, yendo de un lado para otro, disfrutando de su reino.
Los quehaceres de la casa y las compras ocupaban el tiempo de la abuela. Todos los días preparaba y molía la masa. Con el fuego bien prendido y sobre una hoja de plátano bien soasada, comenzaba a palmear las tortillas que iban cayendo en el negro comal de hierro, bien caliente, que las medio cocinaba para caer frente a la parrilla roja de brasas que terminaba la cocción, y levantaba la cáscara para dorarla y quemarla un poquito más, dejando escapar el olor a tortilla fresca por toda casa.
Lo más sabroso era que la abuela  dijera:
—Siéntese en la grada—. Y allí llegaba con una taza de las de sopa con leche y una tortilla, ojalá una tortilla quemadita, migada, a la que agregaba un puntito de sal. ¡Las deliciosas sopas de leche de la abuela!
Ya más tarde, comenzaba a preparar el almuerzo porque a las doce se almorzaba y todos salían rápido, de vuelta al  trabajo.

El patio
Cuando salía de la cocina, se veía  un cuarto que se había construido para la tía Dora, pero lo habitaba Chinto. De Chinto poco recuerdo, pero las memorias de Gonza son muy claras. A continuación me permito adjuntar un escrito de Gonza. “El humilde cuarto de Chinto, casi vedado, pero que yo frecuentaba para que me contara sus historias de viejo, en especial las de gallero, o más bien de artesano de espuelas, trabas, y otros implementos que él fabricaba, y vendía para ser usados en las peleas de gallos. Al final de la humilde construcción estaba el escusado de hueco. Posteriormente, este escusado se clausuró, al construirse uno dentro de la casa”.
Frente a los aposentos anteriores, estaba una mesa hecha con una lata de zinc donde se asoleaba la ropa para blanquearla y encima tendidos los alambres para secar la ropa. Detrás de eso la mata de granada que adornaba el paisaje con sus flores naranja, que se convertían en las sabrosa granadas. Cuando estaban a punto, se reventaban para mostrar su enorme bocota llena de dientes rojos.
Después del escusado de hueco, la tía Cary había sembrado una rosa “príncipe negro”, y a menudo nos regalaba su rosa roja.
El patio era grande y sembrado de árboles. Tey sembró un durazno rojo, partiendo con mucho cuidado la dura semilla. Era imponente el árbol de achiote que todos los meses de diciembre daba trabajo y diversión, porque en esa época se cubría de frutos que había que cosechar. A Nan le tocaba subirse a la copa para bajar los frutos que tiraba al suelo y los que estábamos abajo los recogíamos para ponerlos en sacos de gangoche. Salían dos sacos que se llevaban donde unas viejitas que vivían por el patio de beneficio de “La Macha”, al sur de la línea del tren. Eran dos señoras, la madre y la hija que se dedicaban a sacar achiote. Ellas hacían el trabajo y como pago se dejaban la mitad de lo que habían sacado. A mí me tocaba ir a traer la bola de achiote. Lo que más me sorprendía era ver a la viejita mayor, toda teñida de rojo, con las arrugas como canalitos rojos. Cuando llegaba el producto la abuela se dedicaba a hacer porciones para repartir. Regalar era uno de sus dones.
Había un árbol de limón dulce, otro de limón agrio y un enorme árbol de mango manzana. El mango era la tentación de todos los vecinos cuando se cubría de mangos, porque eran deliciosos verdes, sazones, o maduros. ¡La abuela se apuraba por bajar mangos para aplacar el antojo de alguna vecina embarazada! No soportaba la idea de que un niño naciera con la boquita abierta por su culpa.
A la par del árbol de mango la abuela tenía el chiquero. Por ahí de febrero, todos los años ella compraba un chancho que criaba para venderlo en diciembre. Con la plata de la venta, hacia sus regalos de Navidad. El chiquero daba a una acequia que partía el solar en dos. Para un niño era una aventura saltar la acequia y no caer en ella.
Ese solar fue mi paraíso de niña. Allí pude jugar con mis muñecas haciendo viajes fantásticos por el río o hacer la comidita recortando hojas de la cerca. En fin, la imaginación me dio tanto para jugar solita en aquella dulce estancia donde mis amigos eran los árboles, con quienes yo entablaba mis largas charlas.


Mi primer viaje a Guanacaste

Mi tío se bajó a comprar algo y yo solo pensaba en que el tren se fuera y lo dejara. No había pena: allí el tren duraba largo rato. La misma actividad comercial sucedió cuando llegamos a Orotina.

Después de Orotina, mi tía Cary sacó una caja de cartón blanca, muy bien arreglada, donde llevaba el almuerzo: sándwiches de paté, de queso y de frijoles. Todo empacado con gran delicadeza y hecho como solo ella lo sabía hacer. Almorzamos muy sabroso mientras el tren seguía su marcha. De pronto dijo mi tío: ya viene el túnel. El tren entró en la montaña; todo se puso oscuro y el ruido del tren se hizo más fuerte. Eso sí me dio miedo. Yo creí que nunca terminaría. Luego se comenzó a ver el mar. ¡Otra emoción pues yo no lo conocía! A las doce del día llegamos a Puntarenas. Fuimos a buscar una pensión donde dejar las maletas, porque teníamos que pasar toda la tarde y parte de la noche en el puerto. La lancha para Bebedero salía a las doce de la noche, según la marea de ese día.
Fuimos a la pensión de Las Angulo, la más conocida de la familia, y allí dejamos las maletas para salir a conocer la ciudad. Fue una tarde de paseo muy bonita. Primeros nos bañamos en el mar en un lugar que se llamaba “Los Baños”. En esta zona el mar estaba cercado con cañas para que no entraran los animales marinos y la gente se bañara tranquila. También había vestidores donde  cambiarse la ropa. Yo estrené un vestido de baño amarillo y por primera vez me bañé en el mar. Recuerdo un mecate que atravesaba el encierro de lado para que la gente se sostuviera. Después del baño salimos a caminar por la ciudad, fuimos al mercado, a conocer el muelle grande y el muellecito, de donde salían las lanchas que viajaban por el golfo. Luego caminamos a la iglesia. Para mí, con la luz del sol tan intensa, todo se veía hermoso. A las seis de la tarde regresamos a la pensión a comer. Por la noche volvimos a salir y allí empezó lo feo para mí. Con la oscuridad de la noche, las olas del mar me sonaban más rudas. Yo miraba aquel mar tan negro y peligroso que decidí devolverme a la casa de la abuela.
—Yo me voy a la casa de abuelita. El mar es muy grande y la lancha muy chiquitilla; yo no me monto en ella—.Y mi tío Nan que era una tranquila persona me dijo:
—Bueno, entonces usted y yo nos devolvemos y que Cary y Aracelly sigan el viaje—.
Ahora nos vamos a acostar. Volvimos a la pensión, me puso la pijama y yo muy tranquila me dormí. No sé a qué hora me vistieron de nuevo, pero cuando yo desperté, estaba en la lancha, vestida con un overall café y una camisa amarilla. Ya no tuve oportunidad de protestar. La lancha era pequeñita; muy bonita y llena de luz. Había mucha gente sentada en los bancos que la rodeaban. Sonó el pito, luego una campanilla, y el motor comenzó a rugir, la lancha a alejarse del muellecito y la niña cobarde, no volvió a protestar.
En la lancha nos dieron un camarote. Arriba nos acostamos Nan y yo, y bajo Aracelly y Cary. Mi pobre tío se cayó, creo que por no estrujarme. Pasó la noche y llegó el amanecer, cosa que no puedo olvidar.
Ya navegábamos sobre el río Tempisque y el sol comenzaba a despuntar en el horizonte, llenando el cielo de luz y de colores. A uno y otro lado se miraban los árboles y conforme la lancha se acercaba, al ruido del motor, las garzas despertaban y levantaban el vuelo. De pronto se vio venir, hacia la lancha, un bote. En él venía un hombre, una mujer y un niño de brazos. La mujer y el niño, con un saco, subieron a la lancha. En el saco iba el producto de la siembra, que la mujer iba a vender a Bebedero.
Luego entramos en un río más angosto, el Bebedero. Para entonces la marea había bajado mucho y se sentía que la lancha tocaba suelo. Por fin llegamos al puerto de Bebedero, que era una simple tarima de madera a la cual atracó la lancha y por donde pasamos todos los pasajeros. Eran como las siete de la mañana. Los que íbamos para Cañas nos montamos en un camión de carga, arreglado con tablas atravesadas como asientos y que iba por el potrero.
A mí lo que me llamaba la atención es que una vez que el camión cruzaba un río, le abrían la tapa de adelante, le echaban agua y para arrancarlo le daban vueltas con una cigüeña por delante. Fue un largo viaje, por entre potreros; por fin llegamos a Cañas. Allí estaban mi papá y mi hermano Jorge esperándonos. Después de los afectuosos saludos y presentaciones, nos llevaron a almorzar donde Chanito. No puedo olvidar los tamales, hechos de plátano verde, porque eran negros y yo creí que estaban mal hechos.
Seguía la parte más emocionante y dura del viaje: cuatro horas a caballo por entre la montaña y los pastizales. Para el ducho eran tres, pero para nosotros se alargaron, porque no éramos jinetes y porque además nos perdimos.
Aracelly y Cary se adelantaron y cogieron otro trillo y fuimos a dar donde un chino que tenía un arrozal. Aún me parece ver aquellas hojas tan altas que llegaban a la altura del caballo y que yo creía eran zacate. El chino nos orientó y logramos coger de nuevo el camino. Llegamos donde mamá por la tarde, bien cansados, y contando todas las aventuras que nos habían sucedido en el viaje. La menos cansada era yo, porque iba montada en una almohada y me llevaba mi tío Nán por delante en su caballo.

 
Mi kindergarten

En el año 1932, la niña Emma Gamboa, como una nueva práctica de la Escuela Normal, estableció un kindergarten con todas las prácticas de la nueva educación. Estaba en un aula al norte del edificio de la Normal. La edad para entrar eran cinco años. Resulta que en febrero del 33, yo los había cumplido, así es que fui una de los niños favorecidos.

Yo, acostumbrada a vivir en mi casa, entré a otro mundo maravilloso. Era un enorme espacio donde había un piano, hamacas para montarse, una enorme mesa de arena para jugar, mesas y sillas pequeñas donde los niños nos sentábamos en grupos, y lo más lindo: dos maestras jóvenes que nos enseñaban con mucho cariño, a unos veinte niños que nunca nos habíamos visto, a convivir, y a disfrutar de la compañía infantil. Allí aprendimos a recitar, a cantar, a bailar, y a escuchar cuentos.
La niña Aura Rodríguez era la maestra de música, la que tocaba piano. Las otras dos maestras trabajaban juntas e iban sacando nuestras habilidades escondidas.
Recuerdo que aprendimos a bailar un minuete y nos enseñaron poesías de Gabriela Mistral. Ese año vino Gabriela a Costa Rica y, por supuesto, visitaría la Escuela Normal. Las maestras prepararon las rondas de la poeta con un grupo de niñas. Nos vistieron con unas túnicas griegas elaboradas en georget rosado que anudaron a nuestro cuerpo con una cinta de terciopelo azul. En nuestra cabeza anudaron unas coronas hechas con una flor rosada y en los pies llevábamos unas sandalias de tela azul, bordadas con lentejuelas azules. En el acto, que fue en la noche, recitamos las rondas con la coreografía que las maestras nos enseñaron. Yo estoy segura de que fue algo muy bello, y que debe haber encantado a la Mistral. No creo que haya un retrato de esto; solo el que yo guardo en mi mente.
No sé quién hizo aquel atuendo tan bonito, solo evoco  una noche, a la niña Emma, que llegó a la casa para probarme el vestido y las sandalias.
No recuerdo a todos los niños. En mi mente están: María Eugenia Dengo, quien siempre me saluda o me presenta como mi compañera de kínder; Dora Garita y Florita Salas. De los varones León Montoya, Guillermo Ulloa, Elmer Arias: un blanco, rubio, gordito, a quien los compañeros le decían Michelín Bombero, porque se parecía a un anuncio de llantas.
Pocos recuerdos tengo del kínder. Solo que para mí fue una época muy linda. Con mis cinco años, yo viajaba sola desde mi casa, por la estación del tren, hasta la parte norte de la Escuela Normal. Supongo que como yo, los otros niños también se iniciaron a caminar solos, por esa Heredia tan tranquila.


La escuela Rafael Moya

En 1934, llegué a la escuela primaria a la edad de seis años. La escuela era una enorme casa de adobe. Todas las aulas estaban alrededor de un corredor que rodeaba un enorme patio que en alguna época fue jardín. A mí me tocó un patio cementado, que servía para que las niñas jugaran. Había siete aulas: tres del lado norte, la dirección y una esquinera; del lado este había cuatro aulas; al lado sur un gran salón con un escenario; del lado oeste, el aula de costura, la cocina y los servicios sanitarios.

La escuela era una casa acogedora, como todas las viejas casas de adobe. Hace la casualidad que era la misma escuela donde había estado mi mamá, no sé si con el mismo nombre, pero sí el mismo edificio. Estaba 100 metros al oeste del parque central.
Mi primera aula fue en la esquina, porque allí estaba el primer grado. La maestra era la niña Zulema Alvarado. Una mujer delgada, para mí entrada en años. Decían que era muy brava. Algunas veces la vi enojada, pero conmigo fue muy buena. Los dos primeros grados los cursé con la niña Zulema, en tercer grado nos pasaron con la niña Herminia Bonilla, quien fue nuestra maestra hasta sexto grado.
Frente al aula de nosotros, en un horcón de la esquina estaba colgada la campana que llamaba a clase. Una gran campana de hierro que con su sabroso tan, nos llamaba a trabajar o a descansar. ¡Cómo me agradaba aquella campana! ¡Tenía un no sé qué de encanto! Era un premio que la portera le permitiera a una tocarla para llamar a clases.
A las siete en punto, Victoria Varela, la portera de la escuela, tocaba la campana y todas las niñas corríamos a hacer fila en el patio. Las alumnas se organizaban por filas y por grados. Luego, la niña Armenia Alvarado, directora de la escuela, se paraba en el corredor y daba algunas palabras de saludo o un mensaje especial referente a la fecha que se celebrara. Se cantaba alguna canción o se hacía una oración y luego se pasaba a las aulas para entrar en la rutina de estudio. Otras veces alguna maestra dirigía unos ejercicios físicos, o ponían sobre una mesa la vitrola con un disco de ejercicios. Para mí era sorprendente oír a aquel hombre diciendo: Aspire. Expire. Y no recuerdo qué más términos decía, pues posiblemente los discos eran en inglés. Recuerdo que cantábamos: Señor es tu grandeza. Terminada la ceremonia, cada grado acompañado de su maestra, en ordenada fila y en silencio pasaba al aula. La labor del día ya dentro del aula, siempre se iniciaba con una oración.
La niña Herminia fue como una mamá para nosotros. Recuerdo que cuando terminaban las clases, ella se quedaba en el aula preparando sus lecciones y allí estábamos nosotras, supuestamente ayudando, yo digo más bien que molestando; no teníamos prisa de irnos.
Teníamos lecciones por la tarde. Una mañana ella nos decía: por la tarde cada una trae una verdura porque vamos a hacer una merienda. Cuando volvíamos a la escuela, la cocina de leña estaba encendida y con una olla con agua, en espera de las verduras que eran preparadas para cocinarse con sal y algún condimento. Después de las lecciones, volvíamos a la cocina y cada una, en el plato que había traído, se comía sus trocitos de verdura.
Algún otro día el encargo era traer maní y ella llevaba traía una tapa de dulce. Ponía el dulce a derretir mientras nosotras pelábamos el maní y cuando el dulce estaba a punto, mojaba bien la mesa de madera, regaba encima la miel y nosotros regábamos el maní encima. ¡Esa tarde comíamos turrón!
Cuando estábamos estudiando los indios nos dijo:
— Van a conseguir una tapa de las cajas de tiza—. Era una tabla pequeña y delgada. Nos puso a cortar la tabla con rejitas y entre cada rejita, en el centro, un huequito. No entiendo como logramos armar un pequeño telar en el que aprendimos a tejer como tejían las indias.
Algunas excursiones las hicimos a pie, otras en camión. A pie fuimos al Barreal de Heredia, a conocer un tajo donde sacaban piedra y sobre todo, para que conociéramos a la familia que vivía ahí.
En camión nos llevó a conocer la Cervecería Traube, localizada en San José, a orillas del río Torres, donde vimos todo el proceso de elaboración de la cerveza. Fuimos a conocer las aguas carbonatadas que brotaban en Santa Ana y también visitamos la Casa Curling, una de las panaderías más prósperas de San José, donde nos enseñaron como hacían y decoraban repostería y queques, la elaboración de helados, hielo, y hasta tenían servicio de cafetería y comida.
Teníamos lecciones especiales de dibujo, costura, trabajos manuales, cocina, música y educación física.

Dibujo
La maestra de dibujo era la niña Angélica Argüello. Una maestra amigable que dibujaba muy bien, y para darnos la lección hacía en la pizarra un dibujo, ilustrando algún motivo de la materia que estábamos tratando con la maestra ordinaria y que servía para ilustrar el “Cuaderno de Vida”. Yo sentía una cierta frustración al ver tan bonito el dibujo de la pizarra y el mío no tan bonito. Pero me sentía feliz en la clase de dibujo.

Costura
La maestra era la niña Cary Pacheco. Una mujer alegre, con un estilo como de maja española. Muy brava, decíamos sus alumnas. Ahora entiendo que era muy exigente. No soportaba nada mal hecho, por lo que nos hacía soltar la costura hasta que quedara bien. Hoy día tengo que darle las gracias, primero porque nunca fue grosera conmigo y segundo porque me enseñó a hacer las cosas bien hechas. La Niña Cary era muy rigurosa y deseaba hacer de nosotras muy buenas costureras. Nos enseñó todas las puntadas que elaborábamos en un muestrario que terminamos en sexto grado. Además de eso aprendimos a hacer nuestras prendas de ropa y en sexto lo referente al vestido del bebé. Todo con sus respectivos patrones, en pequeño y en la talla normal.
Ella me demandaba lo mismo que en mi casa: puntadas pequeñitas, con una aguja pequeña, de sastre, le llamaba ella. El hilo en la aguja no podía ser muy largo y los nudos y el remate, apenas se encontraban por el revés de la costura. ¡Cuántas cosas aprendí con ella! En primer grado hicimos la servilleta: aprendimos a sacar hebras de la tela y las primeras puntadas, había que saberlas de memoria: hilvancito, hilván, medio pespunte, pespunte y cordoncillo. Cada puntada muy bien hecha, contando los hilos para que quedaran iguales. En segundo grado hicimos el paño. Me olvidaba decir que todo se trabajaba en manta. Aquí aprendimos otras puntadas: espino, ojal, surgete y surfilado. En tercer grado se empezaba el muestrario, un pequeño libro en tela donde se hacía todo lo que se necesita saber en costura, desde puntadas hasta pegar botones, hacer ojales y ciertos puntos de bordado, como ojetes, punto cruz, relleno y otros.
En los siguientes grados nos iniciamos con las prendas de vestir: el calzón, la combinación, la pijama y la bata de entre casa. En sexto grado todo el jueguito de bebé. Cada pieza con su patrón, primero elaborado en el cuaderno de dibujo con escala y luego hecho en papel periódico en el tamaño verdadero. Todo cosido a mano, con sobre costura. Aprendíamos mucho y era una preparación para la vida, porque la muchacha que había hecho las cosas con cuidado, podía continuar haciéndolas.
Que yo me atreviera a coser luego, se debió a lo que aprendí en la escuela y más tarde en el colegio.

Trabajos manuales
La maestra era la niña Marta Solís, una mujer alta, delgada que usaba unos zapatos con tacón muy alto, a mí me sorprendía ver cómo tenía el empeine del pie quebrado. Me daba idea de una larga candela puesta en un candelero alto. Nos enseñaba a elaborar juguetes de tela que debíamos cortar, coser, rellenar con balsa y luego decorar. Recuerdo que hacíamos animales de tela y tejíamos. Tengo grabado en mente, ya en sexto grado, que estábamos recibiendo lección en el salón de actos y se vino un estruendoso rayo en seco. Todas tiramos lo que teníamos en la mano y salimos corriendo a abrazarnos a la niña Marta.

Cocina
La maestra era la niña Judith Pérez. Nos daba las lecciones en la cocina: un aposento amplio, donde estaba la negra cocina de hierro, colocada al lado sur. Pegada a la pared del oeste, una enorme pila color rojo, del lado este una ventana y frente a ella una enorme mesa de trabajo.
Primero nos daba la receta que debíamos copiar en el Cuaderno de cocina con muy buena letra y alguna ilustración alusiva a la receta que hacíamos en la casa. Luego nos poníamos el uniforme de cocina: delantal y gorra blancos y comenzaba el trabajo. Siempre había alguien que llevaba el material de la receta que se había copiado en la lección anterior, a esa le tocaba cocinar y otras niñas le ayudaban, las otras debíamos trabajar en el orden de la cocina.   
Aprendimos a hacer comidas sencillas, de las que se usaban en las comidas de aquel tiempo. Ya en sexto grado me acuerdo de un queque de mármol, en el que la pasta se partía en dos y a una parte se le ponía cacao. Luego la pasta se ponía en un molde, alternando cucharadas de pasta con y sin cacao y otra sin cacao.

Música
El aula de música estaba en el salón de actos. En una esquina, cerca del escenario estaba el piano, montado en una tarima de madera. Bien cubierto con una camisa de manta blanca con botones al centro para poder abrirla. Al frente el banco del piano. Frente a la tarima en el cemento cuatro largas bancas de madera, con respaldo, que era donde nos sentábamos las alumnas.
Me parece ver, de pie junto al piano y muy elegante, a la niña Susana González, la maestra de música. Ella cuidaba aquel piano como a un niño. Lo que más me llamaba la atención eran sus uñas pintadas estilo francés, muy rosadas y con el saliente muy blanco.
En los primeros grados aprendimos canciones sencillas como Tengo una muñeca vestida de azul, El tren, Las mariposas. En los grados intermedios El lecherillo, las patrióticas, los himnos y en los grados superiores las románticas como: Hacia el parque y Oh sole mio.
Había fiestas muy bonitas, como la del Día de la Madre. Por cierto, nos tocó la primera celebración. Yo estaba en primero o segundo. Hicimos unas canastas de papel que llenamos de confites como regalo para la madre. Eso se entregaría el 15 de agosto en la asamblea que se dedicó a las madres.
Al final desfilamos, cada una con su canasta, a entregarla a su mamá. Por supuesto, más de un confite fue degustado por el niño antes de hacer la entrega.
La fiesta de graduación era a fin de año. A esta ceremonia asistía el señor Inspector de Escuelas, don Remberto Briceño, porque se entregaban los certificados de conclusión de estudios. Los padres llegaban muy elegantes y nosotras con el uniforme bien puesto. La asamblea culminaba con “Adiós a la Escuela”, una poesía que nos sacaba las lágrimas a quienes dejábamos las aulas porque nos mostraba los rincones de aquel recinto donde habíamos vivido seis felices años.
Sin darnos cuenta crecíamos, física, intelectual y emocionalmente. Las maestras con cariño y lentamente nos iban preparando para la vida.


Nuestro barrio

Vivíamos en el barrio de la estación del tren. A las ocho de la mañana se dejaba oír el silbido del tren que venía de Alajuela y recogía la gente que iba para San José. Por la tarde, a las cinco, sonaba el pito de la locomotora. Yo corría a sentarme en la grada o montada en la baranda de cemento, miraba la gente que venía de San José o de Limón. Siempre sentí la misma ilusión al mirar la negra máquina que llegaba, echando fuego por debajo y el agua que en algunas ocasiones botaba. Al rato sonaba la campanilla avisando la partida del tren.

En la oficina del tren, siempre estaban los mismos personajes: Don Lorenzo Bejarano, administrador de la Estación, un señor muy serio y atento, de pelo blanco; y don Tulio Ramírez, su segundo. Don Tulio era un hombre alegre, con una fresca voz, a quien encantaba silbar y lo hacía muy a menudo.
Un instrumento muy importante de aquella oficina, para nosotros, y creo que para todos los que vivíamos cerca, era el reloj. Era un reloj de péndulo con números romanos que siempre tenía la hora exacta por la llegada de los trenes. Este era el reloj que se consultaba para ver si el reloj de la casa estaba bien. Frecuentemente me decían: —Vaya a la estación a ver qué hora es—. ¡Y había que ir y volver corriendo para no perder ni un minuto!
La estación del tren, con sus amplias aceras tan sabrosas para patinar y para otros juegos, era el paraíso de los niños del barrio. Ahí jugábamos, con prudencia, porque don Lorenzo y doña Chepita eran muy serios y había que andar con cuidado.
Al lado del edificio de la estación había un espacio que algún momento pareciera fue un pequeño parque, porque todavía quedaban uno que otro pollito. Al lado norte se encontraba lo que nosotros llamábamos la plazoleta: un espacio cubierto de zacate que hizo la delicia de los niños porque ahí jugábamos quedó, can, escondido, ambo, San Selerín, cuartel inglés, arroz con leche, doña Ana, y se me escapan muchos otros juegos.
En la esquina sur estaba la pulpería de Bolívar Chaverri, adonde había que ir a cada rato, porque como el dinero era escaso, las cosas se compraban por poquitos, y había que reponerlas apenas se terminaban.
—Vaya a traer una libra de azúcar—. Al rato, un diez de queso, o un cinco de sal...
El constante ir y venir a la pulpería tenía su gracia para los niños, pues por cada compra daban “feria”: un confite o tres granitos de maní.


La hostería de Juan Cacho

Se debió llamar la hostería de Juan Rivera. Al pobre señor le acomodaron el mote de “cacho” y solo así se le conocía. Su esposa, doña Cayetana, le decía a todo el mundo que él se llamaba Juan Rivera, pero nadie lo nombraba así.

La hostería era lo más típico en Heredia: una pequeña y sencilla sala de piso de ladrillo rojo, con unas dos mesas con sillas, donde se podía sentar la gente a comer. Una enorme puerta daba a una humilde cocina de piso de tierra donde estaba instalada la negra cocina de hierro, con su rojo vientre lleno de brasas y sobre ella las negras cazuelas de hierro que guardaban los frijoles molidos, las tajadas de lengua en salsa, el lomo y las deliciosas papas fritas todas color de oro y crujientes que se deshacían en la boca.
Al frente de esa dulce colmena de deliciosos sabores, revoloteaba la “Tía Carmen”, la reina de la cocina. Era una mujer morena, con su moño bien atado en la cabeza y su delantal de cuadros, con una tranquilidad franciscana, con la que iba atendiendo a todo el mundo. En el moledero de al lado, su ayudante, una muchacha más joven picaba repollo muy fino y tomate para adornar los gallos.
Por allí de las nueve o diez de la noche, la gente bajaba a la hostería para comerse un “gallito” o llevarlos para comer en la casa. Gallos de frijoles coronados con papas acabadas de tostar; gallos de lengua o de lomo, y no recuerdo qué otras delicias se podían comprar donde Juan Chacho. Todo  era sencillo, pero hecho con amor, que ese era el mejor condimento que se le ponía.
La Hostería era también lugar de reunión de políticos que venían de San José, quizás para iniciar una gira política en Heredia. También a veces se oía sonar un “pito de policía”. ¡Había “bochinche” en la Hostería! Se oían pasar los policías y rápidamente todo quedaba en calma.
¡Dulces tiempos esos que se fueron! Heredia tranquila, casi sin luz, porque lo que había en cada esquina era un bombillo que apenas si alumbraba a las 25 varas, pero aunque no hubiera luz, había tranquilidad y seguridad.


Cuando Heredia era pequeña

Cuando yo crecía, Heredia era una ciudad de 15 calles y 14 avenidas. Aún me parece ver, en una de las paredes de la Dirección de la Escuela Rafael Moya, el plano de la ciudad en papel azul, con las calles pintadas en líneas blancas. ¡No sé por qué me atraía tanto este documento!

Al norte, la ciudad nacía en la avenida que pasa sobre la Escuela Cleto González Víquez y hacia el sur, bajaba hasta la avenida que sigue a la de la línea del ferrocarril. De allí para abajo seguía lo que llamábamos el “Zanjón de Pérez” y los potreros de “los Güilos”.
Por el este, la ciudad se iniciaba en la calle donde hoy en día se encuentra la Universidad Nacional. El límite sur era el patio de beneficio de café de don Carlos Salazar y en la parte norte el “Potrero de Loco”. Hacia el oeste Heredia se extendía hasta la calle que pasa frente al Palacio de los Deportes.
Donde está la actual escuela Moya se ubicaban la plaza de ganado y la de cerdos. Aquí, todos los martes había venta de esos animales. Detrás de esas plazas pasaba la “Calle de los Muertos”, cuyo nombre se debía a que en 1856 se hizo en ella un enorme zanjón, donde fueron enterrados todos los muertos de la peste del cólera. A esa calle la seguían los cafetales de don Juan Lobo.
Todos los potreros y cafetales que rodeaban la ciudad eran lugar de esparcimiento para los muchachos, que después de la escuela iban a jugar en ellos, a subirse en los árboles y a comer jocotes, guayabas, naranjas, guineos, manzanas de agua y ¡qué sé yo cuantas frutas más!
Dentro del cuadrante, como en un pequeño pueblo, todos nos conocíamos y sabíamos dónde vivía cada familia. A algunas las reconocíamos por sus sobrenombres que muchas veces nos servían para dar unas señas; por ejemplo, “de donde los Tachuelas, la casa que sigue”. O simplemente: “Por donde viven los Tapas...”.
Todas las calles eran de “macadam”. Y las aceras construidas con bloques de piedra maciza que daban seguridad al caminar. Entre la acera y la calle había un hondo desagüe cementado, por donde corría toda el agua de la lluvia y por el que bajaban también los niños resbalando sobre la baba que se les hacía con el correr del agua.
Solo la avenida que pasaba al norte del mercado era pavimentada. Se iniciaba en Alajuela, pasaba por Heredia y llegaba a San José. Yo la vi construirse y hasta rebusqué en los enormes montones de arena que traían de Puntarenas, conchas y caracoles.
Varias acequias cruzaban la ciudad pasando por los patios de las casas. Eran el recuerdo de la distribución del agua cuando no había cañería. Por mi casa pasaba una y yo, con mi fantasía de niña la transformaba en un hermoso río donde llevaba a pasear las muñecas. Lanzando hojas, les contaba que así podrían ir a conocer países lejanos o simplemente las ponía a mirar el correr del agua cristalina sobre piedras, pedazos de rojo ladrillo y vidrios de colores que llenaban de colorido mi pequeño río.
¡Era una ciudad apacible y tranquila, donde la imaginación nos hizo ver, en lo simple, un mundo de dulzura y colores!


Mi segundo viaje a Guanacaste

Tenía yo nueve años cuando regresé a Guanacaste. Esta vez en compañía de mi tío Carlos Brenes, su esposa Dora Lobo y la abuelita Rafaela.

El trayecto fue el mismo que en mi primer viaje. No había sucedido ninguna mejora; Costa Rica caminaba despacio. Yo creo que la abuela nunca había montado a caballo, además, tenía más de sesenta años. Mamá le mandó una enagua de montar y ella muy guapa se acicaló y como toda una amazona se montó en el caballo. Resulta que al rato de andar se le durmieron las piernas y cuando la vimos fue en el suelo. Dos veces le pasó la misma aventura y entonces mi hermano Miguel Ángel le dijo: —No mamá Rafaela, móntese por delante en mi bestia y yo la voy a llevar—. Así siguió el viaje sin acontecimientos peligrosos.
Me olvidé de anotar que de Cañas salimos muy avanzada la tarde, así que nos cogió la noche camino a Tierras Morenas. La tía Dora ya iba muy cansada y en eso vio un rancho frente al camino dijo: —Yo me quedo a dormir en ese rancho. Estoy muy cansada, no puedo seguir—.
El famoso rancho era la casita de entrada al cementerio del pueblo. Jorge no hallaba cómo decirle que estaban frente al cementerio, pero como insistiera en quedarse le dijo: —Dora, ya vamos a llegar donde mamá. Aquí es el cementerio del pueblo—. Entonces Dora sí arrió el caballo.
Con la dura experiencia de este viaje para la abuela, papá al regreso decidió que abuela, Dora y yo viajáramos en carreta. La carreta iba acondicionada con un suave colchón y cubierta con un toldo para que no nos asoleáramos. El viaje fue mucho más lento, pero más descansado.


Mi tercer viaje a Guanacaste

He descrito estos tres viajes, porque cada uno tuvo para mí un atractivo especial. Tenía yo trece años y en este viaje me fui con Antonio y Flory Gutiérrez que iban para su finca “Quebrada Azul” en Tilarán. Ya estaban haciendo la carretera para Guanacaste. En esos días era apenas una trocha. Se tomaba el bus en Puntarenas y se viajaba por un ardiente y polvoriento camino hasta llegar a Cañas. No recuerdo cuantas horas tardamos, pero cuando nos bajamos del bus, estábamos cubiertos de tierra.

En Cañas me esperaba papá con el caballo y ya el resto del viaje lo conocen. Para mí fue muy emocionante volver a ver a todos los hermanos juntos y disfrutar del cariño de todos; disfrutar de la vida en una finca, de las garúas frecuentes y del trapiche.
Atesoro en mi mente las tertulias nocturnas a la luz de la lámpara. ¡Ese era el encanto del viaje! Recuerdo que Jorge me llevó a conocer la Laguna de Coter y la del Arenal. Un viaje mágico, a caballo por entre montaña, disfrutando de la belleza y frescura de las plantas. La laguna del Arenal estaba cubierta de plantas como de arroz. Decía mi hermano que era un “tacotal”. Yo no podía creer que la laguna del Arenal guardara tanta agua.
Para el viaje de vuelta al Valle Central, mi papá decidió que volviera en avión. El avión, en esa época era como el actual bus de la periférica. Pasaba por todos los lugares en donde hubiera como aterrizar para recoger pasajeros. Salimos como a la ocho de la mañana de Cañas.
El primer aterrizaje lo hizo en Liberia y al hacerlo una rueda falló y debíamos esperar que trajeran el repuesto de San José. Como tardarían unas horas, los pasajeros decidieron irse para Liberia. Había llegado una huelga de veraneantes a dejar una muchacha que iba para San José. Todos a caballo. El señor que venía con ellos, al ver que solo yo quedaba, se acercó y me dijo: —Chiquita: ¿usted anda sola? Véngase con nosotros—. Me montó en un caballo y yo partí con ellos. Era una familia. Me llevaron a la finca donde almorcé. Por el afable carácter de los guanacastecos, hice amigas y a las tres de la tarde volvimos al aeropuerto para tomar de nuevo el avión.
Héctor Zúñiga fue el actor de aquella dulce caridad que para mí fue el más dulce regalo. ¡Cómo me hubiera alegrado saber, en aquel entonces, que ese señor era el autor de “Amor de Temporada”, la canción que tanto me gustaba! Mientras tanto, mis tíos, en el aeropuerto de la Sabana hacían hueco, pensando qué había pasado conmigo.
Este viaje fue diferente a los anteriores. Me parece que se perdió la gracia de los viajes anteriores, porque el viaje por el golfo le daba al trayecto un encanto inolvidable.


En el colegio

Entré a la Escuela Normal de Costa Rica en el año 1941. Me tocó estar con el grupo de los muchachos que venían de San Pablo y Santo Domingo de Heredia. Todos éramos chiquillos humildes y sencillos deseosos de estudiar. Los de Santo Domingo eran los únicos que llegaban en vehículo: una camioneta pequeña que los llegaba a dejar y los recogía a la salida del colegio. La manejaba un señor al que los muchachos llamaban Chonco.

Nuestros profesores en ese año fueron don Hernán Zamora Elizondo en castellano; don Rafael Cortés en ciencias; Don Uladislao (Lalo) Gámez en geografía e historia; don Miguel Romano en inglés; don Juan Félix Martínez en matemáticas; la niña Pura Villalón en música; la niña Angélica Gamboa en trabajos manuales; la niña Ma. Julia González en costura y doña Chola Molina en cocina.
Este año comencé a conocer lo que era el colegio y el convivir con varones. De ese año, he aquí algunas anécdotas.
Para la clase de ciencias don Rafael nos pidió llevar huevos de rana porque íbamos a estudiar la rana. Todos nos fuimos a buscar charcos y criaderos de rana y llegamos con vasos con huevos. Marcial Hernández no se molestó tanto y llevó un vaso, según nosotros, con huevos. Cuando llegó don Rafael y revisó la tarea, a Marcial le dijo como una orden:
— ¡Tómeselos!—. ¡Todos nos asustamos! Marcial había llevado semillas de chan en agua.
¡Qué falta de castellano! dice don Hernán. Está bien, siéntese. Y me puso la nota. En castellano don Hernán nos puso a hacer una redacción de los dedos. Las mejores notas fueron las de Memo Villalobos con un 1 y la mía con 1,25. Para mí esa nota puesta por don Hernán Zamora fue un aliciente que me hizo confiar en mi redacción. La escala de calificación iba del 1 al 5, 1 la mejor, 5 la más mala.
Llegó la primera fiesta del colegio, la Reina de las Flores. Todos los grupos elegíamos una muchacha y entre ellas se elegía a la Reina que era coronada en una actividad muy especial: un baile. Don Lalo Gámez usó su lección para enseñarnos cómo se asistía a un baile. Nos dijo que debíamos venir bañados y muy limpios, bien vestidos y cuidadosamente arreglados. Era un evento al que todos asistíamos por primera vez. Evoco que yo me paré en la baranda del corredor y solo vi bailar. ¡Yo nunca había bailado!
También para la Fiesta de las Flores se nos ocurrió hacer una rosa con pétalos de papel, la cual pegamos con goma en la pizarra. Al día siguiente, el primer profesor que llegó dijo:
—No puedo dar lección. ¡Limpien esa pizarra!—.
Todavía éramos niños, pero fuimos felices en aquel primer año y nos hicimos muy buenos amigos.
Varios compañeros se retiraron y en segundo éramos menos por ellos solo había tres grupos. Nos cambiaron algunos profesores. La niña Victoria Garrón nos dio castellano. Se estaba iniciando como profesora y trabajó muy bonito con nosotros. Estudiando el verso, nos dejó de tarea hacer uno.
Recuerdo que Memo Ulloa llevó una parodia de un verso que habíamos leído:
Pedís Lilliam un helecho
Ya lo traigo, ya el primer sieno
En el tiesto he puesto…. (y allí seguía)
Estaba muy bueno. Yo creí que lo había hecho Memo Villalobos que tenía vena de poeta y era mi amigo.
Don Jorge Kusakis nos daba inglés y le encantaba ser el terror de los alumnos. Creo que le gustaban las muchachas bonitas y hasta coqueteaba con ellas. A la hora del examen se mostraba intimidante, pero iba sacando de la prueba a los mejores estudiantes. Yo siempre esperaba que me sacara, pero eran unos terribles minutos de angustia los que precedían a la llamada.
En tercer año nos tocó ocupar un aula en “la casa vieja”. Era una casa aledaña al colegio que habían comprado para anexarla a la construcción. Allí nos sentábamos en viejos pupitres de dos personas. Delante de mí se sentaban Luis Antonio Murillo y Alcides Jiménez. Me parece estar viendo la mano de Alcides metiéndose en la bolsa del saco de Toño para robarle una de las roscas dulces que la mamá de Luis había puesto en su bolsa.
En cuarto año volvimos al edificio de la Normal. Ya éramos más amigos. Teníamos nuevos profesores porque recibíamos nuevas materias. Don Alfredo Vargas nos daba cívica; Don Fernando Vargas, historia; don Omar Gutiérrez, biología y Georgina Ibarra, psicología.
Ya los muchachos comenzaban a mostrar su picardía. Por ejemplo, a la niña Georgina no le gustaba el olor de los nances, entonces León Montoya se encargaba de comprar nances y nos ponía un puñito en el pupitre en la lección de psicología. Olman Cordero tenía un perro al cual espulgaban y ponían las pulgas en un frasco, el cual vaciaban en el lugar en que se paraba don Omar en la lección de biología, dado que siempre ocupaba el mismo sitio.
La amistad nos había hecho ser más comunicativos y éramos muy bulliciosos. Más de una vez nos castigaron, poniéndole a todo el grupo notas muy bajas en conducta. Lo hicieron general porque la amistad nos había hecho solidarios y nos convertíamos en “Fuente Ovejuna”.
Llegó quinto año. Éramos gente más seria, cada quien eligiendo su proyecto de vida,  enrumbábamos hacia el Bachillerato en ciencias y letras. Había que escoger las materias en que nos presentaríamos. Yo escogí: francés, biología e historia de América. Matemáticas y castellano eran materias fijas. Nos entregaban veinticinco tesis para cada materia. El estudio era más fuerte. Había que ganar el quinto año para luego presentar el Bachillerato.
Comenzaron los centros, algo que yo disfruté mucho. Por la noche había centro de matemáticas y cosmografía. Yo iba cosmografía aunque no pensaba presentar en esa materia, porque me gustaba la ciencia y además como era de noche don Lalo Gámez nos ponía a ver las estrellas y a reconocerlas. En matemáticas revisamos todas las tesis. Se aprendía y además era un motivo para salir de noche.
Ese año se enfermó mi papá: le dio un derrame cerebral. Seguro por la preocupación yo, que trabajaba bien en matemáticas, en el primer bimestre obtuve un 4. Ya la calificación iba del 1 al 10. Don Juan Félix me dijo: —Miriam. No le voy a manchar la nota, le presto 3 puntos, le voy a poner el 7—.
Pasan los días, mi papá seguía enfermo. Llega el segundo bimestre y obtengo un 5 en matemáticas. Me vuelve a llamar don Juan y me dijo: —Ahora le presto 2, de nuevo pongo el 7. Eso sí en vacaciones se va a descansar. No estudie—.
En el tercer bimestre gané el 10. Fui donde don Juan y le dije:
—Páguese lo que le debo, don Juan—. ¡Me apareció 10 en la nota!
Siempre he guardado un especial cariño por ese profesor que fue tan cuidadoso en la enseñanza de las matemáticas y que sin decir muchas palabras, conocía tan bien a sus alumnos. Sin querer lo comparo con don Guillermo Azofeifa, profesor de química, de quien obtuve un 7 en el primer examen y quien me dijo: —Para otra persona esto es un 7, pero para usted es un 4—. Así es que tuve que fajarme para hacer el segundo examen y borrar el 4. Cada quien tenía su forma de llamar la atención.
Llegó el 20 de octubre de 1945, ese día terminaba nuestra labor en la Escuela Normal. Fue un día de jolgorio y alegría. Todos habíamos ganado el año. Teníamos un mes para estudiar, los exámenes serían en noviembre.
Por la noche hicimos una fiesta de despedida en la casa de Aída Cordero. La cuota fue un colón por cabeza. El menú un tamal y un refresco. Los muchachos llevaron licor y recuerdo que Memo Ulloa se pasó de tragos. Bailamos y pasamos muy contentos. Al despedirnos, prometimos que todos los años nos reuniríamos el 20 de octubre.

Acto de graduación
La ceremonia de graduación fue en acto muy solemne. Todos asistimos muy bien vestidos con los pobres uniformes que nos habían acompañado por años y que para aquel día recibieron el mejor tratamiento para que aparecieran bonitos.
En salón de actos todos los familiares y en el estrado todos los profesores y el señor director don Marco Tulio Salazar. La entrada del estandarte, El canto del Himno Nacional, las palabras de don Marco Tulio, saludando, y haciéndonos ver al futuro que nos enfrentábamos. Hubo otros oradores y actos que no recuerdo, para culminar con la entrega de títulos. Cada uno tuvo que subir al estrado por su título y luego vino el juramento. Aquellas palabras dichas con tanta solemnidad por don Marco Tulio:
— ¿Juráis a Dios y la patria servir con rectitud y honradez?—. A lo que nosotros con la mano derecha levantada contestamos a una sola voz:
— ¡Sí Juramos!—. Y luego vino la sentencia:
— ¡Si no que Dios y la patria os lo demanden!—.
Ese juramento quedó en mi corazón, muy adentro, unido al canto del Himno de la Escuela Normal, cantado con todo el corazón dentro de aquel salón de actos que nos había acogido tantas veces y al que teníamos un cierto respeto como de templo.

Las fiestas de la Escuela Normal

Las fiestas grandes eran cinco: la de las Flores en mayo, la del estudiante, la del maíz, la de graduados y la de la reina de simpatía.
La de las flores, cuando caían las primeras lluvias. Cada grupo en su aula nombraba una candidata para el reinado. Entre ellas se elegía a “La Reina de las Flores”. Esta fiesta se celebraba en la tarde y durante una asamblea se coronaba a la reina, quien iba con su uniforme, como todos los alumnos, solo que el de ella iba cuidadosamente adornado de flores y su cabeza era adornaba con una corona de flores. A continuación seguía el baile. Había concurso de decorado de aulas y por supuesto se premiaba la mejor decorada.

Fiesta del estudiante
La fiesta se iniciaba con la elección de un alumno como Director de la Escuela. Semanas antes se presentaban los candidatos y luego venían las elecciones. Ya elegido el Director, cada profesor escogía uno de los mejores alumnos de su materia para encargarle las lecciones de ese día.
El día de la celebración, había que ver al nuevo Director vestido de traje entero y a todos los nuevos profesores y profesoras elegantemente vestidos. A las siete de la mañana, en el Salón de Actos se celebraba una asamblea solemne donde se presentaban los profesores de ese día y el Director hacía el saludo y apertura de la labor. Luego los alumnos salíamos para las aulas y el día transcurría como de costumbre.
Algo que recuerdo con alegría era la tranquilidad y el respeto con que transcurría el día. Los profesores muy bien preparados y los alumnos muy respetuosos con ellos. A las tres de la tardes era el baile, para finalizar el Día del Estudiante.

Fiesta del maiz

Su fecha coincidía con la recolección del maíz. La actividad casi que estaba en manos de la Colonia Guanacasteca. Hay que recordar que en esa época no había más que cinco colegios en el país y la mayor parte de los guanacastecos venían a estudiar a Heredia. Era una gran cantidad de muchachos, muy orgullosos de su tierra. En esta fiesta ellos mostraban sus costumbres y en la cocina se lucían presentando las comidas típicas. Una vez presentaron la organización cantonal de Guanacaste y recuerdo que a mí me tocó representar el cantón de Tilarán. La fiesta terminaba con baile por la tarde.

Fiesta de graduados

Para mí era la fiesta más bonita. Se celebraba en octubre y maestros de todos los rincones del país volvían, orgullosos y felices a su alma mater.
La preparación era grande. En la cocina nos reuníamos unas muchachas a elaborar los queques. En esa época no había batidoras eléctricas, así que la mantequilla con el azúcar debían ser cremadas a pura mano, con un movimiento constante y para el mismo lado, coma decía la niña Nina Gamboa, quien era la que nos dirigía. Otros grupos preparaban otros platillos. Todo debía estar listo para el día siguiente que era la llegada de los graduados.
¡Qué lindo era ver llegar aquella cantidad de gente, hombres y mujeres, muy bien vestidos y todos con una cara festiva!
La asamblea era para ellos. Nosotros solo éramos espectadores que disfrutábamos de la actividad. Por la noche había baile, un acto solemne que se realizaba en el salón de actos para lo cual quitaban las sillas.
Para este evento la niña Angélica Gamboa realizaba la exposición de trabajos manuales. Allí aparecían toda clase de tejidos y bordados que ella enseñaba a sus alumnas. Fue la profesora que me enseñó toda clase de tejido, hasta con mimbre y que me enamoró del arte de tejer.

El reinado de miss simpatía
Casi al terminar el año lectivo se llevaba a cabo la fiesta de simpatía. Elegían candidatas para que los alumnos escogiéramos. La elección se realizaba en todo el colegio.
La coronación se llevaba a cabo una noche en el salón de actos. Este era un acto más elegante, pues la reina iba de traje de largo y la acompañaba el príncipe consorte. El baile se realizaba en el Club Sport Herediano, porque se cobraba la entrada. Esta era actividad de los cuartos años y el dinero lo ocupaban en la fiesta de despedida de los quintos años.

Como me sentí en la escuela normal
Fue una época maravillosa, a pesar de que durante estos cinco años nos tocó vivir la Segunda Guerra Mundial y tuvimos mucha limitación económica. Eso no impidió que disfrutáramos de una amistad verdadera entre los compañeros y un cariño muy cordial con los profesores.
En esa época todavía disfrutamos de las enseñanzas de don Omar Dengo, porque muchos de los profesores habían sido sus alumnos. Don Lalo y don Rafael trataban de formarnos como ciudadanos y enfatizando el convivir correctamente en sociedad.
Doña Chola Molina, profesora de cocina, además de enseñarnos la elaboración de comidas, nos enseñó a cómo poner la mesa en un banquete y cómo atender a los comensales en el servicio. Con ella aprendimos a elaborar, además del cuidado de la vajilla, de aquella hermosa vajilla que era un tesoro de la Escuela Normal, tan completa como para servir un banquete y lujosamente decorada con su nombre… ¿Siempre pienso dónde estará ese tesoro?
La niña Angélica enseñando con todo cariño todo lo referente a los trabajos manuales de la mujer. Con ella aprendí toda clase de tejidos, porque mientras mis compañeras hacían enormes tejidos yo hacía trabajos pequeñitos que cubrían el bimestre para aprender algo nuevo en la otra lección.
Creo que La Escuela Normal de Costa Rica me preparó muy bien para continuar el camino por la vida.
¡Muchas gracias!

Los examenes de bachillerato
En octubre teníamos que firmar una hoja indicando las materias que habíamos escogido  para “Bachillerarse”. Recuerdo que don Lalo me dijo:
— ¿Cómo, Miriam usted firmó en biología, si ha asistido a todos los centros de cosmografía?—.
Yo le tenía miedo a cosmografía por aquellos enormes números de las distancias celestes.
Los exámenes de Bachillerato era cosa muy seria. El primero era el de redacción y ortografía en castellano. A ese asistíamos todos juntos porque nos daban temas para hacer una redacción y allí una escogía sobre lo que quería escribir.
Los otros exámenes eran con “jurado de cinco miembros”. Estaba el profesor de la materia, el Director de la Normal y los otros miembros eran nombrados por el Ministerio de Educación. El alumno entraba al recinto y le mostraban una bolsa donde había veinticinco bolas cada una con un número, se sacaba una bola y el número que aparecía  era la tesis que debía desarrollar.
La persona debía hablar lo que sabía de la tesis, luego los miembros del jurado le hacían preguntas al respecto. Cuando le daban por terminada la prueba, la persona salía para que el jurado calificara. Había cinco bolas negras y cinco blancas.
Según la persona hubiera expuesto se daba la calificación. Si era muy buena salía con cinco bolas blancas y de allí había variantes según los fallos. Si obtenía tres bolas blancas, ganaba el examen, pero con tres negras lo perdía.
Esa era una época de emoción porque todos estábamos pendiente de los resultados de los compañeros. Aunque teníamos que ir a estudiar para el próximo examen, no nos queríamos ir sin saber los resultados. ¡Todo eso nos unía más!


Bibliotecaria sin haberlo pensarlo

Corría el año 1948. Acababa de terminar la Guerra Civil en Costa Rica. El curso lectivo de 1947 se cortó por motivos de la revolución y por esa razón nos dieron el título de Profesores de Educación Primaria en el mes de marzo de 1948.

Durante el primer semestre trabajé como maestra en un segundo grado de la Escuela Braulio Morales, bajo la dirección de la niña Evangelina Gamboa. Era un grupo de niñas muy bonito con el que pude hacer una buena labor. En el segundo semestre me nombraron en la Escuela Joaquín Lizano para atender un tercer grado de varones. Era un grupo indisciplinado, en el que había varios limpiabotas, niños de difícil formación, que estaban dispuestos siempre a la pelea. Uno de ellos tenía un defecto en la nariz, por lo que le apodaron “Candelas”. Cuando yo oía decir candelas, si estaba escribiendo en la pizarra, debía volverme como una flecha, porque ya el apodado estaba aplicándole la ley a quien lo había llamado. Fue duro el trabajo ese semestre. Me di cuenta de que para ser maestro hay que tener una muy especial vocación para poder trabajar con cualquier grupo de niños. Cuando terminó el año yo decidí que no sería más maestra.
A principios del año 1949, la Niña Emma Gamboa fue nombrada Decana de la Facultad de Educación de la Universidad de Costa Rica que estaba todavía en Heredia y me llamó para que atendiera la Biblioteca de la Facultad. Yo no sabía nada de bibliotecas, pero ella me mandó a la Biblioteca Nacional de Costa Rica, en San José, para que don Alberto Bolaños Alfaro me orientara. Don Alberto había estudiado bibliotecología en Estados Unidos y atendía la biblioteca de la Universidad. Lo primero que me dijo fue “acomode los libros por materias”.
Resulta que ese mismo día apareció en el periódico la noticia de que se dictaría un curso de bibliotecología para estudiantes centroamericanos y que de Costa Rica habían sido enviadas cinco empleadas de la Biblioteca Nacional. Inmediatamente, la niña Emma se conectó con la Universidad y tres días después, todavía no entiendo cómo, estaba yo sentada en un avión rumbo a Panamá. Me parecía mentira, pero fue realidad.
Cuando el avión llegó al Aeropuerto de Tocúmen estaban las ticas esperándome, yo no las conocía. Muy atentas me recogieron y me llevaron a la Escuela Profesional que era donde estaban hospedadas las mujeres del curso.
Panamá estaba en plenos carnavales. Yo llegué sábado y el domingo era domingo de carnaval. No puedo olvidar aquel desfile interminable y el constante ruido de tambores y de fiesta. Algo no muy acorde con una provincianita de la pequeña Heredia, toda tranquila y apacible.
Entre las ticas llegó Nelly Kooper Dodero, quien trabajaba en la Biblioteca Nacional y a pesar de vivir en San José, era tan provinciana como yo.
Este fue un encuentro maravilloso, pues hicimos la yunta ideal. Creo que para ella y para mí esto fue el complemento de nuestro viaje y de nuestro estudio. Las demás compañeras ticas eran más fiesteras y nosotros estábamos en Panamá para aprender. Nos acoplamos muy bien con los otros centroamericanos, lo cual nos favoreció mucho en el estudio.
El curso se llevó a cabo en la Universidad de Panamá. Era un curso de verano que se realizaría en dos periodos. Los profesores del primer año fueron el Dr. Fermín Peraza y su señora esposa Elena Vélez de Peraza. Ellos nos comenzaron a introducir en lo que es una biblioteca, comenzando por los diferentes tipos de libros, su selección, ordenación, clasificación y catalogación. ¡Esto fue para mí como abrir una caja de Pandora, donde fueron saliendo todas las maravillas que yo podía encontrar y realizar en una biblioteca!
Algunas materias me resultaron difíciles, pero el entusiasmo me permitía superarlas. ¡Cómo me gustó oír hablar de las diferentes clases de enciclopedias, de los anuarios, de los almanaques, de las diferentes biblias, de los libros de consulta, de los libros de préstamo, de la atención al público! Me convencí de que la biblioteca era el mejor complemento para la educación. Y tengo que reconocer que los profesores supieron abrir muy bien mis ojos.
El grupo de estudiantes era muy variado. Un grupo muy grande de Guatemala con personas que ya trabajaban en bibliotecas. Albertina Gálvez, la de mayor edad, pero la más joven de espíritu; Jorge Juárez; Jorge Morales; el cantante Ismael; Miriam Morales; Raúl Solórzano. No recuerdo otros nombres, pero eran veinte en total. Los salvadoreños eran del ejército, dos jóvenes de los cuales no recuerdo sus nombres. De Honduras llegaron tres personas, Domingo Zerón, Arelí Pineda y Lidia Márquez.
Con ellos hice muy buenas migas, especialmente con Lidia. Era un curso de verano y la consigna al final fue volver al año siguiente para terminar los estudios.
Como yo estaba feliz con mis conocimientos, apenas llegué a la biblioteca comencé a trabajar, a acomodar los libros por materias y a elaborar tarjetas para el catálogo. No sabía yo que me faltaba la mitad del conocimiento. Cuando regresé el año siguiente a Panamá me di cuenta de los errores que había cometido, y… a corregir.
Al segundo curso faltaron muchos, no llegaron los nicaragüenses ni los hondureños, de Costa Rica solo yo asistí. Me hacía mucha falta Nelly. Éramos solo los panameños, los guatemaltecos y yo. Esto me hizo acoplarme al grupo de Guatemala y como consecuencia, surgió una amistad muy bonita.
De nuevo, el estudio era duro, pero también paseábamos mucho. El Dr. Eliseo Patiño, Director de la Biblioteca Nacional de Panamá, en esto fue muy especial. Se preocupó porque como extranjeros no nos sintiéramos solos en su tierra. Fue como el papá, llevando a pasear el domingo a sus hijitos. Así conocimos muchos de los lugares tan bonitos de Panamá y además logramos encariñarnos con la tierra que tan amablemente nos acogía.
Llegó el final de curso y se nos otorgó un certificado por haber llevado los dos cursos de verano. Muy satisfechos, regresamos a nuestras patrias, para enfrentarnos con un trabajo que apenas si se conocía en Costa Rica.
Con su grupo de bibliotecarios, don Alberto Bolaños había iniciado la catalogación y clasificación de los libros de la Biblioteca Nacional. Ya don Alberto había pasado a trabajar a la Universidad de Costa Rica. Don Julián Marchena era el actual director de la Biblioteca Nacional y Carmen Quirós era la subdirectora. Nelly Kooper era la jefe de catalogación y clasificación de libros. Esta fue la gente con la que me tocó iniciar mi labor bibliotecaria.
Recuerdo que se constituyó una “Asociación Costarricense de Bibliotecarios” a la que fueron llamadas las personas que atendían otras bibliotecas del país. Yo trabajaba en la Facultad de Educación de la Universidad que ya había sido trasladada de Heredia, al edificio antiguo del Museo Nacional en San José. Allí con todo entusiasmo comencé a clasificar libros y a elaborar el catálogo, que a falta de archivo fui organizando en cajas de tiza. Me enfoqué en la clasificación y catalogación de libros, y el otro aspecto, el más importante, orientar al lector en sus consultas. Lo que más me alegraba era que los libros salían de sus estantes y eran usados por los estudiantes para hacer sus tareas. Luego de prestar un servicio, se devolvían a los estantes.
En Costa Rica todavía no existía el préstamo de libros a domicilio, pero la facultad lo había establecido. Yo miraba los libros, mis hijitos, como se iban gastando y sentía una honda satisfacción al ver que no estaban guardados en los anaqueles.
Una de las cosas que me sorprendía era que había muchas bibliotecas en el país. Todas las escuelas primarias y los colegios las tenían, pero todos sus libros estaban guardados en enormes armarios con llave. El uso de los libros era muy restringido. En el curso entendimos que los libros necesitaban aire y que debían ser gastados por los lectores. En otras palabras, se debía empezar por cambiar esa manera de mantener libros en todo el país.
Dichosamente los que algo sabíamos de biblioteca estábamos muy conscientes de que teníamos que luchar juntos para lograr cambiar la forma de pensar. Se nos ocurrió que la mejor forma de comenzar era en las escuelas primarias.
Teníamos fe de que los maestros nos ayudarían y así comenzamos un grupo de trabajo. Después de las cuatro de la tarde, íbamos a las escuelas para trabajar con los maestros en la clasificación de los libros por el sistema decimal de Dewey. Sobre todo, para ir cambiando la mentalidad de que  los libros salieran de los anaqueles para ser prestados a los niños. En esto trabamos juntas Carmen Quirós, Nelly Kooper y yo. Fue una labor muy bonita. Los maestros tenían interés por explotar la biblioteca y les interesaba organizarlas correctamente.
Las primeras escuelas en las que trabajamos fueron la Escuela República de Chile y la Ricardo Jiménez de la ciudad de San José. Era un trabajo desgastador porque se hacía después de que salíamos del trabajo. Pero esto nos dio la idea de que se podía dar un curso de bibliotecología para maestros en las vacaciones y bajo la dirección de don Alberto Bolaños lo organizamos.
Trabajamos sin descanso, porque había que preparar unos folletos para que los estudiantes tuvieran material de estudio, que luego les sirvieran de referencia en los lugares de trabajo. Nelly se encargó de elaborar el de Catalogación y yo el de Clasificación de libros. Esos humildes folletos fueron los bastones que por mucho tiempo ayudaron a bibliotecarios en todo el país.
La elaboración de los libros fue una labor en equipo porque cada una de nosotras preparó los esténciles que se tiraron en la universidad. Fue un trabajo de hormigas en el que colaboraron los empleados de la biblioteca. Así completamos dos folletos. Nuestra primera colaboración material al trabajo bibliotecario.
 Alberto se encargó del aspecto de servicio bibliotecario y préstamo de libros. Al curso llegaron muchos maestros y descubrimos que había mentalidad y disposición para el trabajo bibliotecario en el país. No preciso el número de estudiantes, pero fue un grupo grande, pues también asistieron empleados de las bibliotecas de colegios. Esta primera incursión real en el trabajo bibliotecario del país, si mal no me ubico, fue durante el año 1952.
Después vino Mr. Woodword, un bibliotecario norteamericano a trabajar en la biblioteca del Centro Cultural Norteamericano y dio un curso de bibliotecología  para bibliotecarios. Corría el tiempo y nuestro entusiasmo por modernizar bibliotecas seguía encendido. Continuábamos en la labor de clasificar y ordenar libros en las escuelas.
Enfermó don Alberto Bolaños y murió ¡Se nos iba un valiente compañero de ilusiones!
Llegó a la dirección de la Biblioteca de la Universidad de Costa Rica Efraim Rojas. Este señor no era bibliotecario, sino un administrador. Si bien había recibido cursos de bibliotecología en Estados Unidos, su fuerte era la administración de bibliotecas. Nos entendimos con él, porque era un joven muy entusiasta. Al ver la labor que estábamos haciendo como hormigas en las escuelas nos dijo: — ¡Muchachas, ustedes pierden energías y es muy poco lo que logran. Es hora de pensar en la carrera de bibliotecología en la Universidad. Debemos trabajar por ello! —.
En 1956 hubo un seminario de bibliotecología en la Habana, al que asistimos, Ana María Paz, bibliotecaria del ICCA en Turrialba, Nelly y yo. Además de que fue un taller muy enriquecedor, hicimos contacto con muchas personalidades de bibliotecología, entre ellas nuestros queridos profesores Peraza y el Sr. Carlos Víctor Pena, director de la UNESCO en Cuba. Ellos nos entusiasmaron para que realizáramos unas jornadas bibliotecarias en Costa Rica. Esto fue como atizar una hoguera que poco a poco tomaba fuerza.
Al regreso a Costa Rica comenzamos a trabajar más duro y a entusiasmar a la gente. No recuerdo exactamente la fecha, pero de esto resultaron las primeras jornadas bibliotecarias en Costa Rica. Se continuó trabajando arduamente para recoger documentos para las discusiones, invitar personalidades y preparar materiales. Aquella biblioteca de la Universidad parecía un panal de abejas trabajando y todo salió excelente. Asistió el Sr. Carlos Víctor Pena, quien nos dio el apoyo de la UNESCO y elogió el trabajo que habíamos logrado. En los archivos la biblioteca de la Universidad deben existir los documentos que se usaron en estas primeras jornadas.
Pasó el tiempo y yo pasé a trabajar a la biblioteca del Banco Central. Don Alberto Bolaños me dijo que allí necesitaban bibliotecaria. A pesar de que estaba feliz en la biblioteca de la Facultad de Educación, por esas cosas que se hacen sin pensar, una tarde entré al Banco y pregunté por el señor Gerente. La secretaria me preguntó que para qué lo necesitaba y le contesté que para el asunto de la biblioteca. Me pasaron a la Gerencia y me atendió un señor muy serio, don Ángel Coronas. Yo le dije que don Albero Bolaños me había contado que necesitaban bibliotecaria y que yo era bibliotecaria en la Facultad de Educación. El llamó a don Álvaro Castro Jenkins, Director del Departamento de Estudios Económicos del Banco y me presentó con él. Don Álvaro recordó a don Ángel que estaba convocado un concurso para escoger bibliotecaria.
A esta insinuación yo intervine e indiqué que yo estaba muy bien en mi puesto, y que no me iba a presentar a concurso. Dispensen mi falta de humildad, pero yo sabía, que en ese momento, en Costa Rica, fuera de don Alberto Bolaños, nadie tenía los conocimientos que yo tenía sobre la labor bibliotecaria. Por esa razón yo no iba a competir en un concurso. Claro que yo no dije esto, pero me dispuse a salir del recinto.
Siempre quedaron redundando en mi cabeza las palabras de don Ángel:
—Álvaro, no hay concurso. Señorita, usted queda en el puesto y tiene que presentarse el 1 de octubre—. Yo repliqué —Don Ángel, la niña Emma Gamboa, Decana de la Facultad está en Europa, yo tengo que informar a ella mi decisión—.
—Si usted se espera, Emita no la deja venirse—. Esa fue su respuesta.
Realmente eso hubiera sucedido. Yo presenté la renuncia a don Mariano Coronado, decano en ese momento. Cuando la niña Emma regresó yo fui a saludarla y a informarle mi decisión. Ella muy cortés me recibió, pero me despidió como a una visita. Mi actitud le había molestado mucho.
Meses más tarde, cuando Carlos Rodríguez, el Secretario de la Facultad se jubiló, me llamó para que yo tomara su puesto. Le agradecí mucho su propuesta, pero no era para mí ese puesto. Yo era feliz de bibliotecaria y no quería alejarme de mi profesión.
Siempre quedó en mi corazón la pena de haber molestado a la niña Emma y otra cosa que con los años conocí: que la niña Emma culpaba a don Mariano de que yo me hubiera ido de la Facultad.
Posiblemente ella creía que él me había recomendado al Banco. Y el pobre “ni vela tenía en el entierro” tuvo. Lo que más me duele es que, sin quererlo, maltraté a dos personas que me querían mucho y que además me ayudaron mucho en mi vida. Lo más importante de todo es que su aprecio por mí no varió y mi aprecio por ambos fue siempre incondicional.


Una hermosa amistad

Retrocedo en el tiempo por un par de años para describir el segundo viaje a Panamá pues creó una gran marca en mi vida. En este segundo viaje, como mencioné anteriormente, solo llegamos los guatemaltecos y yo, de manera que yo tuve que aliarme a ellos para tener compañía. Todos eran muy buenos amigos y muy cuidadosos conmigo, especialmente Tina Gálvez que era como la mamá del grupo. Todos los sábados hacíamos excursiones y en esa forma Raúl Solórzano y yo fuimos compartiendo hasta llegar a una amistad que se convirtió en noviazgo. Fue una experiencia muy bonita porque no solo nos sirvió para estudiar, sino para disfrutar en todos los viajes.

Al terminar el curso éramos realmente novios, nos entendíamos muy bien, pues nuestros caracteres eran muy parecidos. A su regreso él decidió pasar por Costa Rica, conoció el país, a mi abuelita y a mi tía Tey. Partió para Guatemala y nos estuvimos escribiendo. Él me propuso que nos casáramos. Yo no quise dejar a Tey y a la abuela. Me propuso que las lleváramos para Guatemala. Esto no me pareció racional. La amistad quedó con cartas, cada vez más lejanas.
Cuando Nelly Kooper y yo fuimos a Cuba, le propuse que pasáramos por Guatemala y así lo hicimos. Nos encontramos con los viejos amigos que nos recibieron muy bien y lógicamente con Raúl, quien nos llevó a su casa a conocer su familia. Pasamos una tarde muy agradable. Salimos por la noche y para despedirme él, de regalo, me llevó un hermoso bolso. Sin hablarlo, yo sentí que el noviazgo había terminado.
Unas semanas después recibí una carta, de otro colega con quien me escribía, contándome que Raúl se casaba con una de las guatemaltecas que yo había conocido en el curso. Inmediatamente yo le escribí a Raúl disculpándome por la visita y todo terminó.
Por esas raras cosas del destino, muchos años después vino un grupo de estudiantes guatemaltecos a la universidad y los alojamos en la casa. Una mañana, durante el desayuno, dos profesoras hablaron de Miriam Morales, la esposa de Raúl y me enteré de que el matrimonio solo un año había durado.
Años más tarde, mi hija Alejandra, en su viaje a Guatemala quiso comunicarse con Raúl y su hija le contó que había muerto y que siempre pensaba en sus amigos de Costa Rica.


Bibliotecaria del Banco Central

En octubre de 1954 comenzó mi vida en una nueva institución. La biblioteca estaba ubicada en el segundo piso del Banco, en el Departamento de Estudios Económicos. Don Álvaro Castro Jenkins era el jefe y don Guillermo González Truque el subjefe. Margarita Bonilla era  la secretaria del Departamento. Era una persona pequeña, delgadita, que parecía una abeja en su trabajo, a quien todos queríamos mucho. Ella estaba enterada de todo y para cada cosa encontraba solución. Había muchos empleados, todos varones, que trabajaban en estudios de la economía costarricense: Manuel Gutiérrez, Álvaro Sancho, Guido Flores, Álvaro Hernández, Rafael Díaz, entre otros.

Una cosa que me había preocupado al cambiar de trabajo era que en la Facultad éramos una familia, en donde la alegría de uno era de todos y la tristeza de uno era la de todos. ¿Qué iría yo a encontrar en mi nuevo puesto? Supuse que en un banco la cosa sería muy diferente. Dichosamente no fue así.
El Departamento de Estudios Económicos era una pequeña familia, todos éramos hermanos y don Álvaro y don Guillermo fueron como los papás. Lo mejor es que hasta las verdaderas familias se involucraban.
Durante estos años el Banco Central comenzaba sus funciones. Era una institución pequeña. Todo esto me ayudó a ubicarme muy bien en mi nuevo puesto.
Ana Silva era la que trabajaba en la biblioteca. Muy pronto renunció porque se casaba, y quedé yo sola. Me llegó una nueva compañera, Lía Jiménez.
Lo que más me sorprendió al llegar a la biblioteca era que había dos secciones de libros, una de Economía y otra sección de libros de Costa Rica. Don Ángel Coronas, con una visión muy digna de encomio, había decidido que el Banco era la única institución que, por sus medios económicos, podría lograr una colección completa de las publicaciones elaboradas en el país. Realmente eso fue cierto, en mi tiempo, allí se recogieron toda clase de publicaciones hechas en el país, de ahora y de antaño. Allí llegaban los libreros de antigüedades, con sus valijas de libros viejos, y el trabajo era controlar qué no teníamos en la biblioteca para adquirirlo. También debíamos tener cuidado porque uno de estos vendedores, “El Cuilo”, como le llamaban, era muy hábil para recoger cualquier pieza para venderla en otra parte. Valverde era el otro, pero con este no teníamos problema.
Recuerdo el día en el que llegó don Álvaro acompañado de don Jorge Saúrez, un señor mayor, anticuario, con un ejemplar de Las lecciones de aritmética publicadas por el bachiller Rafael Francisco Osejo. Este era el primer libro editado en Costa Rica y uno de los pocos ejemplares existentes en el país. El hombre quién sabe qué situación difícil tenía que le obligaba a venderlo. Fueron dos emociones para mí ese día: el hombre que se despidió del libro como quien se despide de un hijo. Le abrazó tiernamente, se lo acercó al corazón, y sus ojos se llenaron de agua al entregarlo en mis manos, mientras yo ponía en las suyas, un cheque por cinco mil colones. En ese tiempo el valor de nuestra moneda era muy alto y esa suma era gran cantidad de dinero. Era por ahí del año 1956. ¡Tenía razón don Ángel, solo el Banco podía pagar tan altos precios por libros!
La otra emoción mía fue tener en mis manos un ejemplar del primer libro editado en Costa Rica: con un robusto cuero café por cubierta. Impreso en un denso papel, característico de la época. Yo lo imagino como el que hoy hacemos con cáscaras de frutas. Estaba impreso con los términos usados en la época, 1830. Este fue el primer libro escrito y publicado en el país para dar lecciones en la Casa de Santo Tomás, en la Imprenta La Paz.
¡Cómo ansié en ese momento ver trabajando aquellas primeras máquinas y la rústica forma en que se elaboró el libro!
Como ese se compraron otros libros muy valiosos. Los teníamos guardados en una urna y si alguien llegaba a consultarlos tenía que hacerlo acompañado de la bibliotecaria.
Para mí fue un encanto laborar en esta sección. Aprendí tanto de la historia del libro en Costa Rica y de la historia del país, porque allí llegaban pequeños folletos con los discursos de los presidentes, testamentos que se publicaban para la tradicional “quema de Judas” en Semana Santa, folletos con recetas de cocina, los cancioneros Palmera, y así recogimos cuanta publicación nos llevaron de los años atrás.
Yo tenía fe de que esta sería la verdadera biblioteca de los libros publicados en Costa Rica. La quería como a la niña de mis ojos. Años después, no trabajando ya en el Banco, visité la biblioteca para recoger datos de folletos que yo había catalogado.
¡Recientemente, cómo me dolió, enterarme de que la Sección Costarricense, había sido eliminada del Banco y trasladada a la Biblioteca Nacional!
¡Ángel Coronas, la fantástica visión que tuviste para la impresión de libros en Costa Rica, no anidó en tus predecesores! ¡Cómo me duele que los valiosos incunables, que con tanto cariño y esfuerzo se habían recogido, fueran trasladados a la Biblioteca Nacional! Yo entiendo que la actual producción de libros en el país es voluminosa y muy difícil de recoger en una biblioteca pequeña, pero me atrevo a decir que se pudo aguardar el bagaje librístico hasta cierta época, porque para la Biblioteca Nacional será muy difícil recoger algunos incunables que con el tiempo vayan apareciendo.

La sección económica
librerías me traían lotes de libros nuevos que debían ser controlados para ver si existían en la biblioteca y luego aprobar la factura para su pago.
Este fue un nuevo caminar en mi vida. Aprender a relacionarme con una ciencia que no era mi especialidad, pero fui aprendiendo con la ayuda de los empleados del Departamento de Estudios Económicos. Todos estudiantes  de economía y personas jóvenes dispuestas a la ayuda.
Lo único que me dio duro en la cabeza fue la elaboración del “Balance mensual de entradas y salidas de la biblioteca”. Era un control de todo lo que se compraba. Lo mejor es que yo solo veía facturas y, a veces, por un mísero colón, no cerraba el balance. Hasta dos días pasaba buscándolo, porque el balance debía cerrar al centavo. ¡Cómo me molestaban los muchachos, a veces hasta me ponían la moneda en la mesa para que diera por cerrado el balance!
Son estas cosas que ahora al pasar de los años se recuerdan con cariño y es tan agradable ver qué cosas que no se conocían, fueron parte del trabajo y que al final se superaron.
Nunca volví a la biblioteca del Banco. En este momento tiene que ser un monstruo, porque la ciencia económica ha crecido enormemente.
En agosto de 1958 yo tomé otros rumbos: me casé con el Dr. Eladio Chaverri Benavides y me fui a vivir a San Salvador.
Recuerdo que cuando fui a entregar mi carta de renuncia a don Ángel Coronas, él me dijo:
—Miriam, no es norma de la institución volver a recibir a un empleado que la deja, pero si usted quiere volver a trabajar con nosotros, las puertas están abiertas—.
Creo que no fui mala bibliotecaria en el Banco Central. Las palabras de don Ángel fueron su mejor regalo.
Quedó en mi mente un enorme cariño para todo el grupo de personas con quienes trabajé, cada una como un hermano de la gran familia. Muy especialmente a mi compañera de trabajo, Lía Jiménez, con quien me tocó compartir su matrimonio y el nacimiento de su primera hija.
Con gran cariño recuerdo las fiestas que hacíamos, casi siempre salidas de improviso, y caíamos en una de las casas de los jefes, donde éramos recibidos como en nuestra casa. Se pasaba el rato tan agradable. Recuerdo a don Álvaro, sacando su libretita, donde tenía escritos los chistes por secciones: niños, señorita, señora y hombres. En el Banco Central yo pase una época muy feliz.

Me alejo de la labor de bibliotecaria
El fuerte de la biblioteca del Banco era su sección económica. Allí debían estar los últimos libros referentes a economía y todo lo relacionado con ella. De esta selección se encargaba don Álvaro y constantemente las El 2 de agosto de 1958 me casé con el Dr. en veterinaria, Eladio Chaverri Benavides. Habíamos llevado un año de noviazgo. Eladio se fue a trabajar a San Salvador y decidió que para las “Fiestas Agostinas” que se celebran en esa tierra, vendría para que nos casáramos.
Fue un noviazgo casi todo por correo, lleno de ilusiones y de buenos proyectos. El 2 de agosto, día de la Virgen de los Ángeles, fue la boda en la Iglesia de los Ángeles de la ciudad de Heredia. La Iglesia fue bellamente adornada. Nos casó Monseñor Miguel Chaverri, tío de Eladio, en una linda ceremonia acompañada de un hermoso coro.
Luego pasamos a la casa de los papás de Eladio donde nos recibieron con una calurosa recepción. Tuvimos la dicha de ser acompañados por gran parte de la familia de ambos, por los compañeros de la Escuela Normal y de los compañeros de trabajo. Sentimos el aprecio de toda la gente que se alegraba de nuestra unión y que además nos lo demostró con un gran número de regalos.
Por la tarde nos fuimos al Hotel Robert, cerca del Volcán Irazú, donde pasamos la “luna de miel”. Hoy que está haciendo un frío exagerado, recuerdo el frío que hacía en las faldas del volcán.
Regresamos a la casa de Eladio a preparar nuestros papeles para viajar a San Salvador. En nuestra correría por oficinas, llegamos al Ministerio de Agricultura, y ya saliendo surgió una muchacha que saludó a
Eladio con un efusivo abrazo y beso, diciéndole:
— ¡Calvito divino, cuando viniste. Cómo me has hecho falta! —. Eladio le contestó con una cara de congoja:
—Te presento a mi señora—. Pero aquella no le dio importancia y continúo demostrándole su afecto.
Siempre he creído que esta fue mi prueba de fuego para conocer que no soy celosa y para agradecer la escuela en que me habían formado mis queridos compañeros de Banco, con sus andanzas amorosas. Siento que mi marido estaba atemorizado del alboroto que yo armaría luego. Creo que nunca logró comprender mi actitud tranquila. He de aclararles que todos los Chaverri son bien celosos.
Me parece que el 6 de agosto salimos para el Salvador. ¡Todo un mundo nuevo! Dada mi mentalidad provinciana de Heredia, donde todo era tranquilidad y respeto, y de una Costa Rica llena de paz, yo no llegué a comprender la vida diaria en Salvador.
Los compañeros de Eladio, muy amables, trataron de que no me sintiera lejos de mi tierra.
Han de saber que cuando una mujer se dedica estudiar y a trabajar es muy difícil que sepa cocinar. Los demás oficios para mí no eran difíciles, pero cocinar se me hacía difícil, porque además de ser una tarea nueva, debía realizarla en una pequeñísima cocina de canfín que había en el apartamento.
Nosotros vivíamos en un apartamento que estaba en ese segundo piso de una casa de habitación. Recuerdo que la señora de la casa tenía perros y como debíamos entrar por su casa, la primera impresión que tuve fue el olor a perro.
¡Tantas anécdotas tengo de ese San Salvador de 1958!
En nuestra primera salida al cine Eladio me tomó de la mano y me dijo — ¡Corramos!—. No dije nada, pero me extrañó mucho esa actitud.
De nuevo vamos al cine y se repite el cuadro. En mi mente me dije: — ¡Qué le pasa a este hombre!—, y pregunté: — ¿por qué corremos?—.
—No se da cuenta que toda la gente se monta en los carros y en un momento esto queda desierto. Nos pueden asaltar—, dijo Eladio. Inmediatamente en mi cabeza se dibujó la apacible Heredia.
Nuestro apartamento daba a la calle y tenía un pequeño balcón cerrado por una puerta. Como hacía tanto calor, nosotros dejábamos la puerta abierta para que nos entrara aire. Una noche pasaron el Dr. Ernesto Parker y su señora y vieron el balcón abierto. Al día siguiente le dijo Neto a Eladio: — ¿Tan tarde se acuestan ustedes?—. El balcón estaba abierto como a la una de la mañana. Eladio le dijo que lo dejábamos abierto todas las noches.  — ¡Brutos, no se dan cuenta de con un gancho tiran un mecate y se les meten!—.
Un domingo el Dr. Mauricio Cañas Prieto nos invitó a su finca.
¡Cuántas cosas nuevas aprendimos en ese viaje! Comenzamos a conocer el campo de El Salvador, muy bonito pero un panorama muy diferente al de Costa Rica. Una tierra muy seca y caliente. Me extrañó ver las casas de los campesinos todas color de barro. Ubicadas en pleno campo, sin nada sembrado a su alrededor. ¡Como sin ilusión de vivir! Añoré las casas de campo de Costa Rica rodeadas de matas y de tarros sembrados colgando de las paredes de las casas. Si no pintadas, encaladas, por lo menos de blanco, rodeadas de plantas y árboles frutales, con unas gallinas o un cerdo escarbando en sus alrededores.
Se afirmó en mi mente la idea que había tenido en Panamá, al convivir con mis amigos centroamericanos, de que en Costa Rica tenemos una manera diferente de pensar, por eso es que nunca hemos sido partidarios de la unión centroamericana.
Vuelvo a la experiencia en la finca del Dr. Cañas. Allí vimos la separación que existía entre el peón y el patrón. Nos llamó la atención que a la hora de almuerzo se daba a cada empleado una tortilla con frijoles rojos, no más. Ese era el uso en el Salvador. A nosotros la dueña del apartamento ya nos había llamado la atención porque a la empleada le servíamos la misma comida que disfrutábamos nosotros. Nos dijo: —Los extranjeros vienen a echar a perder nuestro servicio—.
Lo más interesante es que Mauricio nos llevó a la finca para enseñarnos a usar el revólver. A mí me dieron una elegante pistola con cacha blanca, tan pesada, que al tomarla se me fue la mano abajo y yo riéndome dije: — ¡Yo esto no lo aguanto!—. Y lo devolví. No estaba en mis planes aprender a disparar. Me parecía, en mi inocente mente tica, que eso era un absurdo.
¡Cuántas aventuras vivimos en El Salvador! Muchas contrarias a la forma de vivir de los ticos. Por ejemplo, a mí me encantaba ir al mercado. Siempre me ha gustado. Considero que allí se conoce el verdadero pueblo y además es tan lindo ver todos los productos del país presentados en su forma natural. La dueña de la casa me dijo:
— ¿Para dónde va?—.
—Al mercado—.
—Aquí usted no puede ir al mercado. ¡Menos usted tan blanca, creen que es una gringa y la asaltan! ¡Y no se le ocurra pedir rebaja!—.
Miriam, no obstante la recomendación, se fue al mercado. Un edificio viejo de adobes, no muy bonito. Lo que me sorprendió fue que la carne la vendían afuera, colgando en alambres y su olor se esparcía por toda la calle.
Por las tardes yo salía a hacer alguna compra y como hacía calor alguna vez entré a una refresquería a tomarme un refresco. Me dijeron que eso no lo podía hacer que era mal visto.
— ¿Qué se podía hacer en San Salvador en aquel entonces?—.
¡Cómo añoré mi Costa Rica en donde yo corría libre como un pajarillo, en aquellas pequeñas, pero seguras ciudades!

Viaje a Guatemala
En el mes de octubre Eladio tuvo que recibir un curso en la ciudad de Guatemala y nos trasladamos allá. Me sorprende que dos países, tan cercano uno del otro, gocen de una seguridad tan diferente. Pasamos un tiempo muy agradable. Nos alojamos en la pensión de una señora alemana. Como yo me quedaba en la casa, me invitaba a ir al mercado y me fue enseñando los diferentes productos y sus usos. Así conocí el uso de los tallos del ruibarbo y aprendí a hacer la miel.
¡En Guatemala sí se podía ir al mercado! Por cierto: ¡Qué lindo era! En esta ciudad me tocó la primera enfermedad de mi marido. Le dio una amigdalitis muy severa. Recuerdo que yo le preguntaba qué le podía hacer, pero no me contestaba. En eso llegó Neto Parker y me dijo:
— ¿Miriam, vas a dejar morir a este hombre?—.
— ¿Yo qué hago, no me dice qué debo traerle?—.
Neto se fue a la botica y le trajo medicamentos. Así se resolvió el asunto. En Guatemala pasamos unos días muy bonitos. Visitamos Antigua Guatemala, fuimos al lago Atitlán y a otros lugares. Sobre todo nos favoreció el clima, tan semejante al de Costa Rica y yo creo que el cuadrante de la ciudad parecido al de San José. Yo en Guatemala me manejaba dentro de la ciudad con mucha facilidad.
Volvimos a El Salvador. Los días pasaban en el manejo cotidiano de la casa y el volver de Eladio de su trabajo. Íbamos conociendo más gente.
Recuerdo que un sábado fuimos a la finca del jefe de Eladio, creo que el asunto era castrar unos cerdos. Nos llevaron Neto Parker y Dora, su señora, en su Volkswagen. Allí almorzamos y pasamos la tarde. A la hora de venirnos comenzó a llover. Cuando llegamos al río Neto dijo cierren los vidrios y se echó al agua. Yo solo recuerdo ver pasar el agua, a través del vidrio. Nos convertimos en submarino para pasar el río. Dichosamente Dios nos estaba cuidando y no nos arrastró la corriente.

De vuelta a Costa Rica
En diciembre tuvimos que venir a Costa Rica. Era como volver al nido. ¡Cómo me agradó salir por la noche y ver a la gente a la salida del cine, conversando tranquilamente! Poder caminar sin miedo. ¡Aprendí a valorar a mi Terruño!
Yo estaba embarazada e Ismael, el hermano de Eladio, que era doctor me valoró y me dijo: —Miriam, no te puedes ir para el Salvador. Estás con anemia, es mejor que te quedes para tratarte—.
Así fue como Eladio volvió a El Salvador y yo me quedé en Heredia. Me quedé en la casa con la abuela y Tey. Eladio regresó al Salvador para volver pronto pues había renunciado al puesto por un problema que tuvo.

Una nueva etapa de mi vida

Nos quedamos viviendo con la abuela y Tey. Como vivíamos al lado de la tía Cary ella nos vendía la comida. Fue una época dura. Eladio no tenía trabajo. Por fin le dieron puesto en el Rastro de Heredia, para que vigilara la matanza de los animales. Entraba a media noche y regresaba a la casa como a las 4 a.m. Fue nuestra época económica más difícil. Como él había salido del país se había desconectado de la profesión. ¡Cómo deseábamos que apareciera una vaca de parto!
Recuerdo un día que Eladio me dejó un billete de dos colones para que fuera al mercado. En eso llegó Leonor Parriaguirre, la señora que limpiaba con un gran problema económico, y le di los dos colones.
 Cuando entró Eladio me dijo:
— ¿Por qué no has ido al mercado?—.
—Le di el dinero a Leonor—. Y le conté el problema.
— ¿Y ahora qué?—. No acababa de preguntar, cuando tocaron a la puerta. Un señor venía a buscar ayuda para una vaca de parto. Eso significaba el pago de cien colones por el trabajo.
Dios siempre está a la mira de nuestras necesidades y nos regresa cien veces lo poco le damos.
Para celebrar el fin de año, fuimos a una fiesta del Club de Leones de Heredia. Yo me vestí con uno de los trajes que él me trajo de regalo, el primer maternal que usaba. Recuerdo que estuvimos muy alegres y Eladio se pasó de tragos. Al llegar a la casa en el cuarto se cayó y no podía pararse. Yo traté de ayudarle y me dijo:
—No me ayude, yo puedo, cuidado con el bebé—.
En marzo nombraron a mi marido de profesor de zoología en un colegio en San José. Fue una experiencia muy buena para él, porque con su carácter y siendo veterinario preparaba lecciones muy amenas. Él disfrutaba mucho y los muchachos aprendían con gusto. Poco a poco nuestra situación económica fue mejorando.
Mi embarazo iba avanzado. Una madrugada me sentí mal. Recuerdo que Tey se enteró y le dijo a Eladio: — ¿Qué están esperando? Avísele a Macho—. Eladio fue donde Macho y este le dijo: —Vayan para el hospital. Ya llego—.
A las 5 de la mañana nació Alejandra. Cuando terminó el parto me dijo la enfermera lo más cariñosa: — ¿Está muy cansada? Voy a traerle un poquito de café—. Y me llevó un jarrito enlosado, más escarapelado que casi no tenía lugar blanco. ¡Pero qué café más rico! Un café negro, cosa que yo no tomaba, me supo a gloria. Creo que nunca tomaré otro igual.
Gracias a Dios la niña nació muy sana. A buena mañana vino el doctor con una monja a llevársela para ponerle unas argollitas que él le traía de regalo. No permití que le abrieran las orejas ¡Cómo la iban a maltratar acabando de nacer! ¡Qué se abra las orejas cuando ella decida! A los cinco años, ella le pidió al tío que le pusiera las argollas que le había regalado al nacer.
Eladio me llevó el radio y esa mañana trasmitieron la ópera Madame Butterfly. Dos días estuve en el hospital. Cuando veníamos hacia la casa yo le dije a Eladio: —Esta niña tiene un gran regalo de Dios que no tienen todos los niños: tiene tres bisabuelos y yo quiero que los disfrute a todos—.
La familia de Eladio estaba resentida con la abuela Luisa y no la visitaban. Cuál no sería mi sorpresa que Eladio detuvo el carro en la casa de doña Luisa y ella fue la primera persona que conoció a la niña. ¡Cómo agradecí ese gesto de mi marido! Cuando llegamos a la casa fue la gran fiesta de la familia viniendo a conocer el nuevo vástago.


Comienzo la vida con un nuevo miembro de la familia

Alejandra se llama la niña que nació. Una chiquilla que comienza a crecer en manos de una mamá que no sabe nada de niños. No obstante, crece muy bien. Nació el 12 de junio de 1959. La bautizamos el 2 de agosto y los padrinos fueron Gonzalo Brenes Camacho y su hermana Olga María. Fue el encanto de toda la familia y sobre todo la disfrutaron la tía Tey y la abuela Rafaela, porque vivíamos con ellas, además de Cary, Olga y Gonzalo porque vivíamos a la par de ellos.

Jasper, el perro que yo tenía, cuando llegó la niña y la pusimos en su catrecito, se ubicó debajo de este. Jasper se constituyó en su guardián.
Cuando tenía veinte días nos fuimos para Guanacaste para que la conocieran papá y mamá. Yo me había cuidado de preparar todas las mantillas y las puse en una caja, que al irnos se quedó olvidada. La pobre mamá se dedicó a partir sábanas para hacer mantillas. La chiquita lloraba mucho y mamá descubrió que yo tenía poca leche y comenzó a darme cosas para aumentarla.
Una vez Eladio hizo una ensalada con mucho culantro y yo comí. Más tarde Alejandra comenzó a llorar, no paraba: era un cólico. Pasaba de brazo en brazo y no se consolaba, por fin vomitó y lo que botó olía a puro culantro. Poco a poco aprendí que para amantar un niño debía cuidarme de ciertas comidas.
En noviembre se nos enfermó la abuelita Rafaela y murió. El año siguiente la situación económica nuestra mejoró. A Eladio le dieron lecciones de Zoología en el Liceo Luis Dobles Segreda, en San José. Cuando yo me acerqué para ver la primera lección que preparaba, me di cuenta que estaba comenzando con el estudio de la célula. Eladio, por favor ¡Son niños de primer año, lo que tienes que enseñarles es lo referente a los animales! Entonces, a pesar de que él no tenía estudio de pedagogía, ayudado por su carácter festivo, y su conocimiento de animales, desarrolló una labor muy bonita. Llevaba animales a la clase, y daba lecciones muy creativas.
Ya con un poquito de más medios económicos, decidimos poner casa aparte. Nos fuimos a vivir a una casita frente al estadio de Heredia. El primer recuerdo que tengo de ésta fue, que muy de mañana, cuando salí a recibir la leche, vi que un hombre nos estaba cortando la electricidad.

— ¿Señor, qué está haciendo?, le dije.
—Cortando la luz porque no la pagaron.
—Pero si yo me pasé ayer. Y no ve que estoy esperando un bebé.
—A las 12 paso, y si no han pagado la corto.
Hizo Dios que en esos momentos pasara Carlos Rodríguez, quien me conocía muy bien, y le pedí que por favor me pagara la luz para seguir yo con la organización de mi nueva casa.
El 30 de mayo de 1961 nació Mauricio. Este fue mas lerdo para nacer. Ingresé al hospital y me pusieron un suero y no fue hasta el día siguiente que él decidió nacer. La misma alegría de la familia viniendo a conocerlo y el montón de regalos para el niño.
Fue un chico muy tranquilo y muy paciente Y nosotros felices porque ya teníamos la parejita.
Una noche llegó un muchacho a ofrecerle vender a Eladio una casita que estaban construyendo por el “Potrero de Loco”. Era este un alejado lugar, al este de la ciudad. Era un cafetal que estaban transformando en caserío. Esta casa era la primera de una serie. Para mí la oferta era muy buena: una casa acabada de construir por la que íbamos a pagar 150 colones al mes (actualmente pagábamos 200 colones de alquiler), así que nos economizaríamos 50 colones, y al cabo de los años la casa sería nuestra.


Fue una lucha a cuartel. Todas las noches Eladio llegaba en contra de la compra. Doña Mina no estaba de acuerdo de que él me llevara a vivir a aquel destierro. Y otra vez a convencerlo… La condición que le puse fue que mientras no estuviéramos instalados en la casa, no trajera a su mamá a conocerla.



Estrenamos casa

En octubre de 1961 estrenamos casa. Cuál no sería la sorpresa: estaba hecha con el mismo plano de la casa en que vivíamos, así es que no fue difícil ubicarnos. Lo difícil fue aprender a vivir en los nuevos terrenos, donde todo era lodo y las calles eran, en una palabra, zanjones.

En el primer invierno yo gasté dos pares de ahulados de los que se usaban en aquellos días, porque las piedras de aquellas calles, yo creo, eran lajas con filo. Los taxis nos dejaban a los 200 metro de la casa.
Por las noches nos arrullaba un concierto de ranas y no era raro encontrarse en el corredor la visita de una serpiente negra, roja y amarilla o a un elegante sapo, al que Alejandra nunca quiso que pasáramos adelante.
Era casi como vivir en el campo. Por la mañana pasaba un señor con dos vacas que traía del potrero para ordeñarlas y a las 5 de la tarde las regresaba.
Los vecinos, gente humilde, muy bonita, nos cuidábamos unos a otros. En la esquina norte doña «María Petaca», una viejita muy cariñosa que vivía con sus hijos y sus nietos. A la par de ella, hacia el este vivía el Panadero y después la familia Luna. A la par de los Luna, al frente de nuestra casa, seguía un pequeño cafetal que pegaba con el «potrero de Loco», cuidado por doña Joaquina, quien vivía en la vieja casa de madera que cerraba la calle.
Terminaron de construir las casas después de la nuestra. A la derecha construyeron cinco más, y a la vuelta de la esquina, cuatro. Comenzaron a llegar vecinos, pero por lo lejano del centro, sobre todo por lo deterioradas que estaban las calles que eran de zacate o de piedras bruscas y mal acomodadas, la gente no se adaptaba a vivir aquí. Duraban tres meses y se iban. Por esa razón no construyeron las casas que faltaban y que colindaban con la nuestra al sur. Así quedó un gran lote al sur de la nuestra.
Pasaron los años y don Chico Gutiérrez le vendió toda la construcción a Fabio Pacheco. Mi preocupación era que en ese lote pusieron un taller o algo por el estilo. Un buen día le dije a Eladio:
— ¿Por qué no le decís a Fabio que te venda ese lote?—.
— ¡Cómo se te ocurre! ¿Cómo lo vamos a pagar?—.
—Tengo miedo que allí nos metan un taller escandaloso—. Tal vez esto lo puso a pensar y habló con Fabio, quien nos invitó a comer y allí, entre risas y chistes, porque ellos eran buenos amigos, se hizo el trato.
—Te lo vendo en 39 000 colones—.
Ahora había que pagar en vez de 100 colones al mes, 500 colones. Había que apretar la faja, pero ya el lote era nuestro. A pesar de que fue un tiempo duro, creo que fue una magnífica inversión porque además de ser mucho terreno, fue el campo de juegos y de experiencias para los hijos.
Hoy me pongo a pensar, cómo, con solo el sueldo de Eladio, podíamos hacer tanto. Realmente Dios anduvo todo el tiempo con nosotros.
Había que comenzar por tapiar el terreno. Esa fue otra empresa. Eladio consiguió un señor de Santo Domingo, don Chalo, para que hiciera la tapia y comenzó el trabajo. El sábado pasó Rudesindo Moya, un vecino, y vio el trabajo que estaban haciendo. Me tocó la puerta y me dijo:
—Doña Miriam, a como están haciendo esa tapia, se le cae, pues no le están poniendo columnas. Si usted quiere yo le hago las armaduras entre sábado y domingo para que el lunes estén listas—.
Eladio andaba de gira y volvía la semana siguiente. Yo llamé a Franz Ulloa, el ingeniero de la familia para que me ayudara. El lunes estaba Franz revisando la tapia y ordenó que le pusieran columnas. Gracias a Moyita y a Franz está esa tapia en pie.
Luego siguió el proceso de abonar el terreno que había sido raspado para construir. ¡Claro que eso no fue difícil para un veterinario! Ahí hubo conejos, gallinas, vacas, caballos, codornices, hasta una cerdita que solo duró tres días.
Comenzamos a sembrar: una nueva experiencia para los chiquillos. ¡Hasta espárragos sembramos! ¡Qué lindo era para ellos cubrir la yemitas que surgían y verlas cómo iban engrosando y más sabroso comerlas!
¡Mis hijos disfrutaron mucho ese trocito de tierra! Allí corrieron y jugaron con sus amigos, tuvieron su playground y una casa de muñecas. ¡Hay que oírlos contar todas las anécdotas que sucedieron allí!
Los chicos crecían y comenzó la época de la educación. La primera que fue al Kinder fue Alejandra. Entró a la Escuela Cleto González en octubre. Yo pensaba matricularla al año siguiente y no recuerdo quién me dijo que la llevara, para que no perdiera el tiempo. La maestra, doña Marta Arias la recibió. Tey la fue a dejar el primer día y me dijo: “Allí la recibió la nieta de don Luis Vargas, que iba llegando y se la llevó para dentro”. Así se inició la amistad entre Alejandra con Mariela López.
Al año siguiente Alejandra entró a la Escuela Laboratorio, que estaba a la par de la Escuela Normal, a 450 metros de nuestra casa. Por la tarde,
Alejandra y Mauricio se pasaban a la casa de Tey, que se había venido a vivir en la casita de la par. Alejandra estudiaba con ella.
Un día fui a la peluquería con Mauricio y mientras esperábamos, él cogió una revista de figurillas y me dijo: —Mamá, ¿aquí dice ja?—. La peluquera me dijo: —Señora: ¿ese chiquito sabe leer?—. Era correcto: decía ja. Resulta que con Alejandra, Mauricio había aprendido a leer. Al año siguiente, él entró al Kinder y contaba su maestra, también doña Marta Arias, que él les leía cuentos a los compañeros, de los libros que el Kinder tenía.
En 1963 nació Gabriel. Creímos que este niño no iba a sobrevivir porque a mí me operaron de un quiste con un mes de embarazo, pero todo se desarrolló normal y nació el 25 de abril de 1963.
La vida siguió corriendo, los chicos crecían. Al comprar Tey la casita de al lado, la familia se hizo más grande, porque con ella se vinieron a vivir Dora y Carlos, sus hermanos. Los chicos tuvieron al lado los tíos, o más bien los abuelitos que los chineaban.
El 13 de julio de 1968 nació Lucía. Era la consentida de todos, pues ya los hermanos mayores estaban en la escuela. Quien disfrutó grandemente de Lucía fue Gabriel, disfrazándola, haciendo obras de teatro y jugando con marionetas.


La finca

Por esa época papá, que ya se había venido de Guanacaste, compró una pequeña finca en Santo Domingo del Roble. Decidió darle una parte a mi hermano Jorge, otra a mí y pensaba darle la tercera parte a otro de los hermanos.

—Don Nino, Jorge y Miriam se entienden muy bien; tal vez con el otro hermano no va a ser igual. Mejor yo le compro la otra parte y usted le da el dinero al otro hermano—. Le dijo Eladio a papá. Así se resolvió y la finca se inscribió a mi nombre.
Ir a conocer la finca fue una aventura. Estaba localizada en Santo Domingo del Roble a 4 kilómetros al norte del centro del pueblo, subiendo por un camino donde ni carreta entraba. Había que subir a pie unas cuestas muy duras.
Cuando fuimos por primera vez nos dejaban mensajes a la vera del camino, como para que cogiéramos fuerzas para continuar.
Jorge decidió irse a vivir allá. A lomo de mula subió la madera para hacer la casa. Poco a poco él solo fue transformando aquel rincón en un pedacito de cielo, del que todos nos enamoramos. Tenía vaca y los sábados traía leche, queso y algunas cosas que sembraba. Ir de paseo era para nosotros un convivió con la naturaleza, subir al «remanso de paz».
Sobre todo los chiquillos que ya eran muchachos la disfrutaron con sus amigos. Llegar ahí era una aventura. Disfrutar de la catarata y por las noches, a la luz de las candelas, escuchar las historias de Jorge, el aullido de uno que otro coyote y los sonidos de otros animales.
Un buen día Eladio compró tres caballos viejos y los chiquillos tuvieron cada uno un caballo. Uno blanco que escogió Alejandra, uno café que escogió Gabriel y una yegua baya le quedó a Mauricio, pues esta última fue la mejor, hasta potro tuvo.
La finca tenía una catarata que era la atracción. Se llegaba a ella por un trillo empinado y peligroso, pero ir a la finca y no visitarla, era un pecado.
Un domingo estábamos almorzando sentados en el potrero cuando Jorge dijo:
—Eladio, dentro de 15 días me voy—.
— ¡Estás loco, cómo se te ocurre!—.
—Es verdad. Dentro de 15 días me voy. Jorge estaba enfermo y no había dicho nada—.
Lo primero que pensamos era que había que arreglar con él la parte de la finca que le correspondía. Había que vender su parte para darle el dinero. Comenzó el dilema, si se vendía la parte sur se iba la casa, pero si se vendía la parte norte, se iba la catarata. Eladio hizo trato con Guillermo, su hermano, y se vendió la parte norte, con la esperanza de recuperarla, lo que nunca fue pasible.
Arreglamos con Jorge. El quedó muy contento, se compró un carro y se fue a visitar la familia por Guanacaste, pero muy pronto el malestar se hizo mayor y se declaró la enfermedad: un cáncer en el hígado que se lo llevó el 27 de octubre de 1979, exactamente un año después de la muerte de papá.
La finca quedó sola. Hubo que traerse la vaca para Heredia Y todos los hijos aprendieron a ordeñar, hasta Lucía, que estaba pequeña. Una noche entró llorando, porque la vaca con la pata le había regado el balde de leche.
Una anécdota curiosa fue que para el 2 de noviembre, Mauricio fue a la finca a traer calas. Dice que cuando él llegó vio un perro grande al lado de su yegua. ¡Se va llevando la sorpresa que le había nacido un potrito! Nadie se había dado cuenta de que estaba preñada. Es más, un día Marta Eugenia le había dicho a Jorge:
—Papá, sácale una cría a esa yegua—.
— ¡Cómo se te ocurre que esa ruca va a tener cría! —.
Nos hizo mucha falta Jorge como hermano y en la finca. Mauricio en vacaciones iba a trabajar en la finca. Pero ya luego hubo que dejarla sola.
Pasaron los años. Un día Eladio me dijo: —Miriam, voy a vender la finca. Ya he gastado dos jeeps en esos pésimos caminos y voy a comprar un buen carro. —Véndela—, le dije yo. Me llamó Olman, el sobrino:
—Miriam, dice Eladio que ponga a la venta la finca, ¿la pongo? —.
—Ponela, Olman, pero yo no voy a firmar—.
Pasaron dos ideas por mi mente: la finca era un regalo de mi papá. Y su sentencia de siempre: ¡Tierra es tierra, hija!
Claro que esta actitud rebelde me cortó la cabeza con mi marido. Inmediatamente me dijo que había que repartir todo a los hijos y así se hizo. Yo solo pedí el usufructo de la casita que me había dejado mi tía Ester y que se la asignamos a Alejandra. Resulta que todas las propiedades estaban a mi nombre.
Nunca me he arrepentido de no haber vendido la finca. Ahora el camino está completamente pavimentado, el agua llega a la casa y hay electricidad, estas dos cosas las logró Eladio.
Cuando yo veo cómo disfrutamos cuando vamos allá y sobre todo lo que gozan los nietos. Mucho tiempo vivió Mauricio allá cuando estuvo solo. La casa que construyó el tío Jorge con mucho esfuerzo y cariño la ha mejorado Mauricio, poco a poco. ¡Doy gracias a Dios de haber sido jupona! Siempre he creído que Dios prepara el camino de cada una de sus ovejitas. Ya mi camino estaba trazado.


Bodas de Oro de Mamá y Papá

Por el año 1960 mi papá decidió regresar al Meseta Central. Jorge ya se había venido y él se sentía solo. Carlos y Danilo no lo convencían como buenos peones. Vendió la finca y él y mamá se vinieron a vivir a Grecia. Luego se trasladaron a San Josecito de Alajuela. Ya en San Josecito, el 24 de noviembre 1963 Saturnino y Luisa cumplían 50 años de casados.

Para celebrarlo se realiza una pequeña reunión. Digo pequeña porque gran parte de la familia aún vivía en Guanacaste y solo llegaban los que vivían cerca. Los viejos pasaron muy contentos. Les preparamos un enorme queque que decoramos con sus trece hijos, setenta nietos y cinco bisnietos. ¡La hermosa familia que ellos fundaron! Hay una serie de lindas fotos de ese encuentro.
Estos queridos Viejos vivieron 67 años juntos. EL 16 de agosto de 1970 se nos fue doña Luisa. A don Nino le tocó vivir siete años solito. Él murió el 27 de octubre de 1978, acompañándola a los 92 años.
Así termina la historia de los fundadores de la familia Álvarez Brenes.


Vuelvo a la labor Bibliotecaria

En el año 1969 me llamó Efraim Roja, de la Biblioteca de la Universidad de Costa Rica, para ofrecerme las lecciones de clasificación y catalogación de libros en la Carrera de Bibliotecario. Se acababa de crear la carrera.

—Miriam te necesitamos—, me dijo, —solo vos podés dictar esas lecciones—.
— ¡Cómo se te ocurre! Yo no volví a ver nada de libros. Estoy metida entre ollas, lavadora e hijos. Acordate que soy ama de casa—.
—No hay quien dicte esas lecciones. Tenés que aceptar—.
Regresé a mi casa pensando que la tarea era dura. Buscar libros actualizados y además tendría que aprender la nueva Clasificación de Dewey. De remache todo en inglés. En marzo empecé de profesora en la Universidad de Costa Rica. Comencé a preparar un programa de trabajo para el primer año y me di cuenta de que era necesario hacer material en español para que los muchachos estudiaran. Algo teníamos de lo que Nelly y yo habíamos preparado para el curso que se dio a los maestros años atrás.
Las lecciones tenía que prepararlas basadas en los textos en inglés, para ir a enseñar al día siguiente. Me sentía muy mal dando lecciones atada a un libro. Agréguese a esto que el grupo de primer año, era en su mayoría, maestras con muchos años de servicio. En fin, así pasó el primer año de trabajo, casi trabajando con bordón.
Unido a lo anterior, a Eladio le tocó ese año asistir a un Seminario de Alimentos en Dinamarca y me pidió que lo acompañara. Siempre he dicho que esa es la razón por la que yo no borro el año 1969 de mi calendario. El año siguiente fue mejor, ya había preparado folletos y con la experiencia del anterior las cosas mejoraron. Sentía que ya el caballo no me botaba y le fui poniendo riendas y espuelas, hasta cabalgar en una forma segura.
Fueron unos años muy lindos, porque los alumnos me mostraban su confianza, y podíamos dialogar sobre cualquier tema bibliotecario. Me agradaba que hasta las empleadas de la biblioteca me consultaran algunas cosas de logística.
Llegué a preparar un folleto para el manejo de entes corporativos. Me volví a sentir a bibliotecaria.
Salió la primera graduación de alumnos licenciados en bibliotecología. Entonces el señor Decano de la Faculta de Educación nos envió una carta a los profesores fundadores de la carrera de bibliotecario, que por no ser licenciados, no podíamos dar lecciones en la carrera.
Yo, que tengo mi carácter, recordé cuánto me había costado prepararme para ser profesora, así que no esperé segundo aviso. Recogí mis libros y regresé a mi casa. Eso me hizo alejarme por años de la Universidad. En el año 2012, de la Escuela de bibliotecarios me invitaron para la presentación del libro de la Historia de la bibliotecología en Costa Rica. Allí yo les conté por qué yo estaba enojada con la Universidad de Costa Rica. Muy cariñosos, luego reeditaron mi primer libro de Clasificación de libros y en un emotivo homenaje, me hicieron entrega de él. Resulta que yo soy la única persona que queda viva de los tres fundadores de la carrera de bibliotecario.


Viaje a Europa

En 1969 Eladio debía asistir a un Seminario de Alimentos en Dinamarca. Me dijo entonces: —Mira, voy para Europa. Si vos querés me acompañas. A mí me dan todos los gastos, solo tendríamos que pagar lo tuyo. Creo que solo así podremos conocer Europa—.

A mí me preocupaba dejar a los niños; Lucía acababa de cumplir año. Una tranquilidad era que quedarían con la tía Tey, que era como su abuela. Para agravar la situación Lucía, que acababa de pasar la tosferina, se resfrió y le dio una fuerte bronquitis. Dichosamente sanó bien y el médico me dijo: —Ya no hay peligro—.
Finalmente me decidí y nos fuimos. Hicimos el viaje en otoño. Dinamarca es un país muy bonito, tranquilo, muy limpio. El seminario se desarrolló en Copenague; ahí residimos.
El primer día Eladio salió para el seminario y yo me fui a conocer la ciudad. Tomé un bus y me bajé en su última parada. Me encontré una tienda pequeña y en la ventana había cosas para niños, muy bonitas. Entré y me di cuenta de que la señora hablaba danés y yo español. ¿Cómo nos entendíamos? Saqué el retrato de mis hijos y con los dedos le indiqué la edad y mostré lo que quería comprar. De esa forma hice mi primera compra en Dinamarca y me di cuenta de que era muy fácil entenderme aunque nos supiera el idioma.
Luego me pusieron como auxiliar a una persona que hablaba español y entonces comencé a conocer lo que me interesaba de la ciudad.
Lo primero fueron las bibliotecas. Descubrí una infantil, preciosa, que me hizo pensar en una para Heredia. Conocí la casa de Hans Christian Andersen y el parque donde está la estatua de La Sirenita.
Fuimos al museo en donde se exhiben los diferentes tipos de construcción usados en Dinamarca a través de su historia. También asistimos a una presentación de danzas y trajes típicos del país.
Por la noche, fuimos al parque de diversiones, Tivoli, un lugar donde hay medios de diversión para todos, desde los niños pequeños, hasta los adultos. Allí encontré desde volantines, hasta casas de juego. Lo que más llamó mi atención es que si bien usan la misma moneda de Dinamarca, las del parque están marcadas con un agujero, de manera que solo en el parque se pueden gastar.
Los daneses son gente tranquila, silenciosos. En un restaurante toda la gente está conversando, pero no se oye nada. Si hay música es muy suave. Me encantó este país, creo que yo podría vivir allí.

Suiza
De Dinamarca volamos a Suiza, otro país tranquilo y muy ordenado. Fuimos invitados por la Nestlè. Nos recibió un señor muy atento, empleado de la compañía que se encargó de que nuestra estadía fuera muy placentera. Nos ubicó en un hotel para adultos mayores, porque creyó que éramos viejitos y la pasamos muy bien.
La primera visita fue a la fábrica de chocolates. La recorrimos toda y vimos la elaboración de los diferentes productos. Al terminar nos pusieron frente a una mesa donde estaban todos los productos para que nos sirviéramos de lo que quisiéramos. Eladio por cortesía tomó uno. Yo venía harta del olor a cacao y no fui tan valiente.
Fuimos a una fábrica de quesos y para ello tuvimos que recorrer el campo y las montañas, ver las cabras con sus campanas y conocer la sencillez con que trabajan el queso los campesinos y las pequeñas bodegas en que lo guardan. También conocimos acerca de las diferentes formas en que consumen el queso.
Visitamos los jardines bellamente decorados y los relojes hechos con puras flores. ¡Cómo me sorprendió ver la pequeña Santa Lucía de nuestros campos como preciosa flor decorativa en los relojes!

Francia
De Suiza volamos a Francia. Estuvimos en París conociendo los museos y las catedrales.
Eladio fue a conocer una fábrica de vinos. Luego nos llevaron a conocer una fábrica de champán que estaba ubicada en una de las catacumbas que usaron los primeros cristianos para esconderse. Nos dijeron que esta clase de vino solo se puede elaborar con la uva que crece en esta región. Y que necesita una temperatura que solo la permitía las catacumbas. También conocimos una fábrica de paté de hígado de ganso.
Recuerdo que una noche nos perdimos en el metro y no encontrábamos nuestra parada. El francés no es muy atento. Salimos del metro gracias a dos muchachos mudos que nos indicaron nuestra parada. La última noche la disfrutamos navegando en las aguas del Sena, cenando y oyendo un precioso concierto de acordeones.

España
Pasamos a Madrid donde estuvimos poco, porque seguimos para Barcelona. Ahí nos hospedamos en la casa de mi amiga, Aurora Díaz Plaja, y lo pasamos muy bien.
Lo primero que visitamos fue la biblioteca donde trabajaba Aurora. Una biblioteca infantil en medio de un parque. Así fuimos recorriendo la ciudad y sus atractivos. Una noche, Aurora nos llevó a Los Tarantos, un lugar donde bailan flamenco ¡Cómo disfrutamos!
Hicimos un tour a la Isla Mayorca. Un lindo viaje a unas grutas bajo tierra. Una experiencia muy agradable.
Por último pasamos a Valencia, donde nos atendió una pareja muy linda que nos llevó a conocer la ciudad en coche.

Portugal
El final de nuestro viaje estuvo en Lisboa. Nos sorprendió la arquitectura, tan diferente, y la gente tan afable.
Hicimos una excursión al Santuario de Fátima. Como Eladio hablaba portugués, al momento pasamos a ser parte de un grupo de viajeros. A pesar de que disfrutamos mucho, el viaje de Lisboa a Fátima fue muy largo.
Finalmente regresamos a Costa Rica.


Los domingos en nuestra familia

El domingo era un día muy especial en la familia. Como era día libre, no había que madrugar para ir al trabajo y entonces todos los chicos caían a la cama de matrimonio; era el inicio de la camaradería. Desayunábamos y había que ir a Misa. Eladio se quedaba alistando jeep (un carro de doble tracción, marca Austin, color café, y capota de lona), y el almuerzo que llevaríamos al paseo. Siempre había paseo. Algunas veces a un balneario, otras simplemente a un potrero, a comernos el almuerzo en el campo. En aquellos tiempos, se podía entrar a un potrero y simplemente tender el mantel para sentarse a almorzar, sin temor de que llegaran a desalojar o lo que es peor a asaltar. Era la Costa Rica tranquila, de gente amigable, es más, si por allí aparecía el dueño, uno se atrevía a ofrecerle «un gallo».

¡Cuánto disfrutamos aquellos viajes! Todo el mundo bien acomodado en el jeep. De pronto alguien arrancaba con una canción y comenzaba la serenata. Generalmente era Gabriel con: Escucha hermano la canción de la alegría… y de allí en adelante seguían cantos de escuela, populares y hasta operetas.
Cuando escogíamos ir a nadar podía ser el balneario Ojo de Agua, la Finca de la Ande, en San Antonio de Belén, con Macho y Hilda al Club de Leones, en Alajuela, a Los Lagos de Lindora en Santa Ana, El Laguito Phillips en Cebadilla de Alajuela, Los Trapiches en Grecia, o las aguas termales en Cartago. Cada lugar tenía su encanto y nos permitía disfrutar de las bellezas de nuestro país.Ya cuando Alejandra y Mauricio eran adolescentes, si estaban muy revoltosos, decía el papá: -Hoy vamos a los Lagos de Lindora-, y a la vuelta nos  pasaba por el Asilo de Rehabilitación de Santa Ana, donde vivían, al cuidado de unas monjas, muchos niños que tuvieron polio y quedaron con discapacidades físicas. Era la mejor medicina para que los hijos valoraran el tesoro que era disfrutar de una salud completa. Cuando estábamos cerca de la casa de papá y mamá terminábamos con ellos la tarde.
En 1963 Eladio se fue a sacar una maestría en Salud Pública a Brasil, por un año. Entonces los viajes eran en bus. Por dicha Tey estaba con nosotros y ella cooperaba en la comitiva. Yo hice dos salveques, uno para Alejandra y otro para Mauricio, donde ellos cargaban abrigos y mantillas. Gabriel iba en brazos. Generalmente el viaje era a Grecia, donde papá y mamá. El regreso era generalmente por la noche y había que tomar un taxi para llegar a la casa.
Recuerdo que una vez llegamos a la parada de taxis y un señor nos dijo: —Adonde ustedes viven, yo no voy—. Las calles estaban tan malas por este lado… Dichosamente otro taxi nos trajo. Normalmente, nosotros no sufríamos por las calles, porque el Austin gozaba de doble tracción, que en muchos de los días de lluvia se necesitaba para entrar hasta la casa.
Nunca podré olvidar el 1 de enero de 1965. Eladio estaba preparando el Austin para salir de paseo y tenía a Gabriel montado en el auto. Se vino a  la casa a llevar algo y dejó el auto en marcha atrás con el chiquito dentro del carro. El chico tocó algo y de pronto oímos a un vecino que gritaba: — ¡Don Eladio, don Eladio: el chiquito manejó el carro! —.
Salimos a ver y el jeep estaba en el lote vacío de al lado ¡acomodado entres dos árboles! Quedó tan bien puesto que yo creí que el papá lo había acomodado allí. Cuando me acerqué, Gabo estaba blanco como un papel: — ¡Shuto, mamá! ¡shuto mamá! —, me dijo. Había bajado el paredón para atrás. Yo digo que fue el Ángel de la Guarda el que guió el carro para que no sucediera una desgracia.


Las vacaciones de verano

Durante las vacaciones largas, había que hacer un paseo especial; casi siempre era una semana en la playa. Generalmente íbamos a Mata de Limón, donde alquilábamos una cabina y pasábamos una semana, yendo dos veces al mar, por la mañana y por la tarde. El resto del día se gastaba en caminatas y por la noche, antes de dormir jugábamos naipe o algún otro juego de mesa. Me parece un día ver a Mauricio, como de tres años, parado en la puerta de la cabina diciendo: —Vámonos pa’ mi casita—. Nunca fue amigo de la arena.

Otras veces nos íbamos a la casa de Lucina, en Liberia, y de allí viajábamos a las playas de Guanacaste. Varias veces fuimos a La Chácara, la finca de Quincho Muñoz en Liberia. Era muy agradable vivir en aquella vieja casona, típica de finca, en Guanacaste, y disfrutar de la vida de campo. Allí además de ganado vacuno había cabras y en un viaje regresamos con una cabrita de regalo. La dueña era Lucía y la cabra se bautizó Chacarita.
Otras veces fuimos al sur, a Manuel Antonio.
El último viaje que hicimos con Gabriel fue a Panamá. Eladio había propuesto ese viaje para fin de año. Como Gabriel ya estaba enfermo, un día, durante la cena Eladio dijo:
 —Mejor vamos a Panamá cuando Gabriel esté bien—.
—Si no vamos ahora, no vamos- contestó Gabriel. Y se hizo el viaje.
Fue una experiencia muy bonita para todos, pero creo que quien más disfrutó el paseo fue Gabriel. Me parece verlo cuando llegamos a la frontera, comiendo con avidez las frutas que había a la venta: manzanas, peras, uvas. La meta era pasar por Colón para finalizar en cuidad Panamá para conocer el Canal. Todo lo hicimos. Cada uno llevaba su platilla porque todos trabajábamos en artesanía. Gabo era el que tenía más dinero porque era el mejor vendedor. En el supermercado compró todas las frutas para el queque de Navidad y disfrutó comprando turrones de Alicante.
—Este es solo para mí—, dijo tomando uno que traía tres turrones.
Una de las noches fuimos a un parque de diversiones y ahí gozaron montones en los carros chocones. Al regreso pasamos a desayunar con Nico Álvarez, el veterinario amigo de Eladio, quien vivía en Chiriquí. Allí Gabriel se sintió mal, vomitó después del desayuno. Este fue el último paseo de Gabriel, y dichosamente, lo disfrutó plenamente.


Gabriel

Yo debería escribir una aparte de todos mis hijos, pero lo dejo para que sean ellos mismos los que la escriban. Les voy a hablar de Gabriel, que fue el que nos dejó cuando tenía apenas trece años.

Justo tenía yo un mes de embarazo de este niño, cuando me cogió un fuerte cólico y me tuvieron que operar. Los médicos apostaban entre un embarazo extrauterino o un quiste en un ovario. Resultó ser lo último y cuando salí de la anestesia me dijo Hilda, la esposa del Macho:
—Miriam todo salió muy bien, fue un quiste en un ovario y lo quitaron, así es que el bebé que usted tiene en sus entrañas aun está allí—.
Todos opinaban que ese niño no pegaría, pero el deseó vivir y el 25 de abril de 1963 llegó al mundo en un parto normal. Fue un niño muy sano, a pesar de que le tocó convivir con la época de la ceniza que lanzaba el volcán Irazú. Además fue este el año en que le dieron a Eladio la beca para que fuera a estudiar Salud Pública a Brasil.
Un lunes de marzo de 1969 ingresó al jardín de Niños Cleto González Víquez. Son sus primeras maestras las profesoras Marta Arias de Cordero y la niña Lidya Quesada Morales. Fue este un año muy feliz para Gabriel; disfruta cada instante en el jardín de infantes y regresó lleno de ilusiones para el nuevo día.
Creció muy bien y se educó, como todos sus hermanos en la Escuela Laboratorio, donde se destacó como un buen alumno. Su maestra de grado durante todos los años fue la niña Vilma Córdoba y doña Carmen Zamora, la maestra de artes. Dicho sea de paso, aunque era amigo de todas las maestras, sus dos preferidas fueron las que he citado.
La niña Carmen Zamora le abrió la puerta a un mundo que fue un ensueño para Gabriel: el mundo del arte. El dibujo, la pintura el modelado, todo lo que es creación, fue para él, desde ese momento en adelante un atractivo. Saltó ahora de los libros a la creatividad y de esta a los libros, porque una cosa complementa a la otra y ello lo hizo feliz.
Un día llegó y me dijo: —Mamá yo quiero aprender a tocar violín—.
—No Gabriel, no invente comprar otro instrumento aquí hay piano, guitarra y acordeón—. Él no dijo nada. A los días llegó de nuevo y me dijo:
—Mamá, yo hablé con don Leonardo Soto, que toca violín, y me dijo que yo necesito un violín pequeño, que es difícil conseguirlo. Que si quiero él me da teoría y cuando aparezca el violín comenzamos con él—. Yo le dije que estaba bien. Así es que comenzó a ir a lecciones de teoría.
Un buen día apareció el violín. Y la tía Tey, que fue su madrina, le compró el instrumento, porque yo ya le había dicho que no lo compraba.
Así comenzó la época del violín en esta casa. Al comenzar el nuevo año, la Sinfónica Juvenil lanzó el plan para reclutar nuevos estudiantes y Gabriel dijo que él quería ir a aplicar. Fueron los tres hermanos a la prueba y por supuesto la ganó él. Se inscribió en la Sinfónica y en agosto de 1973 comenzó a viajar a San José, dos tardes, con su violín un día a lecciones y el sábado a orquesta. Muchas veces, cuando yo venía de la Universidad a coger el bus, el chequeador me decía:
—No se vaya en este bus, espere al chiquito porque no ha venido—. Entiendo que en estos viajes en bus él hizo muchas amistades porque era un buen conversador.
Su profesor era el Sr. José Antonio Chaín y se entendían muy bien. Una vez yendo para la orquesta le quisieron robar el violín. Esto lo asustó mucho, y decidió dejar la Sinfónica.
En 1975 comenzó a recibir lecciones con el profesor Austriaco Alfred Wittman, quien deseaba hacer del niño un músico verdadero. Siempre tenía proyectos entre manos. Muchas veces el sábado me decía:
—Mamá no vayamos a la finca. Quedémonos para hacer tal cosa—.
—Gabriel, su papá se va a enojar—. Nos quedábamos y salía el nuevo proyecto.
Terminó la escuela y en 1976 entró al Liceo de Heredia, un joven feliz, lleno de proyectos. Se abrió ante sus ojos un mundo nuevo que él asumió como persona responsable, cooperadora y activa. Sus compañeros le nombraron presidente del grupo, y él cumplió su misión a cabalidad. Continuó siendo el esforzado estudiante de la escuela primaria, y ansió vivir plenamente sus días de colegio, dejando una huella a su paso. Trabajó muy bien durante todo el curso y obtuvo muy buenas calificaciones.
En noviembre comenzó enfermo. Fue al médico y trató de restablecerse pronto para ir a Panamá con su familia. Gozó del viaje plenamente: observó la naturaleza, curioseó las tiendas, compró y comió lo que deseaba, habló con la gente y disfrutó del arte a cada paso. Regresó Costa Rica con un cúmulo de ilusiones y nuevas experiencias.
La enfermedad que se inició días antes no lo abandonó, pero él tuvo tiempo para trabajar arduamente en su arte: preparó el queque de Navidad e hizo arreglos para la casa. También confeccionó regalos y celebró la Navidad, la fiesta de su encanto, con el entusiasmo de siempre. Ayudó a preparar la cena, cantó villancicos, fue a la Misa del Gallo, pero estuvo muy enfermo.
El 3 de enero ingresó al Hospital San Juan de Dios para hacerse exámenes. Salió para regresar a los quince días. Su salud se quebrantó por completo, lo operaron de un tumor en el cerebro. Se ganó el aprecio de médicos, enfermeras y de toda persona que le trató en el hospital.
Perdió el habla, pero se comunicaba con letras de mano o simplemente con señas. Aún entonces sabía demostrar valor, ser cariñoso y optimista. Siendo un adolescente, se volvió un niño y disfrutaba cuando su madre le cantaba o recitaba todo aquello que le decía cuando apenas era un bebé que acunaba en sus regazos.
Y así, siendo apenas un niño, una madrugada perdió el conocimiento y continuó  viviendo por ocho días en un suave sueño, para entregar dulcemente su tierna y niña alma al Creador el domingo 6 de febrero de 1977.
He narrado la vida de un muchacho que en sus cortos trece años vivió plenamente, disfrutó la belleza de vivir y supo dejar un cúmulo de recuerdos y cariño en su hogar y en todas las personas que lo conocieron.


La biblioteca infantil

Cuando visité Dinamarca, entre los recorridos que hice, conocí una biblioteca infantil y quedé enamorada de ella. Era un local todo alfombrado donde los niños, tirados en el suelo, leían libros, escuchaban discos y disfrutaban de todas las actividades con una libertad fascinante.

Luego en España, Aurora Díaz Plaja me llevó a conocer la biblioteca infantil que ella dirigía. Estaba ubicada en un parque y lo que me llamó la atención era que a la entrada había un lavatorio de manos.
— ¿Por qué aquí el lavatorio?- le pregunté. Y Aurora me contestó: —La mayoría de los asistentes son gitanos que vienen de jugar en el parque. Deben lavarse las manos para usar los materiales—.
Esas dos experiencias me impactaron profundamente. Me dije: en Heredia tiene que haber una biblioteca Infantil. La imaginé ubicada en la sólida glorieta que había en el Parque Alfredo González Flores. Vino a Costa Rica en esos días Aurora Díaz Plaja, le narré mi proyecto y la llevé a conocer la Glorieta.
—Miriam, ya tienes el inicio y muy sólido. Voy a tomar las medidas y mi marido, que es arquitecto, te hace el plano—, dijo Aurora. Poco tiempo después recibí el plano.
Con toda la ilusión del mundo organicé una reunión con la comunidad herediana para iniciar el proyecto. Llegó bastante gente. Les expuse mi plan y un profesor del colegio, del cual no quiero ni recordar el nombre, se paró y dijo que el asunto era difícil y que en Heredia la gente no ayudaba. Eso apagó los ánimos. A la segunda reunión no llegó nadie.
Pues esta Miriam Álvarez se enfadó y se dijo: —Con los heredianos no me vuelvo a meter para nada—.
Tiempo después, Orlando Bolaños, un joven de la ciudad que manejaba un grupo comunitario me pidió que retomáramos el proyecto, pero no lo secundé.
Trabajando en el Ministerio de Educación le conté a Ilse Hering, mi jefe, de este proyecto y le mostré el plano. Le gustó la idea y de allí nació la Biblioteca Infantil Carmen Lyra, la cual funcionó por años bajo el quiosko del Parque Central de San José.
Pasaron los años y en la década de los años noventa un día me llamó Alice Miranda, profesora de la Escuela de Bibliotecología y me dijo: —Doña Miriam, en uno de los libros que usted donó a la biblioteca de la Universidad yo encontré una carta que usted envió a la esposa de la Primera Dama de la República, pidiéndole ayuda para un proyecto de biblioteca infantil que usted proyectaba para Heredia. Retomemos esa idea—. Le contesté que yo había prometido no trabajar con los heredianos y que no ponía manos en el proyecto.
Tanto insistió que acepté ir a una reunión a la Universidad. Comentaron la idea de hacer una biblioteca para los niños de Jardines Dos, un barrio marginado anexo a la Universidad. Se dijo que como allí había poco espacio, lo mejor sería para instalarla, usar un viejo vagón de ferrocarril. ¡Me tentó la idea! Lo primero que se haría era solicitar el obsequio del vagón. Se mandó la carta al INCOFER y rapidito nos contestaron positivamente. ¡Había tantos vagones! y como que estaban deseando salir de ellos.
Alice y yo fuimos a buscar un lugar propicio para instalar el vagón en el barrio. No fue posible encontrarlo: las calles angostas y el terreno poblado de casas.
En la siguiente reunión nos enfrentamos al problema de que nos habían donado el vagón de ferrocarril, así que teníamos que usarlo. Lo más prudente era instalar la biblioteca en el campus de la Universidad, en el lugar más cercano al Barrio Jardines Dos. Se consultó con la rectoría de la UNA y nos apoyaron dándonos un espacio.
En ese momento teníamos un vagón de ferrocarril y el espacio para instalarlo. ¡Pero nuestras manos estaban vacías, no teníamos ni cinco centavos para comenzar a trabajar! Comenzó la dura labor de conseguir dinero. Se enviaron cartas, se tocaron puertas y cada miembro de la comisión hizo lo que pudo. Dichosamente los heredianos respondieron positivamente.
Una lluviosa mañana del mes de octubre, aprovechando el poco tránsito que hay durante la madrugada, el INCOFER envió el vagón a Heredia. Aún recuerdo el costo para bajarlo del medio del tráiler en el que venía montado. Al ponerlo en el suelo casi se vuelca. Los que lo estábamos recibiéndolo, creímos que se había hecho añicos en el suelo. Dichosamente nada pasó.
¡Estaba tan viejo el pobre que comprendimos que teníamos una dura empresa entre las manos!
La comisión de trabajo estaba formada por el licenciado Hernán Mora, representante de la Universidad, las señoras Flory Fournier, Rita Cabezas, dos representantes del Barrio Jardines Dos, de quienes no recuerdo los nombres, Alice Miranda dirigiéndonos, y mi persona.
Un día recibimos una carta informándonos que ese vagón era patrimonio nacional, por consiguiente, debía ser restaurado respetando su construcción inicial. Menudo problema nos cayó, ahora había que hacer un plano de cada una de sus partes y trabajar con los materiales de su construcción. Además de tiempo, nos subía el costo. Realmente yo no sé cómo hicimos. Fue obra de titanes porque no teníamos ni cinco centavos en caja. Cada quien hizo su obra, pidiendo ayuda a la gente conocida y a las empresas. Finalmente logramos comenzar.
He de agregar que también nos donaron dos contenedores, así que destinamos el vagón para sala de lectura y los contenedores, uno para oficina, y el otro para almacenamiento de materiales.
¡Siempre creí que éramos ocho locos queriendo alcanzar una estrella! No estoy segura, creo que alrededor del año 1985, la UNA nombró a la licenciada Sandra Alpízar como encargada del proyecto y continuamos bajo su dirección. La labor fue lenta. Se comenzó por limpiar el terreno en donde se había colocado el vagón y los contenedores, se elaboraron todos los planos que requeríamos y finalmente se inició la remodelación.
Logramos inaugurar la biblioteca en 1996, con una actividad muy hermosa. Recuerdo la gran asistencia de gente: miembros de la familia, heredianos y universitarios. ¡Se veían tan hermosos el vagón y los contenedores, todos acicalados!
Así fue como comenzó a trabajar la primera biblioteca infantil en Heredia. Lucía Chaverri Álvarez fue su primera bibliotecaria. Después de ella vino Flor Vargas Bolaños, quien es todavía su bibliotecaria. En un principio yo estuve muy cercana a la biblioteca, pero luego me alejé.
Ayer, martes 28 de julio de 2015, porque estoy escribiendo esta memoria, fui a visitar a Flor y me impactó ver cuánto han ampliado esta pequeña biblioteca. Con el gran apoyo de la Universidad se construyeron aulas a su alrededor y una serie de proyectos preciosos para que los niños no solo lean, sino también crezcan conociendo el ambiente, aprendiendo a cuidarlo y disfrutando del entorno. ¡Me sorprendió ver la mini-huerta que tienen! Me alegra ver cómo están tratando de desenvolver a los niños en tantos aspectos, integrando la lectura en sus vidas.
Lo que más me agradó es que Flor, con una gran sonrisa me contó que es la única biblioteca infantil que hay en el Valle Central. Las que la municipalidad tenía en San José las transformó en bibliotecas municipales, en las que se atiende toda clase de público. Y la Biblioteca Infantil Carmen Lyra hace muchos años desapareció.
Un motivo más para dar las gracias a aquellos ocho locos que en 1975 se juntaron para construir una biblioteca infantil.


Termina el año viejo

A pesar de que es una continuidad de días se piensa: ¿Qué de nuevo tendrá el año que viene? ¡Cuántas cosas sucedieron en este año! A un rápido mirar no se recuerdan, pero ha pasado mucha agua bajo el puente.

Los chicos han crecido. El que estaba en la casa va a al kínder; el que está en la escuela sube un grado; y el que finalizó la escuela va al colegio. Y casi sin darnos cuenta, el que hace unos años era un bebé, hoy ya está dejando el colegio.
Es el eterno correr del tiempo que nos enseña cómo se nace, se crece y finaliza la vida. Y nosotros los de más edad, miramos todo con unos ojos más serenos, más tranquilos, porque ya no tenemos prisa; porque caminamos a paso lento, solo observando lo que pasa en el mundo tan diferente que nos rodea.
Este año lo he pasado muy tranquila, la salud se ha portado mejor. A pesar de que he tenido mis ratos de quebranto, han sido menos. Hemos tenido ratos de congoja y ratos de dolor. Siempre duele que algún ser querido se vaya y este año le tocó a Carmen María Brenes Rojas partir. No se hace una a la idea de que se vaya alguien que una considera joven. No obstante, se parte cuando te llaman y de Carmen nos queda la valentía y el amor con que enfrentó la vida. Vimos partir otros, no tan cercanos, pero que en la vida de la ciudad fueron importantes y ocuparon un lugar de cariño.
Y viene ahora pensar: ¿qué vamos a hacer en el nuevo año? Y entonces la incógnita de ¿cuánto tiempo estaremos por aquí?
Por la noche nos reunimos a cenar. Faltaron los que están lejos: Alejandra, Max, Claudia y Camila, Mauri que ya este año se fue a pasar la noche vieja con la familia de la novia y Virginia que decidió dormirse temprano. En la reunión estuvimos: Mauricio, Jennifer, Cristina, Laura, Marcela, Lucía, y la tía Luisa, que vino a acompañarnos. Comimos pollo, una ensalada que hizo Lucía y postre.
Al final de la cena encendimos las velitas, cada uno la suya y cada quien fue diciendo cómo había pasado el año, si había cometido errores, sus logros, los propósitos para el nuevo año. Fue agradable ver cómo cada quien tuvo un año de triunfos. Mauricio contó que al fin había alcanzado su propósito de entrar en la actividad de los carros en el barro y que se siente muy dichoso de haberlo conseguido con la cooperación de todos los suyos. Jennifer nos presentó sus logros en el trabajo y en la familia. Cristina presentó sus logros y también las pegas que había tenido en el año, manifestando el agradecimiento por el apoyo que le habían dado en los momentos difíciles.
Laura se manifestó contenta de su labor, pero afligida de los momentos de irresponsabilidad que tuvo y con el deseo de mejorarlos el próximo año.
Yo manifesté mi agradecimiento por mi mejoría en la salud y mi nueva experiencia con la labor en la Escuela de Adultos Mayores; además de la entrada a la Escuela de Computación y mi agradecimiento por tener una familia tan bonita que siempre ha estado a mi alrededor. Lucy hizo un recuento de sus logros en la escuela, en su vida emocional y en la familia, con amplia visión para el futuro. Finalmente Luisa agradeció la invitación y la acogida en la familia.
Esta fue la última noche del año 2002. Una noche de unión y de recuento de lo hecho en el año, con muy buenos propósitos para el año 2003.


Victor Álvarez Brenes

Mi hermano. El Tío Víctor. El Tío Pura Vida. El 25 de enero del 2003 me llamó Gerardo Álvarez, el hijo mayor de Víctor, mi hermano, para decirme que a Víctor lo habían traído de Tilarán con un fuerte dolor de estómago y que estaba en el Hospital Calderón Guardia, internado, después de una operación de apendicitis.

Apenas salió del hospital fui a verlo. Me sorprendió que a pesar de estar conversón no era el de siempre. Había algo en él que le hacía más pausado, más ensimismado y meditador de lo que podía pasar. ¡Hasta me llamó la atención porque había llegado a verlo sola! Cierto que me había perdido para llegar, pero en otro tiempo, él lo hubiera tomado como un reto vencido y se hubiera echado su típica risa. Esta vez estaba más meditabundo.
El año pasado, cuando me avisaron que estaba enfermo, a pesar de que me lo encontré postrado, cuando me vio, se sentó y tomando su actitud usual, comenzó a contarme su enfermedad con lujo de detalles. Luego se olvidó de ella, para hablar de las tantas cosas que le gustaba contar.
De regreso a mi casa, a pesar de que me vino a dejar Gerardo y de que pasamos un agradable rato de tertulia, recordando cosas de la familia, yo quedé meditando que el “Tío Pura Vida” no era el mismo.
Hoy hace nueve días que se fue. Parece mentira, pero el tiempo pasa demasiado rápido. A esta hora, precisamente se están preparando para la misa de novenario. Me duele no haber asistido, pero en la noche no me gusta desplazarme, porque igual que  él, a pesar de que tengo menos años, mi salud no es tan buena y prefiero cuidarme un poco.
Todo un mes estuvo enfermo Víctor. Una apendicitis que se descuidó un poco, se transformó en peritonitis y aunque salió del hospital, la infección continúo haciendo su labor. A esto se agregó una neumonía que lo hizo retornar al hospital para no salir más.
En esta tarde, mientras trato de escribir estos recuerdos, se me viene a la memoria, que allá por el año 1913, murió el abuelo Víctor también de una apendicitis, llamada en ese tiempo cólico miserere, que no era operable. ¡Qué extraña coincidencia: en 1913 murió el abuelo y a los 90 años murió el nieto del mismo nombre, con el mismo mal!
Víctor Álvarez, el muchacho que un día vi llegar a la casa de mi abuela Rafaela, en busca de una vida diferente a la de Guanacaste. El hombre no era para trabajar la tierra, buscaba otros rumbos. Realmente los encontró. Y vuelvo a relacionarlo con el abuelo Víctor. Parece que el llevar su nombre le hizo, en cierto modo, recoger algunos de sus genes. Cómo él, se hizo zapatero, buen zapatero, especialmente de zapato de niño. ¡Cuántas horas pasé a su lado mirándole montar y coser zapatos de niño! ¡Y con qué gusto y qué bien lo hacía! Trabajaba en el que llamábamos «el cuartillo de Dora», en la casa de Abuela. Allí pasaba las horas trabajando, cantando y silbando. Me parece que había encontrado lo que buscaba.
Desgraciadamente, el gremio obrero en el que se metió, le enseñó, además del oficio, algunas mañas y comenzó a tomar licor como el abuelo. Como que a él también le gustó más de una mujer.
Se devolvió a Tierras Morenas y se casó con Catalina González. Vivieron un tiempo allá, luego se vinieron a Sabanilla de Alajuela y de allí no recuerdo a qué lugares más pasó. Finalmente llegaron a Purral de Guadalupe, donde se estableció la familia.
Siempre recuerdo que cómo pasaban de un lugar a otro decía papá: — ¡Qué calamidad con Víctor!, “piedra que rueda no hecha musgo”—.
Pasaron los años y fueron naciendo los niños, uno tras otro, ocho hijos. Víctor trabajando, Cata al cuidado de la casa y ayudándole también a ganar dinero para mantener a tanto muchacho.
Víctor siempre se cuidó de visitar a la abuela Rafaela y de traer sus niños para que la conocieran. Siempre recuerdo que una vez vino con Gerardo pequeñito y Tey había hecho ensalada de frutas y le dio un plato.
 Entonces siempre que Gerardo venía donde la abuela, le decía al papá: — ¿Vamos dónde la señora que me dio “sopa de banano”? —.
Víctor siempre que podía venía a hacerme visita. Una larga visita, en donde hablábamos de todo; de su familia, de mi familia, de la familia nuestra, de los viejos, de los hermanos y ¡siempre añoraba el no haber estudiado! A su manera, le reclamaba a papá su forma de ser y el haberse ido para Tierras Morenas. Él creía que si se hubieran quedado en Santa Bárbara, su formación hubiera sido muy distinta.


Carlitos, también yo ajusté los seis reales

Ajusté los seis reales, dijo mi Tío Carlos cuando cumplió los setenta y cinco años de edad. Yo vi aquello tan lejano que nunca pensé que un día yo también diría las mismas palabras.

El sábado 22 de febrero del 2003 cumplí yo, Miriam Álvarez Brenes, setenta y cinco años. ¡No me parece que tenga tanto tiempo de andar por estos barrios, pero es así! En alguna oportunidad pensé: “cuando cumpla los setenta y cinco, voy a hacer una reunión de familia”. Luego me puse a pensar que la gente siempre se siente comprometida a llevar regalos y eso me hizo desistir de la idea.
Pues bien, viene Víctor Vargas a hacerme una visita y hablamos de mi cumpleaños y al muchacho, ni lerdo ni perezoso, se le ocurre hacer la reunión y solo me llama para decirme si acepto. Por supuesto, no podía despreciarlo, solo le pedí que la condición fuera que no hubiera regalos. Y me contestó, yo lo aviso así.
¡Gracias Víctor, por tu bella idea! Nos reunimos el domingo 16 de marzo a las dos de la tarde en casa de Víctor y fue una tarde maravillosa.
Los primos hicieron, como recuerdo de la reunión, un hermoso marcador de libros, con el escrito de la Madre Teresa de Calcuta: «Solo para mujeres fenomenales». Nenia hizo la presentación y Mary leyó la página. Yo creo que todos tienen un muy alto concepto de mi persona y a veces me da miedo defraudarlos.
Yo soy la prima que los vio nacer a todos ellos, dentro de un conglomerado familiar que si bien estaba conformado por diferentes hogares, giraba alrededor de un eje central: la abuela Rafaela y esto hizo que fuéramos una verdadera gran familia. Aún mis padres y hermanos, que estaban en Guanacaste, entraban en el conglomerado. Al ser la menor de la casa, yo estaba más cerca de los primos que iban naciendo y eso me hizo unirme más a ellos. Mis primos de Heredia fueron mis hermanos pequeñitos. Con ellos crecí y con algunos me tocó convivir.
¡Cuántos recuerdos vinieron a nuestras mentes en esa tarde! Algunos los expresamos, otros se quedaron guardados, pero todos tan dulces... Fue el revivir tiempos idos. Creo que la que más habló fui yo, precisamente porque podía contar de todos. Pero cada quien contó lo que recordaba, de viajes a Guanacaste, de aventuras, de sucesos.


Solo para mujeres fenomenales
Siempre ten presente que la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco, los días se convierten en años...
Pero lo importante no cambia; tu fuerza y tu convicción no tienen edad.
Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña.
Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.
Detrás de cada logro, hay otro desafío.
Mientras estés viva, siéntete viva.
Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.
No vivas de fotos amarillas...
Sigue aunque todos esperen que abandones.
No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.
Haz que en vez de lástima, te tengan respeto.
Cuando por los años no puedas correr, trota.
Cuando no puedas trotar, camina.
Cuando no puedas caminar, usa el bastón.
¡Pero nunca te detengas!
                                                                          – Madre Teresa de Calcuta


La tía Olga cumple noventa años

El sábado 26 de abril todos estábamos preparados para la gran fiesta. Llegamos a la casa de Gonzalo y Flory, donde sería la reunión. Se congregó toda la familia, los hermanos de Olga y los sobrinos. Mucha gente, toda con cara festiva, porque Olga es una persona muy estimada por todos.

Cuando nosotros llegamos ya los Camacho habían llegado: allí estaban Ricardo y Flora, Arnoldo, Álvaro, Nora y un montón de sobrinos, todos linda gente, de quienes no sé el nombre.
Gonza puso un enorme toldo en el patio y allí acomodó mesas que se fueron llenando según llegaba la gente. En el corredor del frente estaba instalado Yanarella con su órgano y él se encargó de amenizar toda la fiesta con su linda voz y música de los tiempos idos, que mantuvo entusiasmada a toda la gente. Cuando entró la tía Olga, elegantemente vestida de azul, comenzó la fiesta en un hermoso ambiente de familiaridad y cariño. Fue un reconocerse porque había muchas personas que no nos volvimos a ver desde lejanos tiempos.
Gonza tenía la foto de novia de Olga muy a la vista y un álbum con fotos de historia de la familia. Sorprende ver cómo, aquellos de entonces, hoy son importantes personas: señores doctores, con hijos doctores, abogados, Presidente del Tribunal Supremo de Elecciones, maestros, profesores, ministros y muchas otras profesiones.


Año nuevo, 2006

Estamos 31 de diciembre, 2005. Termina un año que pensándolo bien ha traído bastantes novedades y congojas. Lo empezamos alegre, reunidos frente a la mesa, haciendo recuerdos del año ido y votos para el nuevo año. Y creo que dentro de lo posible, cada quien hizo su camino.

En lo que a mí respecta, me tocó un año más probado en la salud. El 11 de febrero, como regalo de la Virgen de Lourdes, me caí bajando las gradas de la tienda El Rey, con tan mala suerte que prensé la mano derecha y logré una quebradura. La enyesada fue rapidísima. Fui al hospital y ahí me estaba esperando Víctor Julio. En una hora me hicieron una radiografía y me enyesaron. Entré a las tres de la tarde y a las cuatro de la tarde estaba de vuelta en la casa. Pasé un mes chineando el brazo, pero fuera de la incomodidad, no hubo ningún contratiempo. La quitada del yeso sí fue más difícil, pues al enyesar no se había hecho ningún papel y tuve que esperar que Julio tuviera un chance para que él me pudiera remitir.
Durante la larga espera en el hospital cogí el virus del vómito que en esos días andaba rondando, y fue seria la cosa, porque el virus me afectó el ojo izquierdo y se me bajó el párpado. Pareciera que eso es una cosa pequeña, pero para mí no lo fue, porque no podía ver bien y esto me obstaculizó leer, coser o tejer.
Nada podía hacer y Miriam no es una persona para estar sentada sin laborar. El resultado: me deprimí. Hubo que buscar médico, vino una geriatra, buena gente, que me examinó desde el dedo gordo a la cabeza y me dijo: —Señora usted no tiene nada, su organismo está muy bien, lo único que le afecta es ese ojo que no se abre, pero salga con cuidado, vaya cerca de la pared para que no se caiga—, y me mandó a taparme el ojo derecho para forzar el izquierdo a abrirse, pero no logramos nada.
Todos estaban preocupados por mi situación. José Alejandro me dijo: — Busque a alguien que trabaje con las flores de Bach. Eso la puede sacar de la depresión—, y así fue. Fui donde la doctora Hoffmann, quien después de un examen cuidadoso, me mandó como ejercicio abrir y cerrar los ojos frecuentemente y además me dio medicamentos homeopáticos para la depresión y tratamiento con Flores de Bach. Esta “racha” terminó bien pasada la Semana Santa. La salud continúo portándose muy bien. Y continué en mis actividades cotidianas con muy buen ánimo. El año en general ha corrido tranquilo.
El 24 de octubre, Rafa, el hijo de Anaís, me invitó al cumpleaños de su mamá. Estábamos en lo mejor del temporal. No paraba de llover porque atravesaba la cola de un tornado. No obstante, hicimos viaje. Dios nos ayudó con el tiempo durante el viaje. El domingo, en La Fortuna de Bagaces amaneció lloviendo. Apenas me dio tiempo para pasar a misa. Estaban celebrando una misión y ese día la cerraban, así es que fue una actividad religiosa de gran pompa, con la asistencia de un sacerdote guanacasteco que es misionero en África, quien contó experiencias muy interesantes. Después de la misa había una procesión eucarística y el sacerdote dijo: —Si no les da miedo mojarse, yo me mojo—. Parece que Jesusito no quería que nos mojáramos, porque paró la lluvia, la cual comenzó de nuevo apenas entramos a la iglesia.
Por lo demás, la reunión de familia fue muy bonita; todos los hijos de Anais celebrando el cumpleaños. También visitamos a Juanita que había estado enferma. Allí también calló tremendo aguacero que se llevaron encima Gerardo y su señora en silla de ruedas. Dichosamente no hubo enfermos debido a la mojada.
Regresamos con mejor tiempo. Fue un viaje muy bonito. Gracias a Rafa y a todos los que me llevaron.
En noviembre tuvimos un susto con mi hermana, María Ester. Le dio un sangrado del estómago y estuvo en el hospital. Dichosamente se recuperó rápido. Creo que a causa de esta congoja, también Berta estuvo con problemas en su digestión. Al mismo tiempo, todos estaban preocupados por mi situación.


En la Iglesia del Carmen

Son las 10 de la mañana. He llegado a la iglesia para visitar el Santísimo. Como de costumbre sobre el crucifijo que está en el altar, aparece la pequeña estrellita de luz que me dice: “Aquí estoy”.

A pesar de que es enero, todavía estamos en época de Navidad y el altar está adornado con pastoras rojas. Un rayo de sol entra por una de las ventanillas superiores y conforme se va corriendo, va encendiendo las pastoras en un verdadero fuego de amor. Aquello parecen verdaderas llamas. Así, viene a mi memoria aquel pasaje en que Luisa, al presentar los nueve meses que el Niño Jesús pasó en el vientre de María, considera que, inmediatamente después de su concepción, es tanto el amor de Jesús por los hombres que se enciende en fuego para consumir de amor a todas las generaciones, las pasadas y las futuras. Al correr el rayo de sol va encendiendo más y más las flores. Y yo medito: ¡Cómo iría creciendo aquel amor, hasta llegar a ser una verdadera llamarada! Luego, al seguir su rumbo el sol, el rayo de luz se va apagando y con él se van las llamas que encendieron las pastoras.
Y yo pienso: ¡Señor, cuánto sufres al ver que con tanto esfuerzo tú quieres encender nuestros corazones en tu amor y nosotros, rudas piedras, no entendemos tu mensaje.
Cuando busqué la estrellita de luz que se ubica sobre el Cristo, también ella se había ido.
Sábado, 21 de enero de 2006.


Reunión de V año, 2009

Oración

Señor, aquí estamos de nuevo. Gracias por permitirnos llegar. Faltan muchos de los que iniciamos el camino, esos que Tú has llamado y estamos seguros de que desde el Cielo nos hacen compañía. Los otros que faltan quieren estar, pero no han podido llegar, los que estamos te damos gracias por permitirnos recorrer juntos tan largo camino. Nos conocimos siendo apenas unos adolescentes, temerosos de iniciar una nueva vida.
Apenas si nos veo: los hombres con un saco gris, pantalón azul, camisa blanca, corbata azul y zapatos negros. Las mujeres con enagua azul, blusa de manga larga con puños y cuello azules, marcados con dos filas de hiladilla blanca, pañuelo azul debajo del cuello, zapatillas de media bota negras y medias negras altas de hilo. Creo que todos llegamos estrenando traje, pues veníamos por primera vez a la Escuela Normal de Costa Rica.
¡Qué miedo y qué orgullo ser estudiante de secundaria! ¡Se nos abría un nuevo mundo! Con la ilusión de una juventud llena de esperanzas, nos lanzamos por el nuevo camino.
Fueron cinco años de esfuerzo: hubo ratos de alegría y a veces de congoja, pero siempre de ascenso. Crecimos en ciencia y en amistad. Sin darnos cuenta, un día llegó el momento de separarnos: 20 de octubre de 1945.
Venía la época fuerte de estudio, para entrar a exámenes de bachillerato.
Creo que en esos días se afianzó más nuestra amistad. Siempre las congojas generan unión.
El 8 de diciembre de 1945 recibimos el título de bachilleres en un solemne acto que se celebró en la Sala Magna de nuestra querida Escuela Normal. Acompañados de nuestros padres y queridos profesores, cantamos muy solemnemente el Himno de Costa Rica y el Alma Mater de nuestra querida escuela para jurar, con toda respeto, que seríamos muy buenos ciudadanos. Ese juramento caló muy profundamente en todos nosotros.
Nos separamos y cada quien cogió su rumbo. Había que seguir estudiando porque el cartón que teníamos en la mano era apenas la llave para abrir la puerta de entrada al mundo. En el abanico de estudios que nos presentaba la universidad cada quien escogió una rama. Me sorprende que las cubrimos todas: ingeniería, derecho, farmacia, educación, enfermería, medicina, agronomía y bibliotecología.
Y pasaron los años. Cada quien fue sacando su profesión y al mismo tiempo destacándose como persona importante en ella. ¡Gracias Dios porque nos juntaste en aquellos cinco primeros años de colegio!
Siempre he creído que fuimos un grupo privilegiado. Por alguna razón muy especial nos juntaste, para que además de conocernos, nos quisiéramos como hermanos
Este año al llamar de nuevo para reunirnos he sentido más que nunca ese cariño y esa necesidad de volver a encontrarnos.
Ya no somos los chiquillos atolondrados que un día llegaron al colegio. Han pasado 64 años desde que nos separamos. Cada uno lleva un fardo de experiencia en sus espaldas y el orgullo de haber servido a la patria de la mejor manera, haciendo honor al juramento que con tanto respeto hicimos en la Sala Magna de la Escuela Normal el 8 de diciembre de 1945.
¡Gracias Señor por todo lo que nos has permitido hacer! Solo te pedimos que nos permitas seguir viviendo con la alegría de siempre y que podamos reunirnos muchas veces más para celebrar nuestra hermandad y agradecerte por ello.
¡Son 69 años de amistad!


Danilo Alberto

Miércoles 28 de abril, 2010. Dos de la tarde. Yo estoy rezando y suena el teléfono. Es la sobrina María: —Miriam una mala noticia, Danilo Alberto tuvo un accidente. Está en el hospital de Liberia. El niño que iba en el carro quedó muy malito y lo pasaron en avioneta al Hospital de niños—. Esa fue la escueta noticia. Media hora más tarde vuelve a sonar el teléfono:

—Miriam, Elsie va para Liberia porque Danilo Alberto está mal—.
Y a las cuatro de la tarde el último aviso: murió Danilo Alberto.
Fue un solo pensar: ¿Qué pasó? ¿Cómo sucedió? ¿A quién preguntar? ¡Son esos momentos en los que no sabes qué hacer!
Entre uno y otro telefonazo, continúe rezando. Y entre mis oraciones decía: —¡Señor en tus manos encomiendo su espíritu! —.
Jueves 29. Me voy a misa y pongo un novenario de misas por Danilo Alberto y solo puedo encomendarlo a Dios. Y en la Hora Santa que a continuación se celebraba, conforme el sacerdote ora y canta los recuerdos de aquel chiquillo que cuando murió Gabriel, se vino a acompañarnos. Creo que más que todo a Lucía y a mí se vienen a la mente los recuerdos y con ellos las lágrimas. Luego veo el guapo bombero que subió la iglesia de Grecia al lado de su linda novia el día de su boda y luego miro pasar la linda pareja bajo el arco formado por los chorros de agua de las mangueras de incendio al salir de la iglesia. Conforme las imágenes pasaban por mi mente yo pedía al Señor su eterno descanso, entre lágrimas.
¡De pronto, por la nave central de mi pequeña iglesia, subió el elegante bombero que había visto antes, solo, a paso lento y llegó al altar. Lo único que pude decir fue: — ¡Ya lo recibiste Señor! —.
Ese mismo jueves por la noche me llama Mauricio, que andaba en una labor de trabajo en la zona indígena: —Mamá, ya me enteré del accidente de Danilo Alberto. Mañana llego a las siete para que vayamos a Guayabo.
El viernes, cuando íbamos camino a Tilarán porque allá eran los funerales, fue cuando nos enteramos de lo insólito del accidente.
Danilo junto con Rossi y el niño menor fueron a Liberia. De regreso llovía mucho. De pronto vieron venir un carro que dando vueltas venía contra el de ellos y simplemente los trabó. Fue un accidente horrible, todos quedaron prensados. Hubo que sacarlos del vehículo. Danilo y Rossi quedaron en el hospital de Liberia y el niño fue trasladado al Hospital de niños en avioneta. Parecía que los adultos estaban en mejores condiciones pero el resultado fue otro: Rossi llena de lesiones, Danilo con una pierna quebrada, lo dejaron en el hospital para que pasara la noche y más tarde se agravó. El tremendo golpe recibido con la manivela del carro le produjo un fallo del corazón que ocasionó la muerte ese mismo jueves por la tarde.
El niño está vivo, pero se teme quedará paralítico de la cintura para abajo.


Mucha pólvora para un pequeño zopilote

El 14 de abril del año 2011 la Municipalidad de Heredia estableció la “Condecoración Esmeralda Gutiérrez Flores”, para dar reconocimiento a mujeres que se han destacado en la provincia de Heredia, por el servicio a la comunidad.

Se realizó ese día un acto muy hermoso en el Salón municipal para establecer la actividad que se deseaba realizar anualmente. Fue presentada la vida de Doña Esmeralda, en forma muy acuciosa.
Al conocer la vida de esta mujer tan entregada a la comunidad y tan deseosa de lograr el mejor bien para todas las personas de bajos recursos, en aquellos años, finales del siglo dieciocho, donde esta Heredia era un pueblo apenas naciente y lleno de restricciones. Me pareció muy justo el reconocimiento que la Municipalidad le ha hecho.
Se le asignó a Rita Cabezas Solera la primera condecoración como Mujer del año 2011. Otra pionera en entrega a la mejora de la comunidad herediana. La hemos visto saltando de una a otra actividad para lograr el progreso de Heredia. Muy enferma actualmente, pero creo que su salud ha quedado perdida en ese correr para lograr mejoras para Heredia.
Le asignaron a Miriam Álvarez Brenes la segunda condecoración del año 2011. Aquí sí creo que hubo un fallo. Yo no he peleado como estas dos matronas para alcanzar mejoras en Heredia. Mi labor ha sido muy pobre y muy callada en mi barrio. No merece tanto reconocimiento. ¡Creo que es mucha pólvora para tan pequeño zopilote! No obstante, ya que estoy aquí, lo recibo por todas las humildes mujeres de Heredia que de niña y de joven yo vi trabajar arduamente para formar Heredia.
Aquellas que de Barba, de San Rafael y San Isidro, San Pablo, Barrio Mercedes, bajaron con sus cestas llenas de chayotes, tacacos, huevos, quelites de chayote y de ayote y los brillantes ayotitos tiernos, acabados de coger. También las que, con las gallinas colgando de las patas, y con una cara de satisfacción, tocaban las pertas de las casas para ofrecer su mercancía.
Amistades que con el correr de los días, por aquel continuo encontrarse, se iban haciendo. Las que venían de San Joaquín con lo tamalitos de elote, envueltos en tuza los salados y asados en hoja de plátano los dulces. Cada quien hacía con sumo cariño su mercancía para ganar más clientes.
La hermosa señora de Santa Bárbara que todos los sábados llegaba al mercado con las melcochitas dulces: unas como palitos y otras redondas, trabajadas con dulce de tapa y sobadas a la pura mano, la delicia de los chiquillos y también de los grandes.
Aquellas mujeres que vi doblar espalda sobre una laja o una batea de madera, enjabonando y restregando las ropas, que luego tiraban sobre una lata de zinc para blanquear al sol. Luego las volvían a enjabonar para aporrearla, la enjuagaban y secaban al sol en el alambre, blancas como la nieve. Ropas que eran entregadas de nuevo a su dueño, por unas pocas monedas. Y las que con una plancha de hierro o una de carbón, gastaban la tarde rociando y aplanchando las prendas engomadas. Aquí recuerdo a Zoraida Peñaranda Cambronero quien me entregaba las camisas de mi marido, con el cuello y los puños engomados con goma perla, que parecían traídas de la tienda.
También recuerdo aquellas que frente a una cocina de leña o un fogón hacían las diez deliciosas tortillas que, envueltas en una hoja de plátano soasada, por diez céntimos nos entregaban para acompañar el almuerzo. Vienen a mi memoria los estudiantes que bajaban a pie de los pueblos vecinos a estudiar a la Escuela Normal, algunos con los zapatos en la mano y a la entrada de Heredia, en alguna casa se lavaban los pies para calzarse.
Las maestras que a pie iban y venían a los pueblos cercanos, bajo el sol y la lluvia, a dar sus lecciones. No había medio de transporte a los pueblos.
Todavía miro las madres con todos sus hijos, en el mes de noviembre, el canasto atado a la cintura y la taza enlosada con el almuerzo en la mano, bajar a los cafetales, para en familia lograr el dinero que les permitiría darse un pequeño gustito al final del año.
Por todas esas mujeres que con su tenaz esfuerzo alentaron a sus hijos para que estudiaran y fueran hombres de valer. Por esas que luchando contra viento y marea, fueron construyendo esta Heredia tan bonita que hoy tenemos. Para todas ellas, es esta medalla que la Municipalidad de Heredia con tanto cariño hoy me entrega. Heredia, 14 de abril, 2011.


Viernes 22 de febrero de 2013

Me parece mentiras. ¡Hoy se cumplen ochenta y cinco años de que yo ando por este potrero! A mis hijos y a mis primos se les ocurre hacer una reunión para celebrarlo. Lo hacen en la finca, allá, cuatro kilómetros al norte de Santo Domingo del Roble, en uno de esos rincones de paz que todavía quedan en esta Costa Rica.

Todo está acondicionado, mesas cubiertas con elegantes manteles, adornadas con delicados arreglos florales y todo cubierto por un enorme toldo.
Comienzan a llegar los invitados: el primero Rafa, el señor doctor. Y con él comenzaron a llegar los recuerdos de los niños, pues yo en casa de mi abuela Rafaela vi llegar a Rafa a este mundo. Rafa nació un 24 de octubre y el recuerdo que tengo es el fuerte temblor que se vino esa mañana.
Luego llegó Gonza quien fue el primer nieto que nació en Heredia (el primer nieto de abuela Rafaela fue mi hermano Edgar). Recuerdo con el cariño que lo esperaban las tías: Tey le confeccionó una cotoncita rosada en una fina seda y la bordeó toda con el fino encaje de frivolitè que ella hacía. Creo que ella esperaba una niña. Cary en cambio elaboró una cotoncita en una franela de color crema y la bordó con flores celestes y le hizo al borde encaje del que ella hacía, en crochet de color celeste.
Seguidamente, por el camino que lleva a la casa, vi venir a Juan y Víctor con Nuria. Estos me recordaron a la tía Dorita, porque era ella la que siempre los llevaba a la casa de la abuela, y cuando iban bajo su mando nadie podía intervenir con los niños. Al ver a Mary y Pablo, recordé la bebé que nació un 6 de enero, y el asombro de Gonza, el chiquillo de seis años, cuando llegó a contarnos que los Reyes Magos le habían traído una hermanita, y que si él hubiera llegado antes, los habría visto, porque los camellos, al salir, habían dejado barro en el zaguán de la casa. En ese momento, también recordé al Tío Jacinto, quien al entrar del jardín, siempre dejaba barro en el  piso.
Nos acompañó Nenia, la que siempre llegaba a buscar con la abuela, la escritura de la casa que estuvo perdida toda mi vida. También estaban Patri, Nahuatl, Itzcóatl, Natalia y su niño y mis nietos: Mauri, Cris, Laura y Marce.
Fue una reunión completamente familiar, acompañada por el calor de los recuerdos. Recodamos los tiempos pasados, la casa de la abuela, las travesuras que hacíamos. A través de las historias fueron saliendo detalles que nos permitieron tener una realidad del pasado. Yo quise expresar mi agradecimiento con algo de lo que a través de los años habían fabricado mis manos. Creo que para todos alcanzó.
Para los primos que convivieron con la abuela y que disfrutaron de la vieja casona, llevé algunos recuerdos de la loza de la abuela para repartirlos. Creo que esta tarde estuvo conviviendo con nosotros, muy feliz la abuela Rafaela.
Para finalizar la tarde, Mauricio nos deleitó con su voz y también con el acordeón. Gracias a Mauricio y Anita por recibirnos en la finca; gracias a mis primos, mis nietos y a todos los que llegaron por haberme regalado una tarde tan llena de dulces recuerdos y tan llena cariño para conmigo. Solo me queda pedir al cielo que los bendiga a todos y que nos dé muchos años para volver a reunirnos y disfrutar nuestros recuerdos.
Y a Itzcóatl muchas gracias por la defensa que hizo del gallito que no podía subir al árbol. — ¿Por qué no le hacen a ese pobre gallito una escalerita para que suba a dormir? — dijo.


Eladio Chaverri Benavides

Hoy, 1 de agosto de 2015, cumpliéndose 20 años de haber partido Eladio Chaverri Benavides, he decidido hacer una rápida reseña de mi marido para estos apuntes.

Yo hago una presentación muy sutil. Él fue una persona con una vida muy valiosa, que cubre un libro completo. Eso lo dejo para que lo escriba alguno de sus queridos hijos.
Eladio nació el 18 de julio de 1927, acompañado de su hermana Carmen. Los gemelitos fueron dos niños muy diferentes: él moreno de pelo negro y ella blanca y de pelo rubio. Crecieron juntos, muy sanos, y con un carácter tan diferente, como su contextura. A los 15 años, ganaron un concurso que se hizo en el país por ser tan distintos. Sus padres fueron Ismael Chaverri Rojas y Guillermina Benavides
Eladio se educó en la escuela República Argentina de Heredia. Luego pasó a estudiar a la Escuela Normal de Costa Rica, donde llegó hasta tercer año. Sacó el bachillerato en un colegio nocturno en San José, porque durante el día, debía ayudar a su padre en el almacén.
Decidió estudiar veterinaria y partió para Colombia donde hizo sus estudios, donde obtuvo el grado de doctor. En este país hizo una hermosa amistad con su compañero de estudios, Carlos Hernán Molina Castro. Esta amistad perduró hasta su muerte e involucró las familias de ambos. A su regreso a Costa Rica se dedicó a la veterinaria. Él fue uno de los primeros diez veterinarios del país.
Trabajó en el Ministerio de Agricultura y a la vez mantuvo su clínica privada. Sus pacientes son vacas, caballos, gatos y perros. En 1957 se fue a trabajar a El Salvador, razón por la cual el principio de nuestro matrimonio se realizó en ese país.
Yo describo el hombre de esa época como un hombre alto, bien formado, de tez trigueña, muy coqueto y de un frondoso pelo negro que al envejecer desapareció. Ahora es “El Calvo Chaverri” que sigue la herencia de sus progenitores.
Fue un hombre de carácter festivo, muy alegre, dicharachero, mal hablado. De esos que son el centro en toda fiesta. Siempre muy bien vestido y buen bailador. Al oír esta descripción no se imaginen que esta persona manejara una personalidad muy especial. Fue un hombre ordenado, responsable en su trabajo y extremadamente honrado; actitud que muchas veces le hizo perder su paz y hasta le muchos produjo sinsabores. Agreguemos a todo esto la caridad que era uno de sus mejores atributos. No podía ver una necesidad, porque tenía que resolverla.
En El Salvador estuvimos un año. En 1959 regresamos a Costa Rica.  Eladio no tenía trabajo, pero le dieron la supervisión de la matanza de animales en el Rastro de Heredia. Ahí trabajaba de tres a seis de la mañana. Luego consiguió unas lecciones de Zoología en el Colegio Luis Dobles Segreda, en San José, donde hizo una bonita labor por su carácter y amena forma de dar las lecciones, acompañándolas con diferentes clases de animales.
El año siguiente le dieron plaza en el Ministerio de Salud, en Control de Alimentos. El Dr. Ariosto Buller Souto, un científico brasileño que era el director del Instituto Adolfo Lutz, en São Paulo, mientras hacía una gira por Costa Rica, lo conoció. Le gustó su forma de trabajar y por tal razón le consiguió una beca para que fuera a estudiar Salud Pública al Instituto. En 1963 partió para Brasil y disfrutó grandemente este viaje.   
Además de fortalecer el portugués ya aprendido después de sus estudios en inseminación artificial justo cuando se graduó de veterinario en Colombia, se especializó en lo era su trabajo. De allí en adelante decía él que fue “el veterinario más feliz”. Ahora se dedicaba al cuido de la salud humana. A veces creo que él lo que había deseado estudiar era medicina humana.
Como director del Departamento de Control de Alimentos hizo una labor titánica porque controlaba la limpieza e higiene de restaurantes, fábricas, de todo lugar donde se elaboraban alimentos para la venta. No dejaba por fuera las bodegas en donde se almacenaban alimentos como maíz, frijoles, café, ni los negocios donde se expendían. Yo le decía Sherlock Holmes, porque me parecía un detective buscando cosas mal hechas.
Una vez se enteró de que venía un maíz envenenado para el país. Se plantó y no lo dejó entrar. Supo que el cargamento tomaba rumbo a Brasil, su otro país amado. Inmediatamente se fue a la Embajada de Brasil y dio el aviso. El maíz no entró a Brasil. Esta actitud le valió que Brasil le diera un reconocimiento otorgándole la Ordem Nacional do Cruzeiro do Sul.
Una vez alguien le ofreció darle dinero para que le permitiera tramitar algo incorrecto. Llamó a la secretaria que entró a la oficina y le dijo: —Lilly sea testigo de que voy a lanzar a este hombre por la ventana, porque me está ofreciendo dinero. Acuérdese de que estamos en el tercer piso—. El hombre salió y nunca volvió. Y Lilly quedó temblando del susto. Otra vez por no aceptar un trato ilícito le dijeron: —Doctor acuérdese de que se le acaba de morir un hijo. Usted tiene otros—.
Muchas cosas de ese estilo sucedieron. Pero también acontecieron muchas cosas agradables, que le permitían disfrutar grandemente de su puesto. En él permaneció gozoso hasta el día de la jubilación.
Fue una persona muy cuidadosa del bienestar de su hogar y de la salud de sus seres queridos. Cuando su hijo Gabriel enfermó, movió cielo y tierra para que recobrara su salud. Cuando falleció Gabriel se deprimió grandemente y no se volvió a recuperar completamente.
Cuidadoso de la salud de todos, no tanto con la suya. En sus últimos años si bien se sentía enfermo, cuando recurrió al médico, la dolencia estaba muy avanzada. Debía hacerse tres operaciones. El médico a quien recurrió, su amigo, Dr. Rodrigo Araya, hizo una junta de médicos para que le ayudaran a valorar el caso, pero él no asistió.
Por su carácter independiente, había mandado a elaborar el féretro a su gusto. Se dedicó a contarles a sus amigos y familiares que se quitaría la vida. Esto a mí me preocupó mucho y le conté al padre Edgar Rivera quien me dijo: —Miriam pida un infarto—. Yo comencé a orar.
Una mañana Eladio no llegó a desayunar. Yo me fui muy preocupada para misa. Cuando volví no se había levantado. Quise abrir el dormitorio, pero no me atreví. En esos momentos llegó Rosario, su hermana y me dijo: -Aquí estoy porque Laura (su hija) me dijo: mamá, vaya donde Miriam porque la necesita. Y aquí estoy—. Ciertamente, yo la necesitaba. Nos tomamos de la mano y abrimos el cuarto y nos encontramos a Eladio caído en el piso, sin vida.
Como él había anunciado tanto que se quitaría la vida, hubo que dar aviso a la policía y vinieron a recoger el cadáver y todas las medicinas para hacer el estudio. El funeral se pudo celebrar el 3 de agosto de 1995.
Tardaron tres meses para dar el resultado de la autopsia. La doctora que hizo el estudio dice que tardó tanto, porque él había anunciado que se quitaba la vida. El resultado fue infarto agudo de miocardio. ¡Yo di gracias a Dios!
Es hoy que yo me atrevo a contar esto. Creo que conociendo el carácter de mi marido y yo diciendo que había muerto de un infarto, toda la gente hubiera dicho: — ¡La beata Miriam queriendo tapar el sol con un dedo! —.
Hace veinte años nos dejó Eladio. Siempre le conmemoramos con gran cariño porque existe un recuerdo muy festivo en todos los que le conocimos y disfrutamos de su compañía.


Genia

En realidad se llama María Eugenia Montero Montero. Llegó a la casa siendo una joven de 19 años. Venía a cuidar especialmente a Lucía, la hija más pequeña, porque Eladio y yo íbamos para Europa. Cuando regresamos, ella se quedó sirviendo en la casa. Fue nuestra acompañante durante varios años, pero tuvo que regresar a cuidar a sus hermanos.

Los hijos se habían acostumbrado a su dulce trato y no soportaron la compañía de otra persona. Así es que tuvieron que asumir la distribución de las labores hogareñas. De esta forma nos manejamos por varios años. Genia, ese era el nombre cariñoso que siempre usamos con ella, volvió a trabajar con nosotros dos o tres días por semana, mientras trabajaba en El Castillo Country Club, normalmente en el turno de la noche, pero a veces debía cubrir otros turnos del día.
Cuando faltó Eladio, un día llegó Genia y me dijo:
—Doña Miriam voy a dejar de trabajar en el Castillo. Estoy muy cansada-.
—Genia no puede hacer eso. Va a perder todos los derechos—.
—Vea, a veces salgo a las once de la noche y el día siguiente tenga que entrar a las cinco de la mañana. Eso agota mucho—.
—Yo quisiera traerte de nuevo a esta casa; pero no tengo dinero para pagarte. ¿Vos te a través a venirte, nos ayudás y hacemos pan para vender?
— ¿Y eso da? —.
—Yo sé que da. Yo he vendido pan.
Se vino Genia y comenzamos a hacer pan. Fue una nueva experiencia. Comenzamos por poco y la venta fue creciendo. El viernes trabajábamos duro y a las cinco de la tarde el pan estaba entregado.
Para la Semana Santa del año 1997 los pedidos eran enormes. Había que hacer empanadas de chiverre, pan con chiverre, pan dulce, cangrejos, galletas y hasta tamales.
Fue una experiencia muy laboriosa, pero muy bonita. Hicimos bastantes amigos y supimos que nuestros productos eran bien acogidos. La panadería terminó cuando nació Virginia, la hija de Lucía, porque había que cuidar la bebé. ¡Todavía nos reclaman el pan!
Lo agradable de todo es que Genia regresó a nuestra casa para convivir con nosotros, como un miembro más de la familia. Ella tiene su hija, su nieta y su bisnieta, además de sus hermanos y sobrinos por quienes tiene gran aprecio. Pero para nosotros es un miembro muy importante de la familia. Para mí, es mi hija mayor. ¡Gracias Genia por todo tu cariño!


Epílogo


Esta memoria la completó mamá entre junio y setiembre del 2015. En junio me la dio para que la leyera. Me dijo que le faltaban dos capítulos, el de Papá y el de Genia. La empezó a escribir poco después de terminar su trabajo de recopilación de la historia de su familia, escrita por varios de sus hermanas, hermanos y sobrinos. Creo que empezó a escribirla alrededor de 2013.
A principios de octubre, justo después de la operación de la cadera, me contó que ya había terminado el documento. Su gran amiga Juanita Castrillo le imprimió una copia en papel para que lo revisara. No tuvimos tiempo para hablar de este documento. El tiempo se nos fue entre terapias, hospital y el deterioro acelerado de la salud de mamá.
El 18 de noviembre del 2015 nos dejó doña Miriam, la señora que con su sombrero de ala ancha, recorría diariamente las calles de Heredia.
Así conoció a mucha gente y tocó muchos corazones. Tal cual su trasiego por Heredia, pienso que esta crónica de su vida, mamá la escribió para “ser conversada.” A ella le gustaba mucho compartir con sus seres queridos, conversando, sentada en su poltrona, mientras continuaba moviendo sus manos, ya fuera tejiendo, haciendo frivolitè, o lo que le apasionó al final de su vida: encaje de bolillos.
Mamá tuvo varios quebrantos de salud, pero su memoria nunca la defraudó. Los recuerdos fueron su tesoro y su herencia. Algo que me llama mucho la atención de este escrito es su voz positiva y las expresiones de entusiasmo que también abundaban en sus conversaciones. Su selección de recuerdos son, en su mayoría, descritos como experiencias bonitas y aprendizajes, presentándonos una vida muy placentera y llena de ilusiones. Ella tuvo que pasar momentos muy difíciles, desde que era una pequeña niña de un año, hasta el último día de su vida, a sus 87 años. Su religiosidad, espíritu indomable, libre y persiste, la ayudaron a superar las tragedias de la vida y a encontrar la razón de ser y de existir.
Pareciera que su forma de expresar afecto, lo aprendió de su abuela. Se basaba en dar, en acompañar, en hacer cosas por otros. Por ejemplo, el olor de los bollos de pan que hacía para Semana Santa y Navidad para repartir, acarician mi mente a la par de su melodiosa voz al contestar el teléfono. Ella estuvo cerca de quienes la necesitaron cuando se lo pidieron.
Desde su juventud tuvo un amor desenfrenado por los libros, el cual trató de inculcar a todos los que estuvimos a su alrededor. En cierto modo, los libros fueron sus hijos adoptivos. Cuando algunos la dejaban (porque los regalaba o prestaba) recogía nuevos.
A un año de su partida, dejo con ustedes estos recuerdos de la mujer que pregonó que los libros había que usarlos, tocarlos y gastarlos. Me parece que a ella le hubiera gustado compartir estas narraciones. En otras palabras, no creo que le gustara verlas desaparecer, en la “telaraña” que a veces se forma en mi computadora.
-Alejandra Chaverri Álvarez, Palo Alto, California, Noviembre, 2016


Alejandra Chaverri Álvarez



Notas
¹Biblioteca Electrónica Scriptorium (Facultad de Filosofia y Letras, Universidad Nacional de Costa Rica. Repertorio Americano. Edición del 10 de diciembre, 1949


Álbum


Las siguientes son algunas de las fotografías guardadas por mamá. Se seleccionaron algunas en las que aparece ella para acompañar esta memoria. Lamentablemente no se conocen algunas de las otras personas o fechas de cuando se tomaron las fotos.












 












































Créditos
Memorias de Miriam Álvarez Brenes.
AUTORA
Miriam Álvarez Brenes
COMPILADORA
Alejandra Chaverri Álvarez
DIRECCIÓN Y EDICIÓN DE LA REVISTA
Máster Juan Pablo Corella Parajeles
DIAGRAMACIÓN
Raquel María Alfaro Martínez
Kevin Alberto Arguedas González
REVISIÓN FILOLÓGICA Y CORRECIÓN DE ESTILO
Karen Calvo Díaz
COLABORACIÓN
Máster Magally Campo Méndez, Informática
Señora Carolina Sánchez Acuña, Secretaría
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.


Bibliotecas: Revista de la Escuela de Bibliotecología, Documentación e Información.   ISSN Impreso: 1409-3049.   ISSN Electrónico: 1659-3286.

Sitio Web desarrollado por Área UNAWEB

Adaptación de Open Journal System