01_para_una_periodizacion
letras

Revista Letras

EISSN: 2215-4094

Número 60 Julio-diciembre 2016

Páginas de la 15 a la 44 del documento impreso

Recibido: 12/4/2016 • Aceptado: 20/10/2016

URL: www.revistas.una.ac.cr/index.php/letras



Para una periodización de la crítica literaria en Costa Rica1

(Periods in Literary Criticism in Costa Rica)

Carlos Francisco Monge2

Universidad Nacional, Costa Rica

Gabriel Baltodano Román3

Universidad Nacional, Costa Rica

Resumen

El estudio es un análisis del desarrollo de la crítica literaria costarricense, desde sus orígenes hasta la actualidad. Para efectuar su periodización se tienen en cuenta aspectos exógenos y endógenos, vasos comunicantes que llevan, a su vez, a la formulación de cuatro etapas, organizadas por factores socioculturales y de índole propiamente literaria: a una etapa fundacional, la siguen una exploratoria, otra asociada a la academia universitaria y la contemporánea. Cada una se asocia a una ideología (proyecto de nación) y a un proyecto estético (la idea de literatura).

Abstract

This study is an analysis of the development of literary criticism in Costa Rica, from its origin to the present time. To define the distinct periods, both extraliterary and intraliterary aspects were taken into account. These communicating vessels, in turn, lead to the formulation of four stages, due to sociocultural and literary factors: a founding stage, an exploratory stage, one related to academe, and a contemporary stage, each of which is associated with an ideology (how the nation is conceived) and an esthetic proposal (how literature is conceived).

Palabras clave: historia literaria, crítica literaria, literatura costarricense, periodización literaria

Keywords: literary history, literary criticism, Costa Rican literature, literary periods

Introducción

La crítica literaria en Costa Rica nació temprano, si bien endeble, limitada y escasa; pero con el mérito de que ha procurado siempre acompañar la labor creativa de nuestros escritores, prácticamente desde las primeras manifestaciones costarricenses, desde el último cuarto del siglo XIX. A las imágenes que a lo largo del tiempo han configurado las letras costarricenses de la realidad, hay que anexar la imagen que la propia crítica literaria ha forjado de esa literatura y de esa realidad configurada mediante el discurso literario4.

Las discusiones actuales sobre los orígenes de la literatura costarricense, todavía tienen mucho camino por recorrer, no solo por la falta de claridad conceptual del problema, sino también porque no se ha conseguido una recuperación completa de las letras nacionales, que seguramente nacieron con los albores mismos del período independentista de las pequeñas provincias que constituían la Capitanía General de Guatemala. Apenas hay datos y muestras de escritos con intención literaria antes del siglo XIX, lo que no puede excluir una minuciosa y detenida mirada exploradora, que a lo mejor podría arrojar datos de interés.

Conviene, sin embargo, conocer todos esos excursos, tanto los literarios como los discursos críticos que los acompañan. Además, es esencial tomar la debida distancia y, por lo tanto, perspectiva. No viene al caso entrar en especulaciones sobre lo que cada crítico pensaba o creía realmente, de aquellas obras de sus contemporáneos que les llegaban a sus manos. Podríamos arriesgar algunas suposiciones, pero poco más que eso. Se trata de adoptar esa perspectiva desde la circunstancia presente (la única con la que efectivamente contamos), y arrojar algunas hipótesis generales, resultado, eso sí, de un cuidadoso análisis de los datos (los textos) disponibles. El objeto de estudio es el discurso de crítica literaria manifiesto en obras específicas, a lo largo de un siglo y unos cuantos lustros más; desde la primera obra registrada y localizada en la bibliografía costarricense, impresa en San José en 1896 (Ideas de estética, literatura y elocuencia, de Antonio Zambrana) hasta lo que hoy día podemos leer, con abundancia, en revistas académicas, catálogos editoriales y suplementos culturales de los periódicos contemporáneos.

El desarrollo de la crítica literaria en Costa Rica apenas se ha estudiado, limitada esta crítica a la descripción de algunas tendencias generales, incluidas sus poéticas implícitas (o sus ideologías literarias), y a la catalogación más o menos sumaria de algunas obras señeras, manuales, compilaciones u obras de intención didáctica o pedagógica, más que de pretensiones teóricas o conceptuales. Queda, desde luego, una extensa tarea por emprender.

En estas páginas se ofrece una reseña histórica de la crítica literaria en Costa Rica, considerando cuatro factores principales: a. un recuento cronológico por grandes etapas, separadas entre sí por algunos hitos de índole conceptual, sobre el papel y carácter mismo del «oficio» crítico, pero también por aspectos relacionados con el desenvolvimiento social y cultural del país; b. la relación de distanciamiento o cercanía con el proyecto de una literatura nacional, no tanto como un hecho material efectivo, sino como un punto de referencia en el trabajo crítico; c. en tercer lugar, las eventuales coincidencias o paralelismos con periodizaciones propiamente literarias trazadas o propuestas por los mismos críticos (por ejemplo, la distribución de las letras costarricense según «generaciones literarias»; y d. la consideración de los enlaces históricos con una dimensión mayor o envolvente (si bien algo difusa, admitamos) del desarrollo del Estado costarricense, en cuanto a su proyecto histórico, social y político en general.

Los criterios para la periodización

Teniendo en mente los cuatro factores antes señalados, la idea de periodizar un conjunto de hechos culturales, en especial los de índole literaria, implica al mismo tiempo atenerse a un conjunto de hechos objetivos (la publicación, y sus fechas) de obras, cuya existencia da lugar a su vez a nuevos textos: los de crítica literaria., y al modo como se perciben e interpretan desde la posteridad (nuestra actualidad). Con ello, la visión de los hechos no tiene por qué someterse a un criterio de verdad absoluta (aspiración de las ciencias exactas), sino al rigor interpretativo de esos hechos culturales, esta vez desde la contemporaneidad.

Hay aspectos directamente relacionados con los hechos literarios y, con ello, con la producción crítica literaria. Por lo pronto los endoliterarios; problemas, factores y condiciones (o condicionamientos) que se ligan de un modo bastante directo, tanto con la obra literaria como con el discurso crítico que de ella se desprende, o que propicia. El esencial sería la idea misma de la literatura que el escritor, en su momento, posee y desarrolla, y desde la cual practica y crea. Es lo que, en rigor, se denomina la poética. De un modo similar, el crítico literario también se vale de una poética, al ejercer su oficio, que por lo general puede coincidir o correr en forma paralela a las ideas de su época y su entorno5, lo cual lleva a la configuración de su idea de lo que es, o ha de ser, la crítica literaria misma; es decir, cuál es su papel, qué grado de importancia o influencia (social o cultural) puede ejercer, cuánto «peso» en el campo de los hechos literarios podría tener, qué orientaciones pragmáticas tendría, si de índole didáctica, prescriptiva, fiscalizadora, laudatoria, analítica o teórica, etc. También, desde una mirada analítica, entre esos aspectos endoliterarios se pueden observar dos asuntos más. Por un lado, el «proyecto» literario o estético-ideológico que sirve de guía al trabajo del crítico. Ese proyecto no tiene por qué ser explícito, sistemático o deliberado; con alguna frecuencia —y, por lo pronto, nos referiremos al caso costarricense— no lo hace tan evidente el crítico literario, por lo cual debemos examinar con cierto detenimiento, sus procedimientos y conceptos, para siquiera esbozar o redondear la idea. Pero, por otro lado, hay que analizar los resultados efectivos (esto es, las obras concretas: manuales, ensayos, artículos, tratados, etc.); estos sí son material accesible que puede dar cuenta, con claridad, de ese universo relativamente autónomo de lo literario.

El otro conjunto de aspectos por considerar es el constituido por los factores que, sin pertenecer estrictamente al espacio del discurso literario, lo configuran, lo condicionan o hacen que a lo largo del tiempo, lo modifiquen. Son los factores exoliterarios, entre los cuales será preciso efectuar una selección, puesto que así calificados podrían ser innumerables (es decir, ¿hasta adónde detener el análisis de los factores envolventes de un determinado hecho cultural?). En el caso de la crítica literaria, un factor que puede arrojar datos de interés serían los modelos o influencias estético-ideológicos de los que parte el crítico literario. En un caso como el costarricense (y de finales del siglo XIX, según se verá oportunamente), las corrientes filosóficas, políticas y académicas, procedentes en una primera etapa de Europa (España y Francia, en ese orden cualitativo), constituyen, en la formación literaria y académica, significativas fuentes a partir de las cuales se desarrollan los estudios. A lo largo del siglo XX, ese tipo de influencias continuaron —debilitadas unas, fortalecidas otras— como modelos o marcos de referencia fundamentales. Desde luego, también como aspectos exógenos habrá que considerar asuntos de índole social o sociopolítico, aunque no tanto como «explicadores» en sentido estricto de los hechos de la cultura, sino principalmente como «anclajes» históricos que se pueden relacionar con problemas de la historia literaria propiamente dicha6. La historia de las instituciones, por ejemplo, sería un asunto por tener en cuenta, por su relación directa con la producción cultural, el desarrollo de las ideas, los paradigmas científicos, el papel de la educación, las corrientes de producción simbólica, etc.

Teniendo en mente la confluencia de los mencionados aspectos endoliterarios y exoliterarios, la propuesta de un trazado cronológico —en este caso, de la historia de la crítica literaria, como discurso cultural específico— supone la «marcación» por etapas, siempre y cuando haya fundamento conceptual y de procedimientos en la distinción entre una y otra etapa; es decir, de la razón de ser de las hipotéticas fronteras. Para empezar, habría que señalar —como en la mayoría de los hechos de la cultura organizados en una secuencia histórica— unos lindes difusos o como esfumados. Pero lo esencial en el trazado de esos límites o fronteras es que correspondan, de una manera razonablemente aproximada y probable (es decir, que se pueda probar o demostrar), a factores, marcas o hitos significativos o relevantes en el desarrollo histórico. Tales hitos no necesariamente tienen que ser puntuales y claramente marcados (una fecha específica, un acontecimiento extraordinario, una efeméride); bastaría con que pueda establecerse alguna relación de sentido con los hechos culturales, con la evolución de las ideas, incluso con la modificación o reorientación de una determinada escala de valores (sean estos políticos, filosóficos, estéticos, ideológicos en general). Desde esta hipótesis procedimental, habría que reconocer e identificar esa suerte de «polos de atracción» hacia los cuales se unifican o confluyen los movimientos de los hechos culturales.

Cada período o etapa, en el trazado de una periodización (en nuestro caso, literaria, y la asociada con ella, como es el desarrollo cronológico de la crítica literaria), estaría dispuesto entre dos hitos (el inicial y el de cierre) y por factores de cohesión (o de atracción, si seguimos con la metáfora de la física), que lo organiza según ciertas características o tendencias particulares7.

Para cerrar esta sección, convendría detenerse en las relaciones entre la labor de periodización literaria propiamente dicha (es decir, la relación cronológica del desarrollo de una producción literaria específica) y la periodización de la historiografía literaria misma. Esto es, considerar el postulado de que hay analogías, incluso ciertas coincidencias, entre el desarrollo literario y el desarrollo de la crítica literaria, si se piensa, por ejemplo, en términos generacionales. Ya ha quedado señalado el hecho de que entre escritores y críticos coetáneos las relaciones son poco menos que inevitables: relaciones de amistad, de profesión u oficio, a veces incluso de maestro / discípulo (en ambas direcciones), influencias o formación intelectual comunes (se comparten lecturas, gustos, instrucción, condición social, ideología estético-ideológica, etc.), y en no pocos casos, unos y otros ejercen la creación literaria y la crítica: son poetas, novelistas, periodistas, pedagogos, editores, que ejercen, con mayor o menor peso, tanto la escritura de creación como el oficio de la crítica literaria. Ante tales condiciones, habría que efectuar cotejos entre las clasificaciones generacionales establecidas, de demostrados rigor y coherencia, y las propuestas de periodización que se puedan establecer para la crítica literaria.

El siguiente es un ejercicio de clasificación cronológica, más que una fórmula para disponer estos o aquellos autores y sus obras. Es una aproximación que implica una perspectiva o una ubicación. En nuestro caso, es una percepción desde la actualidad, teniendo en mente los factores y criterios expuestos.

La propuesta de periodización

Entre la primera obra de crítica literaria —aunque de índole más bien descriptiva, y con fines didácticos, según se verá— de la que se tiene registro (Ideas de estética, literatura y elocuencia, de Antonio Zambrana, 1896) y la actualidad (primer decenio del siglo XXI) se postulan cuatro grandes etapas, marcadas por diferencias sustanciales, especialmente en torno a los principios estético-ideológicos principales, y a ciertos nudos institucionales que les dan alguna unidad o coherencia (siempre desde la perspectiva contemporánea). Cada etapa abarca, como se verá, cerca de tres decenios —años más, años menos— no resultantes de la aplicación de una «plantilla generacional» (asunto de permanentes y agudos debates), sino de la coincidencia o confluencia de algunos factores histórico-sociales y culturales, con enlaces posibles con la producción literaria y de crítica. Las etapas son: la primera (o fundacional), que se extiende entre 1890 y 1920; la segunda (o de exploraciones), con un desarrollo entre 1920 y 1950; la tercera (con la institucionalización de la academia universitaria), que parte de 1950 y concluye hacia 1980: y la etapa contemporánea.

La primera etapa (o etapa fundacional): 1890-1920

Atenidos a los hechos, según queda indicado, se inauguraría con la publicación, en San José, del primer estudio, con voluntad de sistematizar, sobre estética y literatura. Se trata de Ideas de estética, literatura y elocuencia, de Antonio Zambrana, publicada en 18968. Antes de esa obra existen ocasionales comentarios o gacetillas en los periódicos de la época, y la significativa publicación de la antología Lira costarricense (1890/1891), primera recopilación de letras nacionales, preparada por Máximo Fernández9.

Esta etapa inaugural está directamente relacionada con dos aspectos: desde el punto de vista histórico, con el enraizamiento del denominado Estado liberal, y el interés de parte de los grupos políticos en el poder (que recibieron, según los historiadores, como apelativo «el Olimpo»), por poner en marcha una modernización del país. Desde el punto de vista cultural, empieza el interés por reflexionar sobre una literatura nacional, que se manifiesta en su mejor momento con la polémica sobre ese tema, entre 1894 y 1900, en una pequeña revista y luego en periódicos de San José. Entró en vigencia una importante reforma en la instrucción pública, de corte liberal y positivista (la Ley General de Educación Común, 1886), de notable influencia en las instituciones costarricenses. La modernización incluyó también el crecimiento de las actividades editoriales, si bien limitadas sobre todo al aumento de talleres de imprenta —estatales o privados— que propiciaron la fundación de periódicos y la publicación de revistas y libros. La publicación de Lira costarricense es un punto de referencia, porque en el prólogo se defiende la existencia de una literatura nacional. Durante la década de 1890, y algunos años después, se publicaron gacetillas y comentarios a obras literarias—por lo general laudatorios—, el manual de Zambrana, de carácter pedagógico y descriptivo, y varios trabajos centrados en la literatura nacional, con alguna intención sistematizadora, o cuando menos de descripción histórica, como Literatura Patria (1913)10 de José Fabio Garnier, y algunos otros documentos que discuten problemas alrededor de la literatura nacional, aunque a partir de algún tema o autor particular11.

Dentro de ese proyecto de instauración de una literatura nacional podrían inscribirse otros hechos afines: la publicación del Diccionario de barbarismos y provincialismos de Costa Rica (1893) de Carlos Gagini (transformado luego en el Diccionario de costarriqueñismos, 1919)12; la fundación de unos «Juegos Florales de Costa Rica», que desde 1909 y durante más de un decenio procuraron estimular y reconocer obras literarias y artísticas, y la creciente —si bien limitada— importación de libros y literatura en general, desde España, Francia e Inglaterra.

Por la misma condición «fundacional» de la etapa, y al no contar con otros referentes históricos y conceptuales que los procedentes de los principales centros culturales europeos, es visible la adscripción a los modelos estético-ideológicos más vigorosos en el siglo XIX, principalmente las corrientes de pensamiento cohesionadas alrededor del neoclasicismo, especialmente con relación a la constitución del discurso literario, las normas y modelos de escritura, los procedimientos retóricos y, en general, una concepción del ejercicio literario asociada a la belleza del decir, a los temas universales (o «eternos») y a un tratamiento elevado y sublime. Eso se observa no solo en tratados como el de Zambrana (1896), sino también en artículos, reseñas o comentarios de obras específicas. Pero, al mismo tiempo, aparece una corriente —solo en apariencia antagónica— que apunta a la creación de una literatura vernácula, y sobre asuntos locales. Esto último procedería, con seguridad, de la relativamente reciente corriente del romanticismo, por lo que la confluencia de ambas tendencias permite reunir, con cierto grado de coherencia, las expectativas de lo que ha de ser la literatura y, con ella, la labor de la crítica literaria.

El proyecto ideológico-literario más visible, por tanto, es la instauración de una literatura nacional, que coincide, por lo demás, con movimientos y tendencias muy similares, en otros países hispanoamericanos, durante la misma época13. Desde luego, no es azaroso que haya una visible relación entre el que se conocía como «el grupo del Olimpo», una oligarquía cafetalera que se hizo con el poder entre las dos últimas décadas del siglo XIX y la primera del siguiente, y una generación de escritores que, sin pertenecer necesariamente a aquel sector del poder político, desarrolló su obra a su amparo. Varios historiadores de la literatura también han denominado a esa generación como «la del Olimpo» (cfr., Rojas y Ovares; y Quesada, en nota 36), constituida por Manuel de Jesús Jiménez, Pío Víquez, Jenaro Cardona, Manuel González Zeledón, Carlos Gagini, Aquileo J. Echeverría, Ricardo Fernández Guardia, entre otros.

A esa misma generación corresponde también la de un círculo de intelectuales que en revistas y periódicos ejercieron la crítica literaria o, cuando menos, dedicaron parte de sus escritos al comentario de las novedades literarias nacionales de entonces. En esa nómina habría que mencionar al propio Antonio Zambrana —que ejerció notable magisterio entre sus contemporáneos, especialmente los jóvenes—, a Pío Víquez, a los hermanos Fernández Ferraz (Valeriano y Juan), a Ricardo Fernández Guardia, a Justo A. Facio. A este grupo de autores se les añadirá un conjunto, algo más joven, de escritores, discípulos caso (pero en algún caso, adversarios), que empezaron su actividad durante las primeras dos décadas del siglo XX. Habría, pues, que sumar la obra de crítica literaria de autores como José Fabio Garnier, Luis Dobles Segreda (por su destacable Índice bibliográfico de Costa Rica14), a Alejandro Alvarado Quirós y a Roberto Brenes Mesén.

Los resultados de esta etapa fundacional consisten en la publicación de estudios (no muy extensos) sobre aspectos generales de estética y literatura, y los primeros trabajos de índole historiográfica, entrados en las manifestaciones literarias costarricenses. Se destacan, por ello, títulos como la compilación Lira costarricense (1890/1891) de Máximo Fernández, Ideas de estética, literatura y elocuencia (1896) de Antonio Zambrana, Literatura patria (1913) de José Fabio Garnier, Bocetos: artistas y hombres de letras (1917) de Alejandro Alvarado Quirós, con artículos fechados entre 1894 y 1917, Carta literaria (1918) de Justo A. Facio y Principios de crítica (1918) de Moisés Vincenzi15. Si bien con el predominio de un canon literario europeo —con ecos, todavía, procedentes de la estética neoclasicista—, son manifiestas las primeras aproximaciones críticas a las letras nacionales, tanto desde una perspectiva panorámica (a modo de «presentación» de la situación literaria en Costa Rica), como algunos estudios monográficos, centrados en la obra de un autor individual.

La segunda etapa (o etapa de exploraciones): 1920-1950

La anterior etapa fundacional cumplió con esa tarea inaugural. Ya al finalizar la segunda década del siglo XX, sus aportes esenciales estaban hechos: primeras recopilaciones, pequeñas notas críticas en la prensa, algún manual de índole pedagógica y una valiosa discusión sobre la existencia de una literatura nacional o, en su defecto, su fundación.

Por su parte, los historiadores nos indican que hacia 1920 se puede percibir el declive del Estado liberal, y con él la prevalencia política de la oligarquía agroexportadora tradicional. El régimen liberal, nos dicen, empieza a agrietarse. En el plano político no dejan de ser significativos algunos hechos internos, sumados a otros externos, que hacen pensar en el despunte de importantes transformaciones en el país. Notable es el caso del retorno o restauración de la vida republicana, una vez acabada la del bienio dictatorial de los Tinoco (1917-1919). Las contradicciones entre las viejas y las nuevas ideas políticas conducen, entre otros aspectos, a confrontaciones y conflictos, tanto entre los propios grupos de poder, como entre estos y otros sectores y clases. Habrá que tener en mente que ya en 1920 tiene ocasión una importante huelga de trabajadores, que reivindican mejores condiciones laborales, salariales y, en general, sociales; no será la única, porque a lo largo de toda la década ocurrirán hechos similares. Desde luego, también hay acontecimientos internacionales que constituyen puntos de referencia, desde la perspectiva política y social, hitos que marcan, en su respectiva medida, el rumbo de la historia costarricense, desde esa década: la Revolución Mexicana, por su cercanía, la Revolución Rusa, por los efectos indirectos, si bien posteriores, en la vida política costarricense, y la Primera Guerra Mundial (en la que algunos costarricenses llegaron a participar, como integrantes de la Legión Extranjera Francesa, un poeta incluido).

Otro hecho que reviste cierta significación, cuando menos en el plano de la conciencia y de las ideas, es la conmemoración del centenario de la Independencia del país, que con diversas actividades se efectuó a lo largo de 1921. Al respecto, y para nuestros datos de índole cultural e ideológica, puede destacarse el discurso que el joven maestro e intelectual de entonces, Joaquín García Monge, pronunció ante el Monumento Nacional, en San José, el mismo 15 de setiembre.

Puede servir como «marca», tanto cronológica como cultural, la fundación de la revista Repertorio Americano, que García Monge puso en marcha desde 1919, y durante cuatro decenios, en forma ininterrumpida (1919-1958). Probablemente al igual que las revistas Pandemonium (1902-1905) y Páginas Ilustradas (1904-1912) para la «generación del Olimpo», el Repertorio Americano significó una especie de campo de acción para la nueva generación de escritores e intelectuales, a lo largo de los años que se publicó.

No será casual, pues, que la denominación de esta nueva generación de escritores sea «la generación del Repertorio» (ver Rojas y Ovares; Quesada), y que corresponda en el tiempo con esta segunda etapa, provisionalmente etiquetada como exploratoria. Así como en la primera etapa del proyecto ideológico-literario estuvo alrededor de la instauración de una literatura nacional, en esta segunda etapa se hace hincapié en los avances de las vanguardias artísticas y sus propósitos transformadores, y con ello en una revisión del canon literario nacional. Ahora bien, en cuanto a los resultados efectivos específicos, son dignos de señalar los esfuerzos de una parte de la crítica por introducir asuntos conceptuales y teóricos, y por sistematizar —si bien con fines didácticos, por lo regular— los conocimientos del fenómeno literario16. La atención en el canon propició, desde luego, una más detenida lectura de la literatura nacional, y con ello un incremento de la historia y la crítica literaria. Desde el punto de vista de la historia literaria, pueden señalarse varios hitos que marcan la configuración de esta nueva etapa. Uno de ellos es que las letras costarricenses empiezan a tener contactos efectivos y directos con el exterior; es decir, ya no limitada al hecho de que un sector instruido de la sociedad leyese literatura europea o americana, que viajasen o que importasen libros, sino la circunstancia de que la literatura costarricense se empieza a publicar y conocer en el exterior; por ejemplo, con la aparición en San Salvador de la antología La poesía de Costa Rica, de Salvador Merlos (1916), y cuatro años después, en Madrid, el tomo Los mejores poetas de Costa Rica, de Eduardo de Ory (1920); al año siguiente la compilación Parnaso costarricense, de Rafael Bolívar Coronado (Barcelona, 1921)17, y un tomo de traducciones al francés, con escritos de Lisímaco Chavarría, Aquileo J. Echeverría y Ricardo Fernández Guardia: Contes et poèmes de Costa Rica, de Maurice de Perigny, en París18. También cumplió una notable labor de difusión internacional el mismo Repertorio Americano; difusión nacional e importación del extranjero de varias de las más connotadas plumas del período, y además noticia concreta de escuelas, movimientos y tendencias de lo que entonces se llamaba, a secas, el «arte moderno» (que no era otra cosa que los primeros pero audibles ecos de los movimientos de vanguardia de Europa y de Hispanoamérica). Este decenio se convertirá, según veremos más adelante, en el primer viaje al exterior de las letras costarricenses.

A lo largo de esta segunda etapa se despliegan dos hechos de particular significado, en el estatuto de la crítica literaria costarricense: por un lado, la reflexión, con su consiguiente publicación, de estudios de índole más bien teórico que doctrinal, sobre el discurso literario; al respecto, el principal título fue Las categorías literarias (1923) de Roberto Brenes Mesén, páginas verdaderamente pioneras en el país, que poco después fueron acompañadas por trabajos similares, si bien menos enjundiosos, como La educación estética (1924) de Rogelio Sotela, Sobre los estudios estéticos (1926) de Rafael Estrada, La cultura literaria (1930) de Justo A. Facio, hasta llegar a La posición actual de los estudios literarios y lingüísticos (1934) de Isaac Felipe Azofeifa. Llamativo que todos estos tratadistas eran, además, poetas y pedagogos19.

El segundo hecho es la aparición de trabajos, más amplios y organizados, de recopilaciones, con estudios de historia literaria nacional. Destacan los llevados a cabo por Rogelio Sotela, que fue ampliando, a modo de reediciones, como Valores literarios de Costa Rica (1920), Literatura costarricense (1927), y más adelante Escritores de Costa Rica (1942). Tres obras más completan el manifiesto interés por historiar, en forma totalizadora o centrada en un género, las letras costarricenses: Signo y ventura de la novela costarricense (1944) y Cómo pronunciamos nuestra lengua y conversaciones sobre literatura costarricense (1947), ambos de Isaac Felipe Azofeifa; Itinerario de la novela costarricense (1947), de Francisco María Núñez y «Corrientes literarias contemporáneas en Costa Rica» (1948), de Roberto Brenes Mesén20.

No podría desvincularse este visible interés por revisar la situación de la literatura costarricense con los fenómenos socio-históricos suscitados a lo largo de la década de 1920; algunos puntuales pero significativos, como la mencionada conmemoración de la independencia patria (1921), y otros más generales como los movimientos de reivindicación social, de grupos obreros y campesinos, incluida la paulatina sustitución en el poder de los grupos de la oligarquía cafetalera agroexportadora, por sectores emergentes de una oligarquía burguesa. Se puede señalar, pues, un proceso de franca voluntad crítica y renovadora, que toca también el desarrollo de la cultura. Papel nada despreciable, por ejemplo, fue el de los denominados «jóvenes ácratas», de aquellos años, entre quienes figuran nombres como García Monge y Omar Dengo, entre muchos otros.

Es, como queda etiquetada en el acápite, una etapa de exploraciones, bifurcada: en una dirección, hacia el conocimiento de la literatura de entonces y su relación con los movimientos culturales y estéticos, específicamente los de las vanguardias artístico-literarias; la otra dirección apunta a una mirada más detenida sobre la propia situación y desarrollo de la literatura nacional, en particular la que entonces era la contemporánea. Mientras una parte de las letras costarricenses buscaba un aparejamiento con los movimientos de vanguardia, la crítica literaria se dedicó a analizar en alguna medida el papel efectivo que podrían desempeñar esos movimientos en la trayectoria y tradición de las letras patrias. No deja de interesar, por ejemplo, el hecho de que en las páginas del Repertorio Americano se suscitasen comentarios, interrogantes y debates sobre la situación de la literatura costarricense. Autores connotados de entonces, como Carmen Lyra, Yolanda Oreamuno, Joaquín Gutiérrez o Fabián Dobles (una vez más, todos escritores) echaran su cuarto a espadas sobre la existencia y afirmación de una literatura propiamente costarricense.

Es considerada desde la distancia temporal, una etapa de exploraciones e indagaciones, tanto en el plano conceptual como en el histórico. Confluyen, si se quiere tener en cuenta la evolución literario-generacional, dos promociones de escritores e intelectuales: la denominada generación «del Repertorio» (vid. lo dicho sobre esta nomenclatura) y un grupo más joven, lleno de ímpetu y con deseos de transformaciones, interesados en participar en los movimientos de vanguardia, ya muy audibles en el medio costarricense. En materia de crítica y reflexión estética, se escriben y publican títulos como Filosofía de vanguardia en América (1927), de José Francisco Villalobos, Crítica literaria (1928) de Ricardo Rojas Vincenzi, El arte moderno (1937) de Moisés Vincenzi, y variados artículos en periódicos y revistas21.

Esta etapa empieza su declive con la institucionalización de la academia, esta vez de signo universitario. En 1940 se refundó —ya con nombre propio y definitivo— la Universidad de Costa Rica, y con ella la creación de una Facultad de Humanidades (1946)22. En adelante, el papel de los estudios literarios se forjó en el recinto universitario, y con ello se organizó, de un modo más sostenido y rico, el desarrollo de la crítica. Esto tuvo su influencia directa en el devenir mismo de la creación literaria (tema que rebasa lo que estamos tratando en estas páginas), y propició un ambiente más fértil para los estudios más rigurosos de la literatura nacional, fuese desde aproximaciones panorámicas, de estudios sobre tendencias y movimientos, y monografías (tesis de grado) sobre aspectos específicos. Se entra, así, a un período de transición, pero de límites precisos, hacia una tercera etapa, ya con el ingreso a la década de 1950.

La tercera etapa (o de la academia universitaria): 1950-1980

Si nos atenemos a lo que indican varios historiadores, hacia 1950 se ponen en marcha varias y notables transformaciones en el devenir social, político y económico de Costa Rica. Como referencia histórica, y casi como lema, se habla con frecuencia del «Estado benefactor», y con ello del ingreso a una nueva fase en la que predomina una economía urbana, y en general un proceso de modernización. En efecto, y durante tres decenios, se fortaleció el papel directo y vigoroso del Estado en el desarrollo costarricense. Hay acontecimientos políticos marcados como hitos; el principal: el fenómeno de la guerra civil de 1948, pero en términos generales estamos ante un proceso que efectivamente modificó las condiciones materiales, sociales y políticas, y con ellas, desde luego, las culturales23. Con la década de 1950 se acentúa una prolongada etapa de reformismo social, se fundan y consolidan importantes organismos e instituciones, y el país, en efecto, se encarrila en un proceso de reorganización24. Ha quedado mencionada, en el acápite anterior, la fundación de la Universidad de Costa Rica, y con ella la formación de una nueva generación de intelectuales, muchos de los cuales serían los futuros profesores de lengua, escritores, historiadores literarios, filólogos y lingüistas. La sistematización del saber (que no siempre era posible solo con una voluntad autodidacta), permitió replantear, también, la modernización de la actividad académica, y con ella, a todas luces, la labor editorial, el quehacer periodístico, los nuevos contactos con el exterior (universidades, institutos superiores) y la preparación (en varios casos también en el exterior) de los nuevos cuadros de profesores, encargados, al fin, de revitalizar y fortalecer la institución universitaria. La organización, hacia 1957, de la Facultad de Ciencias y Letras, en la Universidad de Costa Rica, les abrió espacio a los estudios humanísticos y a la fundación de un departamento o sección de filología, en la cual se formaron no pocos profesores de castellano, que a su vez llevaron a cabo notables trabajos de crítica e historiografía sobre las letras costarricenses.

Nada despreciable es el hecho de que alrededor de una misma institución —que no es un ateneo, ni una peña literaria, ni un grupo unido por afinidades estético-literarias— convergen, en la primera fase, una o dos generaciones en las que conviven (por no decir que cohabitan) jóvenes estudiantes, algunos profesores ya maduros, bisoños escritores, historiadores, pasantes de abogados, periodistas de oficio y unos cuantos más de vocación lingüística, interesados en continuar la notable labor de maestros, en particular la de Gagini, Brenes Mesén, Zamora Elizondo, Vincenzi o Azofeifa. En esta primera fase de la institucionalización confluyen o se encuentran, asimismo, dos generaciones (de escritores y otros intelectuales): la «generación del 40» (de autores nacidos hacia 1915) y una joven promoción, entonces nada más estudiantes que apenas aspiran a escribir sus primeras páginas, de literatura o académicos (nacidos alrededor de 1930).

Desde el punto de vista propiamente historiográfico, esta etapa de la crítica y los estudios literarios está representada por los trabajos, todos notables y de una influencia indiscutible, de Abelardo Bonilla (Historia de la literatura costarricense; 1958/1967), Alfonso Ulloa Zamora (Panorama literario costarricense, 1959) o Elizabeth Portuguez de Bolaños (El cuento en Costa Rica, 1964)25. Junto a ellos hay que incluir también los estudios monográficos sobre temas o autores particulares, que se empezaron a emprender en la propia actividad académica: las denominadas tesis de grado, que en cantidad creciente se llevaron a cabo desde la década de 1950. Entre tales estudios, vale señalar los dedicados a García Monge, Eduardo Calsamiglia, Carlos Gagini, Rafael Estrada, Max Jiménez, Rogelio Sotela, Lisímaco Chavarría, Omar Dengo, Mario Sancho, Luis Dobles Segreda y Aquileo J. Echeverría; también estudios más generales sobre el realismo, el romance como forma literaria, el pensamiento costarricense y el teatro26.

Algunas nuevas circunstancias favorecieron el impulso a la historiografía literaria; con ella, el incremento de la crítica y el análisis de las letras nacionales. Una de ellas, el sostenido fortalecimiento de la Editorial Costa Rica, desde la década de 1970 (fue fundada en 1959); la obra, la creación, en 1970, del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, y con él un departamento de publicaciones, que posteriormente se transformó en el Instituto del Libro. La Editorial Costa Rica reeditó la Historia de la literatura costarricense, de Abelardo Bonilla (en su edición definitiva, de 1967); publicó la antología Poesía contemporánea de Costa Rica (1973), con estudio preliminar de Carlos Rafael Duverrán; El teatro de hoy en Costa Rica (1973), de Teresa Cajiao y Anita Herzfeld; un Resumen de literatura costarricense (1978), de Virginia Sandoval de Fonseca, y el extenso estudio Evolución de la poesía costarricense (1978), de Alberto Baeza Flores27. Por su parte, el Ministerio de Cultura creó una interesante serie de breves estudios biográficos sobre escritores e intelectuales nacionales, dedicados a Gagini, González Zeledón, Brenes Mesén, Carmen Lyra, Fallas, etc.28, y otros trabajos de mayor alcance como Narrativa contemporánea de Costa Rica (1975), con estudio preliminar y una amplia selección de textos, de Alfonso Chase29.

A lo largo de la década de 1970 se empezó a manifestar una renovación de los estudios literarios, si bien circunscrita la mayor parte de ellos a trabajos monográficos, detenidos y minuciosos, y casi todos referidos a obras hispanoamericanas y costarricenses; es decir, las tesis de grado originadas en el Departamento de Filología y Lingüística, de la Universidad de Costa Rica. La renovación fue el resultado de una creciente influencia de la academia europea y, de manera indirecta, de las universidades estadounidenses. La «importación» de corrientes y escuelas de crítica y teoría literarias, constituyó una especie de arranque de estudios universitarios, llevados a cabo en general por los estudiantes y jóvenes profesores, que pusieron en marcha una especie de campaña para remozar la disciplina y aproximarse al objeto literario desde paradigmas contemporáneos. Al respecto, desempeñaron un papel considerable las corrientes —entonces muy novedosas y atractivas— de los enfoques formalistas sobre la literatura, en particular los procedentes del estructuralismo francés (Barthes, Bremond, Todorov). Poco después, como especie de contracorriente, se sintió la influencia de los estudios de sociología literaria, cuando los análisis formalistas se empezaron a considerar excesivamente limitados y, en alguna medida, insuficientes para estudiar de manera más completa las letras nacionales. Así, las teorías marxistas sobre arte y literatura cobraron vigor y algún desarrollo, gracias a las tesis de tratadistas como Georg Lukacs, Lucien Goldmann, Jacques Leenhardt y Edmond Cross. Tanto unas como otras tendencias procedía, geográfica y académicamente, de un mismo lugar: las universidades francesas30.

En una etapa de agotamiento efectivo de la mencionada generación del 40 de escritores costarricenses, tanto la fundación de la Editorial Costa Rica como la creación del Ministerio de Cultura permitieron la promoción de nuevos escritores (nacidos alrededor de 1930), vinculados con la social democracia, y en buena medida amparados al poder político predominante desde 1960. Es la denominada en algunos estudios como la «generación social demócrata», claramente beneficiada por la acción y el modelo del Estado benefactor. En el catálogo de autores de la Editorial Costa Rica está representada, casi en su totalidad, esta joven generación, surgida a lo largo de la década de 1960, y que dominó el panorama del poder cultural en el país durante más de tres decenios31. En consonancia, la nueva crítica literaria, si cabe el apelativo, le dedica atención a las obras de estos autores, no solo porque se trata de obras nuevas (es decir, recientes), sino también porque se encuentra un espacio propicio para poner en acción («aplicar») las nuevas teorías y métodos de análisis recién aprendidos.

Los resultados de esta tercera etapa consisten en el desarrollo y consolidación de la historiografía literaria (cuyos leves orígenes están, como queda señalado, en la primera etapa, y sus avances más firmes en la segunda); una historiografía literaria de bases conceptuales más sólidas, con procedimientos de integración más sistemáticos, y con un palpable interés en estudiar, desde nuevas aproximaciones, el desarrollo de las letras costarricenses. Los estudios monográficos (tesis de grado, artículos o libros) dejan a un lado los comentarios laudatorios, las impresiones u opiniones más o menos generales, en procura de centrarse en un objeto, un tema o unos rasgos particulares del discurso literario, o bien unas relaciones de sentido entre la obra y el entorno social e histórico. El destinatario o consumidor —hay que decirlo— también es otro: el experto, el letrado, el conocedor de las direcciones e intríngulis de las letras contemporáneas y de la filosofía de la literatura, como hecho de la cultura, y no como simple y meritoria afición.

Vendrá pronto una nueva época, en que también estos principios generales se pondrán también en entredicho o bajo estricto examen, con la llegada de nuevas corrientes de pensamiento, sobre la historia, la cultura y el estatuto mismo del arte literario.

La cuarta etapa (de la posmodernidad y la globalización): 1980-2010

Para la redacción de esta sección, sus planteos y su índole general no pueden ser sino provisionales o tentativos. Hay dos causas que se entretejen: por un lado, la dificultad de tomar suficiente distancia, porque se está en un proceso en pleno movimiento (es decir, que estamos ante un objeto de estudio en gestación y desarrollo; no ante un fenómeno concluido); por otro, y a diferencia de hace una centuria, las direcciones que han tomado la crítica y los estudios literarios son múltiples, variadas y mucho más complejas.

En este segmento cronológico —que tiene mucho de hipotético también— de los últimos tres decenios, los estudios y avances en materia de crítica y teoría literarias han colindado con disciplinas tan dispares como el psicoanálisis, la sociología, la antropología, la filosofía, el relativismo ideológico, la multiculturalidad y las nuevas tecnologías de la comunicación. Casi en su totalidad alojados en la academia universitaria, los estudios sobre la literatura (sea en un sentido teorético u orientado a temas específicos), han recibido una acentuada influencia de las manifestaciones más complejas y elaboradas (y, por tanto, más elitistas) del pensamiento contemporáneo.

Con su ostensible dependencia de Costa Rica como país (desde los puntos de vista geopolítico y económico), o quizá por ello mismo, el caso es que su sociedad ha recibido la influencia de las corrientes de pensamiento político, económico y cultural en genera, asentadas durante los dos últimos decenios del siglo XX. La sociedad costarricense se ve impelida, como no podía ser de otro modo, al variado movimiento de la posmodernidad, en sus aspectos políticos, filosóficos y artísticos. Para esto, no poco contribuyó la academia universitaria misma, un verdadero semillero de contactos y relaciones con los grandes centros de poder cultural, artífices y generadores del conocimiento, en sus más altas manifestaciones.

Un considerable número de jóvenes profesores universitarios partieron al exterior, mediante becas y convenios interinstitucionales, en plan de estudios superiores y especialización disciplinaria. Esos contactos directos con intelectuales y profesores de renombre, el propio desarrollo de sus proyectos de investigación académica y, en general, el espacio disponible para acceder a las corrientes contemporáneas del saber, permitieron que a su regreso al país se diese un innegable enriquecimiento en ideas, teorías, escuelas y tendencias. Además, como uno de sus efectos más concretos, se ha incrementado también la celebración de congresos, seminarios, jornadas académicas y coloquios, con sede en Costa Rica, lo que ha extendido la influencia efectiva internacional en la vida académica y cultural. Puede, pues, tomarse como un equivalente, mutatis mutandi, de la experiencia de los jóvenes profesores de los primeros decenios del siglo XX, y sus fructíferos estudios en Santiago de Chile32.

Este «ingreso», desde una aproximación más completa, rápida y eficaz, de la situación y condiciones culturales de Costa Rica, en esa esfera mayor corresponde, pues, con el otro término complementario con que se titula este acápite: la globalización. Historiadores y sociólogos coinciden en que la posmodernidad es un proceso cultural que se observa desde la década de 1970, cuyo auge se sitúa en los últimos dos decenios del siglo XX33. Es el proceso complementario, en lo social, económico, tecnológico y cultural, concentrado ciertamente en algunos aspectos de las relaciones internacionales de mercado, pero con una fuerte influencia en las alternativas y latencias del desarrollo tecnológico. La «conectividad» efectiva e inmediata entre las diferentes regiones planetarias y sus múltiples sociedades, le han dado un rumbo, si no imprevisto, sin duda alguna sorprendente y singular.

Es posible establecer correspondencias entre los fenómenos culturales e ideológicos apuntados y el desarrollo histórico-político costarricense desde 1980 (en términos y fechas siempre aproximados). El papel del Estado, si bien todavía vigoroso, empieza lentamente a retraerse de no pocas de las funciones y acciones que lo perfilaron, durante casi cuarenta años, como la entidad omnipresente y benefactora en el desarrollo social y económico costarricense. Se emprende una aventura (término tal vez exagerado, pero que encierra todo su sentido) de integrar la economía nacional a una economía mundial; las empresas multinacionales son cada vez más numerosas e influyentes, y se hace visible un fenómeno ya anunciado, pero hasta ahora visible: la aparición de una sociedad de consumo34. A su modo y con las evidentes limitaciones del caso, Costa Rica va pasando, en estos años que corren, a la sociedad postindustrial, y en la práctica (que no en la Constitución Política ni en el discurso oficial formal), bajo un nuevo modelo: el Estado neoliberal. Y a partir de entonces, y como moneda de cambio (aunque sea retórica), se habla cada vez más de la aldea global, y Costa Rica como una zona —tal vez ínfima— de ella.

Se llega a una situación en que empiezan a confluir, con claridad, los factores exógenos y los endógenos, en el discurso literario y sobre lo literario. No pocos escritores costarricenses, nacidos a lo largo de la década de 1950 y de la siguiente, tienen oportunidad de establecer contactos, muchos directos y efectivos, con la producción literaria verdaderamente contemporánea: escritores, editores, universidades, peñas culturales, traductores, etc. Algunos alcanzan premios y un señalado reconocimiento internacional. En buena medida, ya la literatura se escribe sobre la Costa Rica contemporánea (la moderna, contradictoria y dependiente), desde una perspectiva o aproximación internacional; es decir, global. Ya está muy lejos en su discurso la Costa Rica agrícola, ante un plácido paisaje de montañas y mares, y de habitantes circunscritos a poblados y zonas rurales. El escritor contemporáneo, tan crítico quizá como muchos de las generaciones precedentes, crea sus obras desde un otero más alto, con un panorama más ancho, más completo, pero al mismo tiempo más abigarrado.

Los estudios literarios empiezan a recorrer senderos análogos. La crítica literaria periodística (columnillas, reseñas, comentarios más o menos cordiales, y con fines de difusión y de elogio) se empieza a debilitar, y pierde paulatinamente la influencia y autoridad canonizante de las que había gozado hasta bien entrada la década de 1970. Se ve poco a poco sustituida por la crítica académica y, en general, por los estudios universitarios, más sistemáticos y escrupulosos, si bien faltos de arraigo en el lector común, siempre ansioso de novedades y nada más que aficionado a las letras35. Cierto: nace un distanciamiento entre crítico y lector, que también provocará, en no pocos casos, segregaciones paralelas: entre escritores y la crítica académica, por un lado, y entre escritores y lectores no expertos (es decir, los consumidores habituales, por decirlo en términos comerciales).

Si no del todo nuevos como hechos culturales, aparecen dos fenómenos destacados, de parte de la crítica literaria: por un lado, la ya mencionada apertura a grandes paradigmas conceptuales y teóricos; por otro, un notable incremento —diríase que cuantitativo y cualitativo— de la historia literaria, por lo general abundantemente documentada y apoyada, a su vez, por los fundamentos y corrientes contemporáneas de la historiografía, sobre todo en materia social y política. Al igual que se atiende la posibilidad de historias nacionales de carácter general, también se despierta el interés por estudios particulares: géneros literarios, monografías (en forma de libros, tesis de grado, memorias de congresos) antologías y ediciones anotadas36.

También los paradigmas se extienden a otros ámbitos, que desbordan los circunscritos a lo literario. Aparecen aproximaciones que tratan, a partir del discurso o las manifestaciones literarias, aspectos de movimientos culturales, políticos o filosóficos, y en general a las corrientes de pensamiento más vigorosas y notables, que se han originado y desarrollado en Europa y los Estados Unidos. Con circunscripción al tema que tratan estas páginas, los nuevos estudios literarios en Costa Rica se han plegado, en lo esencial, al denominado postestructuralismo; por su denominación, una escuela o movimiento que al mismo tiempo se origina en el estructuralismo, pero lo modifica y en algunos casos lo contradice. Se aplica a varios discursos teóricos, como la deconstrucción (Derrida), algunas corrientes contemporáneas del psicoanálisis (Lacan), el nuevo historicismo, las teorías o tesis feministas, y últimamente la teoría poscolonial, que pone en entredicho la hegemonía de ciertos discursos, en su relación con el poder y la cultura.

A estas alturas no se está ante un proyecto ideológico-literario asociado a una literatura nacional (ver lo dicho en el acápite sobre la etapa fundacional), con su respectivo correlato para la fundación de un discurso sobre lo literario, léase: una crítica literaria propia para las letras nacionales. Además, empiezan a surgir los primeros análisis de la literatura en el ciberespacio, y de los soportes electrónicos de las obras.

En esta última etapa (que, insistimos, no deja de conservar su carácter hipotético), se está agrietando la idea misma del discurso literario, asociado al autor, a su talento creativo, a su pluma y ante el papel en blanco. El ejercicio literario mismo podría, incluso, dejar su condición de acto individual y originalísimo, para convertirse en un proceso dialogante, en constante transformación, y abierto a posibilidades no previsibles aún. Los blogs, las redes sociales (Facebook o Twitter, entre las populares; LinkedIn, Academia.edu o ResearchGate, en el mundillo profesional y académico) y la «despapelización» de la literatura (es decir, la literatura virtual en el ciberespacio), parecen señales inequívocas de una nueva etapa en la cultura.

Consideraciones finales

Como en muchas otras regiones, también el desarrollo del discurso crítico se ha modificado en forma paulatina. Los estudios literarios y la crítica persisten en libros y revistas académicas, pero también se han instalado en los diálogos y permanentes debates en el espacio virtual. Ya no hay necesidad de sentarse con unos comensales a discutir sobre este o aquel asunto, en un salón y ante un público atento. Las formas y los medios van cambiando, y probablemente con ello el concepto mismo y la función de la crítica. Quien ahora es el crítico avezado que vierte sus opiniones, dentro de unos instantes se convierte en público receptor o en objeto mismo de análisis y comentarios. Así, el espacio para la elaboración o proposición de un canon literario, por ejemplo, parece ya una quimera o un proyecto en vías de (definitiva) extinción. Ya no habría cabida, en materia de principios estético-ideológicos o culturales, para la imposición de saberes, solo para su intercambio. No hay verdades absolutas; si acudiésemos a la noción del filósofo Zygmunt Bauman, estamos ante la condición líquida de los saberes37.

No es fácil describir y analizar, siquiera someramente, el desarrollo de la crítica literaria en Costa Rica, a lo largo de ciento veinte años. Corre pareja con las grandes corrientes y paradigmas más notables, de su desarrollo en otros centros de poder cultural más importantes, fuera del país. El ciclo empieza con un doble proyecto, tanto nacional o particular, como general: confluyen a fines del siglo XIX en Costa Rica, una corriente ideológico-política que impulsó la fundación de una literatura nacional (independientemente de los rasgos o condiciones que se le pudiera atribuir a tal noción), y una corriente de índole más bien pedagógica, con aspiraciones de sistematizar conocimientos y normas sobre los estudios literarios (la «primera etapa»). Lo que en un primer momento fue un interés por fijar conceptos, poéticas o normas sobre el discurso literario (alojados en manuales, epítomes o lecciones), salidos de las imprentas o las aulas, pasó a convertirse en una labor por analizar la producción literaria nacional, en lo que se disponía entre finales del siglo XIX y el siguiente. Como ha quedado anotado en estas páginas, se dan algunos avances en la preparación de una historia literaria nacional y en la inclusión de nuevas ideas y conceptos de crítica literaria e historiografía (la segunda etapa). La mitad del siglo XX coincide, en Costa Rica, con el arranque de un notable desarrollo de los estudios académicos, más sistemáticos e intensos, sobre las letras nacionales; desarrollo concurrente con la (siempre relativa) modernización del país (infraestructura, tecnología, economía). Buena parte de los «productos» de esa etapa (la tercera, según la cronología aquí expuesta) siguen siendo modélicos o, cuando menos, puntos de referencia en los estudios literarios contemporáneos.

La apropiación, adopción o adaptación de modelos o paradigmas teóricos o metodológicos parecen ser también un signo de la contemporaneidad, en el campo de la cultura y en el académico en general. Esto es atribuible a la globalización; más bien dicho: forma parte de ella. A veces con relativa soltura, otras desde una posición más bien dogmática o doctrinal, ciertas corrientes del pensamiento occidental contemporáneo han servido de caldo nutricio a los estudios literarios de extracción universitaria en Costa Rica. También, como reacción o como contraparte, parecen coexistir, con los nuevos procesos de la información y la comunicación, otras formas alternativas de la crítica literaria, por lo general más laxas, y casi siempre recelosas o renuentes ante cierto doctrinalismo académico; hiperracionalista, además. Brotan aquí y allá, propuestas y contrapropuestas, debates, réplicas y cien variedades más, en torno a las letras costarricenses —sobre todo las contemporáneas — y sobre sus relaciones con la literatura de otras regiones, incluida la diversidad lingüística. Como suele ocurrir en toda crónica o reseña histórica, todo lo que se afirme sobre lo más reciente o contemporáneo no es más que un campo abierto, sin senderos definidos y sin mapas trazados.


1 Recibido: 12 de abril de 2016; aceptado: 20 de octubre de 2016.

2 Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje. Correo electrónico: cfmonge@hotmail.com

3 Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje. Correo electrónico: profesorbaltodano@gmail.com

4 Este análisis forma parte de un programa más amplio, para una historia de las ideas estético-literarias en Costa Rica, auspiciado por la Universidad Nacional. En ese marco abarcador, además, está el proyecto de efectuar diversas ediciones críticas de obras de crítica literaria, que está en proceso en el momento en que se publica el presente estudio.

5 Hay que tener en cuenta que, con frecuencia, los críticos literarios también han ejercido como escritores (novelistas, poetas, dramaturgos), y que, en todo caso, suelen tener relaciones más o menos directas con los escritores de su época. Esto da, inevitablemente, un margen de coincidencias o concordancias sobre los principios estético-ideológicos que desarrollan.

6 A esos puntos de referencia, un autor les ha denominado, en un estudio reciente, nudos institucionales. Vid. M. Valdés San Martín, «Historia de las culturas literarias…», en Teorías de la historia literaria (Madrid: Arco Libros, 2005) 137 y ss.

7 A modo de ejemplo, quizá en tinta algo gruesa, podría utilizarse el Romanticismo europeo: sus fronteras cronológicas se sitúan entre finales del siglo xviii, marcadas por la Revolución Francesa (1789) y el fenómeno del Sturm und Drang en Alemania (c. 1775), y se extiende hasta alcanzar la primera mitad del siglo xix, con la afirmación de una nueva corriente, el realismo. Podrían tenerse en mente, para este caso, la publicación en 1857 de la obra El realismo, conjunto de ensayos que reúne bajo ese título J. Fleury-Husson), y la aparición, en 1856, de la novela Madame Bovary, de Flaubert. El foco de atracción de todo este gran movimiento lo constituye una suerte de extenso u complejo programa estético-ideológico de la crítica al racionalismo ilustrado y a la tradición clasicista, en los campos del pensamiento artístico, político y social.

8 Antonio Zambrana, Ideas de estética, literatura y elocuencia (San José: Tipografía Nacional, 1896).

9 Máximo Fernández, comp., Lira costarricense (San José: Tipografía Nacional. Tomo I, 1890; tomo II, 1891).

10 José Fabio Garnier, Literatura Patria (San José: Tipografía Nacional, 1913).

11 Entre esos últimos, estarían una «Carta literaria», de José María Zeledón, de 1908, y otra, con el mismo título, de Justo A. Facio, en Athenea, II, 7 (1918): 432.

12 Carlos Gagini, Diccionario de barbarismos y provincialismos de Costa Rica (San José: Tipografía Nacional, 1892); Diccionario de costarriqueñismos (San José: Imprenta Nacional, 1919).

13 Este proyecto, por lo demás, coincide con movimientos y tendencias casi idénticos, en otros países hispanoamericanos, durante la misma época.

14 Luis Dobles Segreda, Índice bibliográfico de Costa Rica (San José: Lehmann, 1927-1936).

15 Alejandro Alvarado Quirós, Bocetos: artistas y hombres de letras (San José: Falcó y Borrasé, 1917); Moisés Vincenzi, Principios de crítica: Roberto Brenes Mesén y sus obras (San José: Imprenta Minerva, 1918).

16 Así como Zambrana preparó un manual sobre estética y literatura, en la década de 1920 se publican obras, con afán didáctico, como la compilación Prosa y verso (1924), de Matías Gámez Monge, Apuntes de preceptiva literaria (1929), de Hernán Zamora Elizondo, y más adelante Preceptiva literaria y composición (1940), de Moisés Vincenzi.

17 Salvador Merlos, La poesía de Costa Rica (San Salvador: Imprenta Nacional, 1916); Rafael Bolívar Coronado, Parnaso costarricense (Barcelona: Maucci, 1921).

18 Es cierto que ya se habían publicado obras nacionales en el exterior, varios lustros antes, como lo muestran la segunda edición de Concherías (1909), de Aquileo J. Echeverría, en Barcelona, o la traducción al inglés de Cuentos ticos (1908), de Fernández Guardia, impreso en la ciudad de Cleveland, Ohio.

19 Roberto Brenes Mesén, Las categorías literarias (San José: J. García Monge, 1923); Rogelio Sotela, «La educación estética», Repertorio Americano, IX, 4 (1924): 51-52; Rafael Estrada, Sobre los estudios estéticos (San José: Alsina, 1926); Isaac Felipe Azofeifa, La posición actual de los estudios literarios y lingüísticos (San José: Imprenta Tormo, 1934).

20 Rogelio Sotela, Valores literarios de Costa Rica (San José: Alsina, 1920); Literatura costarricense (San José: Lehmann, 1938); Escritores de Costa Rica (San José: Lehmann, 1942); Isaac Felipe Azofeifa, «Signo y ventura de la novela costarricense», Surco, IV, 43(1944): 10-11; Cómo pronunciamos nuestra conversaciones sobre literatura costarricense (San José: Atenea, 1947); Francisco María Núñez, Itinerario de la novela costarricense (San José: Imprenta Española, 1947); Roberto Brenes Mesén, «Corrientes literarias contemporáneas en Costa Rica», Repertorio Americano, XLIV, 1 (1948): 15-16.

21 José Francisco Villalobos, Filosofía de vanguardia en América (San José: Trejos, 1927); Ricardo Rojas Vincenzi, Crítica literaria (San José: Borrasé, 1929); Moisés Vincenzi, El arte moderno (San José: Lehmann, 1937).

22 Habían perdurado de la antigua Universidad de Santo Tomás, las facultades de Agronomía, Bellas Artes, Derecho y Farmacia.

23 No hay que perder de vista de que el primer proyecto político del grupo que asumió el poder, terminada la guerra civil, fue la fundación de una «Segunda república». Más allá de sus resultados efectivos, hay que tener en cuenta que la nomenclatura misma es un punto de referencia desde una perspectiva ideológica, y en general de la conciencia de nación o país.

24 Algunos sociólogos denominan a este proceso «desarrollismo».

25 Abelardo Bonilla, Historia y antología de la literatura costarricense (San José: Universidad de Costa Rica, 1958/1961); Alfonso Ulloa Zamora, «Panorama literario costarricense», en Panorama das literaturas das Américas (Angola: Municipio de Nova Lisboa, 1959); Elizabeth Portuguez de Bolaños, El cuento en Costa Rica (San José: Lehmann, 1964).

26 Estos son algunos de esos estudios: El teatro en Costa Rica, de Yolanda Capella Segreda (1946); El realismo en la novela costarricense, de Betty Mora Rojas (1946); Aquileo J. Echeverría, estudio crítico-biográfico, de Georgina Ibarra Bejarano (1947); Don Carlos Gagini Chavarría, de Aura Rosa Vargas Araya (1947); Biografía y obra de Lisímaco Chavarría, de María Isabel Araya Coronado (1950); Rogelio Sotela en la poesía contemporánea, de Adela Acuña Sánchez (1951); Joaquín García Monge y la novela costarricense, de Yolanda Muñoz Zúñiga (1955); Mario Sancho: ensayista costarricense (1956), de Estela González Martínez; Apuntes biográficos y bibliográficos de Omar Dengo, de Manuel Antonio González Víquez (1956); José Marín Cañas en la novela realista costarricense, de Rosalía Alvarado Gutiérrez (1957); La personalidad y la poesía de Rafael Estrada, de María Julia Vargas Villalta (1957); En el pensamiento de Roberto Brenes Mesén, de María Eugenia Dengo Obregón (1959); Apuntes sobre la vida y la obra de Max Jiménez (1959); Luis Dobles Segreda: memorialista de Heredia, de Luis Humberto Bonilla Arguedas (1962); Obra poética de Rogelio Sotela, de Aída Fernández Matheu (1965), entre otros.

27 Carlos Rafael Duverrán, Poesía contemporánea de Costa Rica (San José: Editorial Costa Rica, 1973); Teresa Cajiao y Anota Herzfeld, El teatro de hoy en Costa Rica (San José: Editorial Costa Rica, 1973); Virginia Sandoval de Fonseca, Resumen de literatura costarricense (San José: Editorial Costa Rica, 1978); Alberto Baeza Flores, Evolución de la poesía costarricense (San José: Editorial Costa Rica, 1978).

28 La serie se denominó «¿Quién fue y qué hizo?».

29 Alfonso Chase, Narrativa contemporánea de Costa Rica (San José: Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, 1975).

30 La «formación francesa» tuvo un vigoroso impulso, sobre todo a partir de 1980. No pocos jóvenes profesores se aventuraron a Francia, mediante becas de estudios doctorales, y regresaron al país con un bagaje cultural, teórico y conceptual considerable. Algunos otros se fueron a formar a Alemania, Bénchez, Ricardo Ulloa Barrenechea, entre otros.bras de Alberto F. Cañas, Carmen Naranjo, Jorge Charpentier, Daniel Gallegos, Julilgica, España, Italia o Rumanía.

31 La generación social demócrata ha estado vinculada con el Partido Liberación Nacional, salvo con contadísimas excepciones. La integran los nombres y obras de Alberto F. Cañas, Carmen Naranjo, Jorge Charpentier, Daniel Gallegos, Julieta Pinto, Fernando Durán Ayanegui, Samuel Rovinski, Mario Picado, José León Sánchez, Ricardo Ulloa Barrenechea, entre otros.

32 No se deben olvidar los ejemplos de Joaquín García Monge, Roberto Brenes Mesén, durante la década de 1920, o los de Carlos Monge Alfaro, Lilia Ramos o Isaac Felipe Azofeifa, en la década siguiente.

33 Su componente simbólico más conspicuo, según ese mismo enfoque histórico-político, es la demolición del muro de Berlín, en noviembre de 1989.

34 Al respecto, hay que indicar que se empezaron a firmar los denominados tratados de libre comercio (con Chile, con México, con los Estados Unidos) y Costa Rica se decidió, en 2007, a establecer relaciones diplomáticas y comerciales con la República de China, lo que ha modificado sustancialmente el mapa político y económico costarricense.

35 No deja de resultar significativo que, casi como un hito en la inauguración de este período, se publicó un ensayo del profesor Manuel Picado Gómez, Literatura/ideología/crítica, en 1983, en el que pasa revista, con rigor conceptual poco frecuente, a las premisas epistemológicas de la crítica literaria en Costa Rica. La obra es, al mismo tiempo, exploradora y desafiante, se aparta radicalmente de los principios y métodos tradicionales de hacer crítica, y se adentra por ámbitos novedosos, en los que en buena medida Picado marcó senderos y trazó mapas orientadores.

36 En esta etapa se destaca la aparición de dos obras de historia literaria nacional: Cien años de literatura costarricense (1995), de Margarita Rojas y Flora Ovares, y Breve historia de la literatura costarricense (2001, 2008), de Álvaro Quesada Soto. Además, ténganse en cuenta estudios contemporáneos sobre géneros literarios como La imagen separada: modelos ideológicos en la poesía costarricense (1984), de Carlos Francisco Monge; La formación de la narrativa costarricense (1986), de Álvaro Quesada Soto: La narrativa social realista en Costa Rica (1990), de Claudio Bogantes Zamora; En el tinglado de la eterna comedia (1995), de Flora Ovares y Margarita Rojas, entre otros. También hay que destacar la serie antológica que la Editorial Universidad de Costa Rica puso en marcha, compuesta por recopilaciones como Para no cansarlos con el cuento (1989), de Carlos Cortes et al.; Antología del relato costarricense (1989), de Álvaro Quesada; Antología crítica de la poesía de Costa Rica (1992), de Carlos Francisco Monge; Antología del teatro costarricense (1993), de Álvaro Quesada Soto et al.; Antología del relato costarricense (2000), de Jézer González, y Drama costarricense contemporáneo (2000), de Carolyn Bell y Patricia Fumero. Hay, además, proyectos editoriales de mayor vuelo, que incluyen estudios preliminares, notas y demás aspectos, de obras completas de autores costarricenses canónicos; se han realizado ya ediciones de obras completas o escogidas de Max Jiménez, Eunice Odio, Joaquín Gutiérrez, Fabián Dobles, Isaac Felipe Azofeifa, José Basileo Acuña, Eduardo Calsamiglia, Rogelio Sotela, Lisímaco Chavarría o Jorge Debravo.

37 Entre muchas otras obras suyas, están Modernidad líquida (2000) y La cultura en el mundo de la modernidad líquida (2011).


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