R E P E R T O R I O


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A M E R I C A N O


Segunda nueva época N.° 32, Enero-Diciembre, 2022

ISSN: 0252-8479 / EISSN: 2215-6143



Deconstrucción parcial de la masculinidad hegemónica en el cuento “Los hombres no lloran” (1972) de Fabián Dobles

Partial deconstruction of hegemonic masculinity in the story “Los hombres no lloran” (1972) by Fabián Dobles

Paula Alonso Chacón

Centro de Estudios Generales

Universidad Nacional

Heredia, Costa Rica

paula.alonso.chacon@una.ac.cr

Resumen

Este artículo examina la masculinidad hegemónica o tradicional en el protagonista del cuento “Los hombres no lloran” (1972) del escritor costarricense Fabián Dobles. Una vez caracterizada la identidad masculina de Ñor Damián, se describen la razón y el proceso por los cuales ocurre una deconstrucción parcial de su masculinidad en el espacio privado. En oposición a Ñor Damián, aparece en el texto Ñor Leandro Carpio como representante de la nueva masculinidad, con lo cual Dobles (1972) ilustra no solo el sufrimiento silencioso de los “verdaderos hombres”, sino también una alternativa para ejercer la identidad masculina de una forma más armoniosa consigo mismo y el núcleo familiar.

Palabras claves: “Los hombres no lloran”, roles de género, masculinidad hegemónica, nueva masculinidad, literatura costarricense

Abstract

This article examines hegemonic or traditional masculinity in the protagonist of the short story titled “Los hombres no lloran (Men do not cry) (1972) by the Costa Rican writer Fabián Dobles. Once Mr. Damián’s masculine identity has been characterized, the reason and the process by which a partial deconstruction of his masculinity occurs in the private is described. As an opposing character to Mr. Damián, Mr. Leandro Carpio appears in the text as a representative of the new masculinity, with which Dobles (1972) illustrates not only the silent suffering of “real men”, but also an alternative to exercise a masculine identity in a more harmonious way with himself and the family.

Keywords: “Los hombres no lloran, gender roles, hegemonic masculinity, new masculinity, Costa Rican literature

Les daré un nuevo corazón,

y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra

que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne.

Ezequiel 36:26

Introducción

Si bien la Revolución francesa (1789-1799) patentizó los atropellos –civiles, económicos, sexuales y políticos– sufridos por las mujeres en el seno de sociedades intrínsecamente patriarcales para promover, incluso hasta hoy, la igualdad de derechos y libertades entre hombres y mujeres, no nos conviene olvidar que muchos hombres han sido víctimas silenciosas de imposiciones machistas (Varela, 2019). Desde el nacimiento del niño, los aparatos ideológicos del Estado (Althusser, 1969) inician el proceso de construcción del género (Gallegos Argüello, 2012), por el cual el niño aprenderá un “conjunto de valores, creencias, sentimientos y conductas” (Gallegos Argüello, 2012, p. 705) que lo definirán socialmente como hombre (Gallegos Argüello, 2012; Varela, 2019).

Considerando la masculinidad una construcción cultural que define los roles sociales que ejercerán los hombres de acuerdo con su sexo (Gallegos Argüello, 2012; Varela, 2019), en el cuento “Los hombres no lloran” (1972) analizaremos el proceso de deconstrucción parcial de la masculinidad hegemónica que experimenta el protagonista. Para ello, nos basaremos no solo en los postulados esenciales de la masculinidad hegemónica frente a los de la nueva masculinidad, sino también en los símbolos que ostentan algunos elementos claves en el texto.

Argumento del cuento

Fabián Dobles nos narra la historia de un viejo hachero (82 años) llamado Damián. Aunque aparentaba ser un hombre indiferente al dolor y a la afectividad, sufría en silencio la muerte accidental de sus hijos Juan y José, pues no había sido capaz de sobrellevar el duelo.

Cierto día, su mujer, Ña Fermina, enfermó gravemente y el médico advirtió que el riesgo de morir era inminente. Ante la delicada situación, Ñor Damián, quien siempre había sido el jefe de hogar, se quedó atónito en el banco del corredor de su casa, por lo que Ñor Carpio Leandro –el padrino de sus hijos– y los vecinos asumieron el cuido de Ña Fermina. Días después, tuvieron lugar tres increíbles acontecimientos: la recuperación milagrosa de la moribunda, Ñor Damián lloró de alegría y, al mismo tiempo, llovió prolijamente sobre los campos.

Masculinidad hegemónica frente a la nueva masculinidad

Simone de Beauvoir afirma que “No se nace mujer, se llega a serlo” (Varela, 2019, p. 91), pero en realidad esta frase también es aplicable a los varones porque la tenencia de un pene no basta para ser hombre en nuestra cultura occidental1. Por el contrario, es imperativo interiorizar y practicar una serie de normas sociales y culturales asignadas al sexo masculino (véanse en breve las ideologías de la masculinidad). Esta serie de normas construye lo que Bonino (2002) ha denominado la identidad masculina tradicional o hegemónica. Este tipo de masculinidad está centrada en el poder. No solo debe ejercerse entre los miembros de su mismo género, sino especialmente sobre las mujeres, niños y homosexuales (Bonino, 2002; Hardy y Jiménez, 2001) porque la masculinidad hegemónica considera que el hombre es superior a ellos y debe, en consecuencia, mantener su supremacía (Bonino, 2002; Gallegos Argüello, 2012). Con el objeto de promover al hombre modélico de un mundo androcéntrico, la masculinidad hegemónica se fundamenta en las siguientes ideologías:

1. La ideología patriarcal. En esta organización social, el hombre, el marido, el padre y el anciano ostentan el poder y liderazgo absolutos sobre las mujeres, esposas, hijo(a)s y jóvenes (Bonino, 2002; Varela, 2019).

2. La ideología del individualismo de la modernidad, en la que el hombre es emprendedor, productivo, proveedor y, por ello, autosuficiente; racional, controla la realidad y tiene libertad para actuar, decidir e imponerse a fin de preservar su estatus. También, creemos que en esta ideología cabe la “belicosidad heroica” (Bonino, 2002, p. 19), por la cual el hombre está llamado a practicar el heroísmo en cada uno de sus actos. Así, debe ser determinado, luchador, valiente, agresivo, audaz y competitivo; estar dispuesto a afrontar desafíos, resolver problemas, ser resiliente y, lo que es más interesante para nuestro análisis, debe soportar el dolor y superar el sufrimiento, es decir, ser duro emocionalmente, inhibir el miedo y mantener el aplomo en los momentos críticos (Bonino, 2002).

3.La ideología de la exclusión y subordinación de la otredad que consiste en la degradación de rasgos socialmente atribuidos a la mujer (p. ej., dócil, sumisa, sensible, frágil, cariñosa, complaciente, abnegada, etc.) y en la eliminación de estos rasgos en otros grupos sociales -niños y homosexuales- que, si bien pertenecen al sexo masculino, ostentan algunos de ellos y, por lo tanto, desde la identidad masculina tradicional no son verdaderos hombres (Bonino, 2002; Gargallo Argüello, 2012). Para serlo, es necesario diferenciarse de las mujeres, esto es, ni pensar ni sentir ni comportarse como mujer; sin embargo, muchas de las emociones atribuidas a la identidad femenina son en realidad humanas (p. ej., amar, sufrir, temer, frustrarse, llorar, etc.) y su represión en el sexo masculino ha generado “mutilaciones” emocionales (Gargallo Argüello, 2012) que afectan tanto las relaciones intragenéricas como intergenéricas (Menjívar Ochoa, 2004).

Menjívar Ochoa (2004) advierte que la masculinidad hegemónica en calidad de construcción social y, por tanto, histórica es susceptible de sufrir transformaciones. Aunque resulte extraño, algunas se remontaron a los cambios sociales provenientes de la tercera ola del movimiento feminista (1968-2021) (López y Güida, 2004). Por un lado, en la década de los años setenta se inició la teorización y reestructuración del binomio sexo/género diferenciándose los rasgos biológicos -denominados sexo- de los rasgos sociales y culturales asignados a cada sexo -denominados género- (Varela, 2019). Dicha distinción evidenció la supremacía sostenida durante siglos por los hombres respecto de las mujeres en materia educativa, cultural, política, laboral, patrimonial y sexual e hizo más ambicioso el movimiento feminista, porque no se conformó con la reivindicación de los derechos obtenidos en las dos primeras olas, además de los sexuales y reproductivos, sino que pretendía moldear la ideología y los comportamientos masculinos para lograr paulatinamente mayor igualdad entre ambos géneros (González Moreno y Camacaro Gómez, 2013). Por otro lado, surgió la crisis de la masculinidad. El sufrimiento silencioso de muchos hombres (Bard Wigdor, 2016; González Moreno y Camacaro Gómez, 2013), quienes también se sentían oprimidos por las exigencias del patriarcado, contribuyó a repensar la identidad masculina tradicional y así nacieron los estudios sobre la masculinidad en la década de los años ochenta (González Moreno y Camacaro Gómez, 2013; López y Güida, 2004) y, en concreto, la nueva masculinidad, cuyo cometido es subvertir los roles sociales tradicionalmente asignados a los varones (González Moreno y Camacaro Gómez, 2013).

La nueva masculinidad ha cuestionado una única identidad masculina. Pese a que la cultura occidental se ha caracterizado por practicar en gran parte la hegemónica, la modernidad ha influido en la construcción de identidades masculinas que hacen hincapié en las relaciones intragenéricas e intergenéricas (González Moreno y Camacaro Gómez, 2013). En este sentido, se ha esforzado por construir un modelo abierto, plural, flexible y dinámico en el cual esté representada la diversidad que recogen las masculinidades (Boscán Leal, 2008). Esto se traduce en: 1) la lucha por la reivindicación de derechos negados por el patriarcado, como el acceso al espacio privado, la manifestación de las emociones o la participación en tareas domésticas y de cuido; 2) la concienciación sistemática de no reproducir el patriarcado (Bard Wigdor, 2016; Donoso, 2015); y 3) la erradicación de la xenofobia, conocida como la masculinidad marginada; así como la homofobia y el sexismo, conocidos como masculinidad subordinada (Boscán Leal, 2008; González Moreno y Camacaro Gómez, 2013).

Durante la década de los años ochenta, surgen en países escandinavos y anglosajones grupos de varones que reflexionan en torno a las masculinidades e intentan responder a los desafíos que ha planteado el feminismo. El de mayor interés para nosotros es el movimiento de las terapias de la masculinidad, debido a que trabaja la restricción emocional (Bonino, 1999). Específicamente, se ocupa de “disminuir los “perjuicios” del rol masculino, “cicatrizar las heridas de la masculinidad” y reasegurar la alicaída autoestima masculina” (Bonino, 1999, p. 13). En esta misma línea temática, en el nivel internacional se ha identificado el surgimiento de instituciones que tienen como derrotero reflexionar sobre una nueva construcción de las masculinidades. Ello ha implicado desbaratar la figura del patriarca y los roles de género asociados a este, así como replantearse los tipos de violencia sobre los demás y sobre ellos mismos, asumir paternidades responsables, participar en la promoción de la salud sexual y reproductiva y ejercer un rol activo en el espacio familiar y doméstico, incluso como cuidadores. Pese a que estos grupos de reflexión han propiciado que los hombres sean cada vez más menos agresivos, competitivos y más comunicativos, el verdadero reto sigue siendo comprometerse a trabajar diariamente contra la violencia masculina y, sobre todo, contra los privilegios de género que aún persisten (Men Care, 2021; Instituto WEM, 2021; PROMUNDO, 2021; Wigdor, 2016).

Ñor Damián: hachero, trabajador y tata rudo

El objetivo de este apartado es caracterizar a Ñor Damián, protagonista del cuento “Los hombres no lloran” (1972), a la luz de las ideologías reseñadas, para (de)mostrar que en él convergen muchos de los mandatos o normas que sustentan la masculinidad hegemónica.

Fabián Dobles define a Ñor Damián a partir de su oficio -hachero- y mucho después nos dice que, además, es esposo, padre y abuelo, con lo cual nos damos cuenta de que el mundo del protagonista gira esencialmente en torno al trabajo, al punto de que su descripción física se asimila al hacha:

Un hombre que toda su vida ha llevado al hombro una hacha de mango largo, largo, de filo angosto, muy angosto, es un hombre que llega a parecerse a su hacha. El [sic] caminaba tieso, como cogido por algo de la cintura; acompasado, con pasos que más parecían golpes, golpazos. Nuca musculosa, espalda dura y templada, cintura correosa, demasiado acostumbrada a abrirse en vertical y cerrarse en ángulo recto a cada hachazo. (Dobles, 1972, p. 397)

Asimismo, el autor nos lo describe, por un lado, como hombre fuerte y apto para aguantar jornadas pesadas bajo sol o lluvia; por otro, como un hombre pionero, valiente y audaz. Capaz de irrumpir en la naturaleza y trabajar incansablemente para llevar progreso a la comunidad y el sustento a su familia, con lo que se transforma en el espacio público como una persona importante y respetada, aunque sea campesina; en otras palabras, es el héroe-abridor de caminos-fundador de pueblos:

El [sic] fue de los que acabaron con la montaña en las sierras que rodean aquellos lugares cuando allá la tierra todavía sabía a bosque y monterío. Fue de los que labraron por lo menos la mitad de los troncos que devoró el aserradero de los Chacones. Y picó la leña que se volvió ceniza en las cocinas de tres generaciones de vecinos (Dobles, 1972, p. 397).

Pero, sobre todo, el autor nos lo describe como un hombre duro, ajeno a cualquier expresión de afecto porque parecía “no querer a nadie” (Dobles, 1972, p. 399). El valor supremo de soportar dolor, pues “los hombres no lloran”, se ha heredado en su familia de generación en generación, basado en la idea de que llorar es impropio de los hombres por ser una expresión atribuida a las mujeres y a los niños, lo que debilitaría su masculinidad al contaminarse de expresiones opuestas a lo masculino:

-Damián -lo había llamado aparte el padrino de los muchachos, Ñor Carpio Leandro, hombre suave y cordial-, te vas a reventar. Sé que tenés por dentro un gran dolor. Se te va a romper algo si no abrís las compuertas. Vení y te tirás un trago y llorás, y gritás un poco.

No dijo; apenas garganteó:

-Los hombres no lloran. Lloran las mujeres por nosotros.

-Pero Damián, es que…

-Mirála [sic], a la vieja. Ella lo hace, y lo hace mi hija Mercedes, y el chacalín lo hace porque entodavía no es hombre (Dobles, 1972, p. 398).


De hecho, creemos que la imposición de no llorar para no mostrar dolor en el espacio público es la responsable de la “mutilación deshumanizante” (Bonino, 2002, p. 29) que experimenta Ñor Damián, quien cada vez es más objeto y menos sujeto, como se aprecia en el primer fragmento y en los siguientes: “Y en el alma, mucho ya de fibra maderosa. No sé qué era ya más, si el brillo de aquel mango de hacha vieja o los callos en las manos ochentonas” (Dobles, 1972, p. 397); “De qué otra cosa podría vivir un hombre con su hacha, leñador que ya es más leña que carne, más hacha que hombre” (Dobles, 1972, p. 398). Si nos fijamos en la constitución del personaje, definida a partir del binomio cuerpo-alma, vemos que se contraponen los planos físico y espiritual. Mientras que su cuerpo se asimila al funcionamiento de un hacha, símbolo de trabajo, poder y autoridad (Becker, 1996); su alma -o corazón-, símbolo del centro vital del ser humano, así como el motor de los pensamientos y sentimientos (Becker, 1992; Chevalier, 1986), está prácticamente hecha de madera, materia dura, pero a la vez cálida, duradera y moldeable. Esto nos indica que Ñor Damián es un hombre cuyo cuerpo ha resistido los avatares de la vida, mas es incapaz de reflexionar sobre sus creencias, sentimientos y conductas. Como estrategia de compensación asume el mundo de forma estable -la existencia de su familia, de sus vecinos y de los árboles que tala- y se aferra a ese mundo para protegerse de los conflictos no resueltos -la muerte de sus hijos- hasta que ocurre un punto de inflexión, del cual emerge la modificación, aunque parcial, de tales creencias, sentimientos y conductas, como veremos en el apartado siguiente.

-Deconstrucción parcial de la masculinidad hegemónica: proceso liberador

En este apartado analizamos el proceso de deconstrucción de la masculinidad hegemónica de nuestro protagonista, que hemos organizado en cuatro etapas: recuerdos, desgracia, dolor y liberación.

Ñor Damián no puede autogestionar sus recuerdos ni siquiera en el espacio privado. Se han convertido en emociones reprimidas durante muchos años que revelan un duelo mal sobrellevado y lo destruyen como el hacha destruye la madera hasta convertirla en astillas. De hecho, el autor Fabián Dobles (1972) metafóricamente compara el dolor crónico que sufre Ñor Damián con astillas que se acumulan en su garganta:

A cada golpe, como otra astilla, una imagen en el tiempo, una persona, una alegría, un dolor, una fecha, vienen a la memoria y se van, acuden a los recuerdos y se tronchan. Pero ese día, quién sabe por qué, venían y no se iban del todo aquellos hijos llamados Juan y José que años atrás habían muerto en el accidente del río Cacao. Mientras…jup…jup…jup…rajaba por el corazón los palos de guapinol, Juan…José…Juan…José…, sus rostros, sus cuerpos jóvenes, sus risas, hasta el color de los pantalones (…) (Dobles, 1972, p. 398).

A esos recuerdos se les une otra desgracia: Ña Fermina ha enfermado gravemente. Cuando el médico advierte que solo un milagro puede salvar su vida, inmediatamente cae sobre Ñor Damián la “sombra” del miedo a la soledad y en ese momento el hombre racional, autosuficiente, luchador, valiente y, particularmente, duro, que tiene la libertad para actuar y decidir no sabe cómo enfrentar la situación y se paraliza; en otras palabras, pierde el control de la realidad y el dolor lo impregna todo:

(…) y empezaba a sentir que en su garganta su hacha, y otras hachas, y todas las hachas del mundo rajaban y picaban astillas, y las amontonaban formando un dique impenetrable y pesado (…) El [sic] nada sentía; sólo [sic] aquel amontonarse, amontañarse, cerrarse de leños y leños en su garganta. Si costaba que pasara la taza de café que a la fuerza se tragaba. Si costaba decir apenas sí, apenas no (Dobles, 1972, p. 400).

Y es en este punto de la trama cuando Fabián Dobles (1972) contrapone la masculinidad hegemónica, representada por Ñor Damián, a la nueva masculinidad, representada por Ñor Carpio Leandro (“hombre suave y cordial”, Dobles, 1972, p. 398). A través de esta contraposición el autor nos muestra la insostenibilidad de la masculinidad hegemónica como modelo identitario, pues coacciona el desarrollo integral del hombre y lo mutila en términos afectivos (Compte i López y Oreiro Álvarez, s.f.). Tal como se evidencia en la anterior cita textual, Ñor Damián no ha desarrollado las potencialidades necesarias para vivir plenamente como ser humano, vulnerable al sufrimiento (Compte i López y Oreiro Álvarez, s.f.) y, por ello, puede tomar decisiones y resolver problemas en el mundo laboral, pero no en el ámbito personal. En contraposición, la nueva masculinidad se impone como un modelo identitario que ha roto las tipificaciones de roles de género y, en el plano emocional, favorece la comunicación y la conducta asertivas (Bonino, 2002; Compte i López y Oreiro Álvarez, s.f.). Esto lo ilustra claramente Ñor Carpio Leandro quien, a pesar de encarnar características en teoría femeninas (cree en el poder liberador del llanto y en la expresión del afecto), conserva el temple necesario para enfrentar la crisis. Y, en este sentido, se transforma en un líder: valiente, determinado, racional y capaz de actuar con aplomo en la adversidad, sin dejar de ser fiel, empático ante el dolor, afectivo y servicial. Esto nos demuestra que sus habilidades sociales no están condicionadas por los roles de género impuestos, sino que incluyen rasgos identitarios tradicionalmente considerados masculinos y tradicionalmente considerados femeninos.

Con la recuperación de Ña Fermina, Ñor Damián no solo recuperó las ganas de vivir, sino también de trabajar. Mientras picaba leña para el fogón de su compañera, su naturaleza humana se superponía por primera vez a su identidad masculina hegemónica y lloró en soledad. Sin embargo, en el espacio público debía reafirmarse como un hombre duro por lo que deseó con todas sus fuerzas que lloviera cuando Ñor Leandro Carpio se acercaba a él, para que la lluvia le encubriera las lágrimas. Y el cielo le cumplió ese deseo. Así, llovió copiosamente y Ñor Damián lloró al ritmo de la lluvia:

Y aquel nubarrón que había aparecido a destiempo cayó, y estuvo lloviendo largo rato. Y ya no solo Ñor Damián, sino su hacha, y su cuerpo, y la madera, y todo, todo llovió, como si estuviera llorando de alegría (Dobles, 1972, p. 401).

Cabe destacar que, si bien el llanto es la manifestación más clara de una liberación o deconstrucción parcial de la masculinidad hegemónica por parte de Ñor Damián, los elementos llanto-lluvia integrados en el símbolo del agua cumplen un rol importante al final del texto debido a su simbología. El agua representa el líquido primordial del que todas las formas nacen y al que todas las formas regresan y, por esto, regenera el estado de las cosas -lo viejo es transformado en nuevo, toda historia es abolida-, de ahí su capacidad para purificar o curar por medio de la inmersión (Chinchilla, 2010). En la cita textual anterior, Dobles (1972) nos cuenta que absolutamente todo fue cubierto por la lluvia: Ñor Damián, el hacha, la madera y el bosque mismo -en términos simbólicos, inmersos en ella- por lo que podemos considerar que el sufrimiento de nuestro protagonista ha sido revocado y que él ha renacido a una vida emocional más honesta y amable consigo mismo, como se deduce de la siguiente cita textual: “Qué gusto se dio Ñor Damián llorando. No le quedó ni una astilla en la garganta.” (Dobles, 1972, p. 401)

Conclusión

Los hombres no lloran (1972) convoca un modelo de masculinidad que todos hemos reconocido en la sociedad costarricense desde la fundación de la República (1821) hasta el siglo XX. Siendo un cuento escrito en una época sumamente patriarcal, el autor incursiona de forma visionaria en el tema de las identidades masculinas que no se desarrollará académicamente hasta la década de los años ochenta en Estados Unidos y Europa (Fernández-Llebrez González, 2004).

La contraposición entre Ñor Damián y Ñor Carpio Leandro nos muestra que la “fortaleza” de la masculinidad hegemónica, defendida por el machismo en términos teóricos, es insostenible en la cotidianeidad. Nos demuestra, además, que existe otra alternativa para ser hombre llamada hoy nueva masculinidad que incluye rasgos intergenéricos, pero, sobre todo, humanos. Con ello, el autor visibiliza que un hombre puede ser emprendedor, proveedor, racional y templado y a la vez empático, comunicativo, expresivo y comprometido con su rol de padre y esposo porque “lo cortés no quita lo valiente”. Sin embargo, el beneficio más importante para los hombres que practican la nueva masculinidad es detener la violencia contra sí mismos, recordándose día a día que la expresión de las emociones no es sinónimo de fracaso o debilidad (Fernández-Llebrez González, 2004), sino parte de la naturaleza humana y que aceptar ayuda o dejarse aconsejar en momentos difíciles representa el apoyo que nos impulsará a fortalecer núcleos familiares y sociales para luchar contras las adversidades en el “calor de esos nidos”.

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Recibido: 6 de julio, 2022

Aceptado: 3 de agosto, 2022

Doi: 10.15359/ra.1-32.8


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